Reencontrarte será una fiesta, mundo cruel

Ilustración Tatiana Brodatch

Mercedes Derna Viola-. Bueno. La cuarentena se va terminando. El 4 de mayo parece que nos abren las puertas. Digo `parece` porque desde ahora al 4 de mayo faltan tres boletines oficiales de la protección civil y si se enoja, no salimos. Así que muchos se están portando bien. Otros, no.

Los rotosos de la situación, están por ir a la plaza a quejarse. Muchos de los que se están portando bien, también se quejan — en la intimidad, claro, de las llamadas de Zoom, mientras revuelven la salsa, o de balcón a balcón — pero les piden, a los que se van a quejar mañana, que no hagan lío porque sino nos dejan adentro. Otros no están de acuerdo y son de verdad buenos hijos, de los que piensan ‘papá me pegó pero no podía hacer otra cosa’, sin siquiera preguntarse si de verdad no podía hacer otra cosa.
Mientras tanto los médicos, las farmacias, los dueños de grandes, medianas e ínfimas empresas, las madres, los viejos, los `riders` - como llamamos de manera compensatoria a los esclavos que nunca dejaron de pedalear para traernos a casa la pizza caliente por un euro y medio, un servicio esencial -  todos se preguntan en Milano, que forma parte de la apestadísima Lombaría, ¿por qué no nos hacen el test de inmunidad?, como han hecho, por ejemplo, en Bergamo, descubriendo así que el 60% de la población había tenido contacto con el bicho, llegando a 70% si se incluyen lo que murieron.
Pero son preguntas ignorantes, ¡qué sabe la gente! Si no se puede, no se puede. Por algo será. Las malas lenguas lanzan hipótesis delirantes, hablan de conflictos de intereses económicos, preferencias de proveedores,  y cosas así, impensables en un momento tan grave y terrible como éste. ¿Quién puede pensar que el gobierno, el Estado, ese padre protector que siempre piensa en nuestro bien (de hecho abrieron anticipadamente la loteria y las slot machines, que en inglés suenan menos deprimentes de lo que son, donde, se sabe, que no es que se quemen la paga diaria los muertos de hambre, sino donde invierten los millonarios beneficiándonos a todos) antepondría los intereses económicos de unos pocos al bienestar de la población general?
Pero estamos contentos igual en ésta primavera que nos saca la lengua detrás de la ventana. No sabemos bien qué podremos hacer ni adónde tendremos permitido ir ni qué certificación tendremos que imprimir, pero estamos depiladas. Al menos ese es el dato que arroja la farmacia de abajo de mi casa. Las bandas depilatorias y la cera para derretir se han extinto en todo el territorio nacional. ¿Y quiénes se depilan? pregunté con espíritu periodístico, una vez que me encontraba con un dato creíble, de primera mano. Todas: las que se depilan para ellas, las que se depilan para el compañero/a  de cuarentena, y las que se depilan para no levantar sospechas cuando se depilen el 3 de mayo.
Me preguntan cuáles son las zonas de desarrollo personal que ésta cuarentena me ha dejado. Bueno. Tal y como había anticipado al inicio, no soy gracias a ésta experiencia una mejor persona. No aprendí otro idioma ni a tocar un instrumento nuevo. Esto último demuestra que, en el fondo, no soy tan mala. Porque, aún odiando a todos y a mí misma en algunos momentos, no desenfundé el instrumento que tengo arriba del piano y que no sé tocar, con el cual podría haber torturado a todos por horas y horas, disfrazando mi maldad de ‘altísimo buen propósito de cuarentena optimista’: el violín. No hice ejercicios en casa, ni yoga, ni zumba. No aprendí a meditar ni a cocinar cosas nuevas. No hice ninguna limpieza profunda; limpié lo necesario para que nadie muriera acá adentro de tétanos o colera. La cólera de García Marquez, porque la otra, que también viene de las tripas pero te hace fuerte y destructivo, esa no se puede evitar con hipoclorito de sodio. Esa, cada uno, la tuvo que domar y canalizar como pudo. Leí libros como hago siempre, y sistemáticamente como siempre, después de un par de días y salvando alguna imagen,  a casi todos los olvidé.
Tuve fiebre, una noche, y me cagué encima. No es novedad que yo no quiera morir, y no es novedad que, siendo hija de hipocondríaco, y no habiendo tenido fiebre desde los 8 años, haya pensado que podía morir. Tuve un dialogo insoportable conmigo misma en el que una parte de mí me decía «Dormí tranquila, mañana vas a estar bien. Sos fuerte como un toro, sana, podes tener fiebre por mil motivos, y si es por el bicho estará ya agonizando». A lo que la otra parte respondía «Claro, todos piensan así, pero mañana podrías no despertarte, o despertarte en reanimación. No tenés fiebre desde los 8 años: aunque no fuera el bicho, no estaría tan tranquila minimizando las otras posibles causas». Me convenció. Entonces le mandé todos mis codigos de protección de documentos a una amiga, y no me puse a escribir mis memorias porque a quién le importan, y antes de lograr dormirme pensé tanto en la muerte, en el después, en los ritos. Recordé la luz maravillosa que había visto entre sueños unos días atrás. ¿De verdad habrá alguien en la puerta? ¿Mis crímenes habrán sido perdonados? Milán es mi casa, pero morir es mejor en Argentina. Porque existe la vigilia, donde se reúnen los que te quisieron y hablan, recuerdan, cuentan chistes, lloran, ríen con amargura y tocan tus manos frías por ultima vez, una última caricia en la mejilla en una ultima noche larga. Es un rito dulce, un cierre digno de ésta comedia dramática que es la vida.
Al otro día descubrí que había sobrevivido. Me fui a bañar y bajo la ducha hice las 76 sentadillas que me tocaban, ya que lo único que me propuse el primer día de cuarentena fue salir de acá con una de las dos cosas que había deseado días antes: la alegría de Shakira o el culo de JLo. Pensé que el culo cincuentenario de JLo me habría costado menos, así que el primer día de cuarentena me prometí hacer 30 sentadillas y agregarle una por cada día de cuarentena. Llevo 76, por eso también necesito que ésta reclusión se termine urgentemente. Cuando terminé las sentadillas pensé en hacer un test casero para ver si tenía el bicho. Dicen que lo primero que se pierde es el olfato, así que agarré un frasco de crema de enjuague a base de almendras para cabellos destrozados y, acercando el orificio a la nariz, apreté el tubo para que saliera el perfume. En vez del perfume salió un chorro de crema de enjuague que inhalé con toda mi fuerza y luego exhalé con la misma vehemencia y tosí y lloré y escupí. Mi olfato está muy bien, los vellos de mi nariz muy sedosos y hasta el tabaco por dos días tuvo gusto a almendras.
Parece que termina la cuarentena y no hay grandes revelaciones nacionales, regionales ni personales. Salgo como antes, con tres kilos menos que serán la pérdida de tono muscular (o un tumor, diría mi padre), y el 4 de mayo me abren las puertas. No sé adonde iré. Parece que está permitido visitar parientes hasta el sexto grado de parentela. De modo que me estoy organizando para ir al cementerio a saludar a los Musso y a los Viola en Chiusa Pesio o a los Aiello en Sicilia. Para los Sittner y Schuldais en Alemania tendré que esperar. Pero estoy lista. A algún tren, antes o después, con una rosa entre los dientes bajo el barbijo me voy a subir, y reencontrarte será una fiesta, mundo cruel.