Paraná te nace

Ilustración de Tatiana Brodatch

Mercedes Derna Viola-. A casi todas las ciudades de Entre Ríos se llega de a poco. Si se llega por la noche, se van viendo las señales de la cercanía que empiezan cuando, en esa oscuridad profunda que forman los campos y el cielo, se ve una luz. Después de muchos kilómetros se ve otra, y luego las luces mastican kilómetros hasta llegar a una avenida, al inicio sin veredas, que te introduce de a poco, dulcemente, en las calles de los pueblos.

A mi pueblo, en cambio, no se llega: se nace. Se va desde el noroeste atravesando un túnel escondido en las vísceras del río; la primera mitad del túnel es cuesta abajo, la última cuesta arriba, y en el fondo hay una luz que al llegar indica que naciste a Paraná, que Paraná te da a su luz, a todos sus verdes y a todo su cielo, a sus golondrinas volando alto anunciando nubes negras, furiosas que dan miedo, cargadas de tormentas urgentes que piden toda la atención y el sentimiento, quemando las distracciones a quien tuvo el tupé — que tanto se parece al optimismo — de no desenchufarlas. Se nace por un túnel y se llora, porque Paraná es toda agua, liquido amniótico túrbido y limpio donde conviven mojarras y dorados, orina atrás del árbol, lágrimas gordas y suave, sudor enamorado.
Creo que te extraño. Yo que digo que no extraño nada. Que tengo todo adentro y me basta evocarlo, poner un ojo en la cerradura de mi alma y ver el patio de la escuela y el olor de la arena de la plaza en verano, y tu luz, tus veredas, cuánto me duelen tus veredas cuando las veo desde la cerradura de mi alma, todas rotas, flojas hermosas opacas, un carnaval de estilos, veredas remendadas, las veo a todas y quisiera pisarlas, bailarlas, caerme encima y pelarme las rodillas y ensangrentarlas, levantarme y caminar con restos de vos en las piernas y llevarte conmigo por el mundo, pueblo querido, puesto, y que tu río de alguna manera me diga que una parte de vos vive conmigo. Y no extrañarte tanto.
A Paraná no se va, se nace, y ella te crece con dosis generosas de siestas de verano ensordecidos de chicharras y ruido de ventilador y canto de palomas acaloradas, te amamanta con sandías pulposas llenas de jugo y de semillas, con olor a leña quemada y carne asada, con puestos improvisados de vendedores de pescado fresco en las esquinas y carteles escritos con menos tizas que errores. Te crece con partidos de futbol amateur y sus hinchadas que llegan al estadio tocando los bombos por la calle, desbocándose en cantos de amor a la camiseta y vino en tetrabrick y pocos dientes. 
La primavera en Paraná te rompe el alma, porque nada humano puede llegar a esa belleza. Morir en Paraná en primavera es una de las coordenadas universales de donde nace la tristeza. Así como nacer entre las infinitas tesituras de verdes y ocres de Paraná soleada en invierno, y su siesta que perfuma de mandarinas, es la coordenada universal que nutre la dulzura. Y todo eso también te crece.
Paraná te lanza motos autos y camiones con acoplados destartalados, amenaza con matarte en cada esquina y en cada esquina hay un kiosco con caramelos para los niños y en cada niño hay ojos grandes, como los ojos grandes de los viejos, cubiertos por sus párpados gastados y finos, que a veces conocieron la soledad del campo, la inclemencia y el rigor de las noches y los días y los caminos de tierra y el arado a mano.
Extraño tus perros callejeros y el canto de tus pájaros, las hormigas que corroen los cimientos, los mosquitos que me distraen cuando el atardecer escarba el alma. Gente de pocas palabras y el deseo que aún perdura en la mirada de los hombres. Mujeres que hacen crecer lo bello en lo simple, perfuman como jazmines, golpean y embriagan como vinos frutados. Niños descalzos a la orilla del río, clubes sociales, bochas y rugby, estaciones de servicio, hipermercados y la despensa de la esquina, por monumentos: un pato y un mate horribles, y un indio que agradece el cielo que con amor venció la muerte, todo convive en vos y se reúne al final del día alrededor del fuego que arde siempre.
Paraná aunque seas ciudad quiero lo que de vos aún es pueblo, quiero tus aguas, que aunque nunca sean las mismas, me nombran y me dicen qué soy; me devuelven el reflejo de mi rostro, que no es mas que el reflejo de los rostros que quiero y me han querido. Nací a vos que me creciste libre y de vos no he hecho más que irme, sintiéndote bajo mis pies con tus cauces y tus sauces, y ahora te pido lo que no se puede pedir a nadie, y es que no me olvides, no dejes que me pierda por el mundo sin saber donde encontrarme, sin saber que tus brazos estarán abiertos para acunarme al final, y naciendo en otro río, morir en vos.