La alfombra

Ilustración de Tatiana Brodatch

Mercedes Derna Viola-. En un pueblo perdido entre algarrobos y sauces del otro lado del océano, Enriquito se pone a lavar con esponja y detergente - además de una delicadeza digna de nota - los 125 huevos que compraron en cartones de a 25. Huevos de campo, como les llaman a los que aún se les nota que nacieron de una gallina (no vamos a detallar por qué). Los del supermercado son huevos de gallina pero parecen nacidos en cajita (la variante gallinesca de la probeta), entonces no se llaman de ninguna manera en especial, solo huevos.

Enriquito #sequedaencasa como hicieron en Italia, lava los huevos y las confecciones de alimentos como hacen en Alemania y usa barbijos como en Whuan.
Elvirita se le ríe y le dice que eso no sirve: si los hace de bolsas de arpillera pasan hasta las moscas, pero Enriquito se siente protegido lo mismo y respira mejor que si fueran más herméticos. Podríamos señalar también que Enriquito no come murciélagos, pero sería un dato desviante, ya que nunca lo hizo. En su zona prefieren animales más estúpidos, poco ágiles y sin radares nocturnos, y arriesgan enfermedades con nombres más pintorescos que "coronavirus", tipo "la vaca loca".
La tía Elvira, mientras azota con un palo - cual eximio bateador - la alfombra que colgó de una rama, y tosiendo frente a una nube de polvo, se pregunta cómo es posible que este virus se haya ensañado tanto con ciudades como Milán y Nueva York, donde hay dinero, agua corriente, cloacas y hospitales.
"Será un virus limpito y malcriado que quiere pedirles algo" dijo el tío Enrique riéndose solo, como siempre, de sus chistes.
"Para mí, hay gato encerrado" sentenció la Tía Elvira usando el palo como un dedo indice sospechoso.
"Vos siempre confiando en la humanidad" dijo tío Enrique sacándole el palo de la mano y dando el primero de tantos azotes a la alfombra que, por empatía (palabra que compite por la banda de Miss palabra del mes), seguía escupiendo polvo.
"Desconfiando, querrás decir" corrigió Elvirita, que se hamacaba mirando triste la pantalla del teléfono.
"No, m’hija: hay que tener mucha confianza en la humanidad para pensar que tanta gente pueda guardar un secreto. Yo no la tengo, por eso no creo en las conspiraciones."
"¿Que te pasa?" le preguntó la Tía Elvira a Elvirita (en familia hacía generaciones que preferían no desperdiciar fuego creativo en nombres, asimismo no parecían tener problemas de identidad).
Elvirita estaba triste por mensajes de amor que no llegaban.
El tío Enrique le dijo que lo más probable, casi al 96,5 por ciento (un gaucho amigo que había estado en Estados Unidos, le había contado que allá miden en porcentajes hasta lo que no se puede cuantificar. No es atendible, pero suena bien, y desde ese día  el tío Enrique disparaba porcentajes sobre cualquier cosa), era que Roberto se hubiera enamorado de otra; pero también podía ser (3,5 por ciento) que la antena de su pueblo se hubiera venido abajo con la tormenta de la semana pasada "¡y en ese caso, quién sabe cuando la arreglarán!" agregó pasándole el palo, incitando Elvirita a pegarle fuerte a la alfombra.
Elvirita rechazó la oferta; no quería nada que la pudiera distraer de su dolor, que en ese momento era lo más parecido que tenía al amor. Una sensación que le recordaba los pajaritos que de chicos Enriquito derribaba con la gomera y caían sobre la tierra, sin estar aún muertos, pero ya tampoco vivos.
Mientras tanto Enriquito se lavaba las manos en la canilla del patio para ponerse los guantes antes de agarrar el palo. Decía que si se ponía los guantes con las manos sin lavar, podía contaminar las parte interna. Inútil había sido que Elvirita le explicase que por la trama de los guantes de jardinería, también pasan hasta las moscas. Enriquito, indiferente como un sordo completo, se comportaba como un cirujano en sala operatoria con los elementos que tenía a disposición y ésto era para él la seguridad.
Mientras Enriquito aporreaba la alfombra sonó el teléfono de Elvirita. Era Roberto que llamaba desde una estación de servicio. No había llamado antes porque el barro después de la tormenta le había impedido salir de la casa. La antena, mofándose de las estadísticas del tío Enrique, se había salido de raíz y no se sabía hasta cuando estaría acostada en el pasto. Elvirita, vuelta a la vida con su torpeza tímida, siempre incómoda dentro de su ropa, se hamacaba dándole besos al viento.
Cuando Enriquito terminó de pegarle a la alfombra, la descolgó y la extendió en el salón que se abría solo para las visitas, lo cual lo mantenía cerrado hace un mes y nadie podía saber hasta cuándo. Mientras iba al baño a lavarse las manos el tío Enrique le decía que podía desinfectarlas con fuego ya que estaba y la tía Elvira lo callaba de un codazo.
Mas tarde estaría pronta la cena y luego se irían a dormir en el silencio sin fin de las pampas. Y cuando todos durmieran y estuvieran ya soñando, Elvirita iría al salón de las visitas, abriría las ventanas para que entre la luna, y bailaría desnuda un tango mudo como una mirada; cómoda en su piel, que habita mejor que sus ropas, que la presenta mejor que sus nombres, que no le sabe mentir. Sobre la alfombra mágica que tomaba los miedos, la incertidumbre y el amor de cada uno y bajo sus pasos los convertía en polvo para el día después.