Maradona es un artista

Ilustración Tatiana Brodatch

Mercedes Derna Viola-. "A mí no me gusta el fútbol", dijo. Y me quedé pensando, me pregunté por su infancia. Una infancia de la que no sé nada, pero sospecho que fue en un país sin fútbol.

Porque cuando creciste en un país futbolero, la cosa cambia. Podes odiarlo, detestarlo, evitarlo como a la peste, o bramarlo, amarlo, apasionarte, desvivirte, perseguirlo, darle todo.
"Me gusta" y "no me gusta" se quedan cortos, no dicen nada. Podes decir que no te gusta, que se yo, la pelota paleta, pero del fútbol se habla de otra manera.
A mí el fútbol se me cuela por todos lados.
Digo fútbol y se me vienen encima todos los domingos de mi vida. Las tardes de invierno sentada en la tribuna viendo jugar a mis hermanos. Las noches de verano y la cancha iluminada, los bichos como nubes alrededor de las luces, mi padre y sus amigos, el vendedor de girasoles, los locutores en la cabina allá en lo alto, la cantina, el olor de los chorizos en la parrilla.
Recuerdo los gritos desbocados de los más iracundos, insultos creativos, delicados y certeros como flechas envenenadas. La felicidad de ser chica y estar en ese mundo de hombres al lado de mi padre, y descansar de todos mis miedos entre ellos y sus silencios interrumpidos por comentarios y por chistes. Verlos enojarse con las venas del cuello y de la frente saldas, un grito por el tiempo de un relámpago, para luego volver a la normalidad y girarse hacia mi amablemente "¿Querida querés tomar algo? ¿Estas bien?" Claro que estoy bien, pienso mientras miro el pasto verde iluminado, y los hombrecitos que corren domando una pelota caprichosa bajo un cielo estrellado.
Digo fútbol y veo mi abuelo Marcelo, flaco y elegante, sentado de piernas cruzadas con la radio pegada en la oreja, la voz del locutor que habla rápido y claro, acelerando el ritmo del relato cuando la jugada se pone interesante, cuando hay muchos pases, toques cortos, o cuando alguno llega solo gambeteando hasta la puerta y tira, o no tira, o lo bajan a traición. Y entonces silbato, tarjeta amarilla o tarjeta roja y reclamos y el locutor que nos cuenta lo que no vemos, magnífico artista de la narración que si no lo bajaban, y si tiraba, y si era gol… Goooooool gritaba, un gol largo y enardecido. Y cuántos goles largos en la historia, y cómo los gritaban si era su equipo el qué jugaba, cómo los gritaban cuando jugaba la Selección.
No puedo decir si me gusta o no me gusta, no es un helado de sambayón - que no me gusta.
Puedo decir que vi jugar a Maradona, que lo vi hacer jueguitos, chanchadas hermosas de niño terrible y genial, milagros, y que lo quiero aunque no sepa de mi existencia y aunque ahora esté roto, quizás aún más por eso.
Él hipnotizaba como un dios mitológico, mostrando con simplicidad y elocuencia cosas imposibles para cualquier mortal. Como Borges con la realidad y los espejos y Dante con el infierno, como hizo Vivaldi con la primavera, los pintores con el dolor, los escultores con sus suaves senos de mármol, con un gesto potente y delicado. Porque es parte del cuadro mágico de mi infancia y me emocionaba y conmovía como solo las obras de arte logran hacerlo, y porque no sé, de todos los bien pensantes que lo juzgan y critican, quién hubiera soportado ser Maradona, gigante artista, y no morir en el intento.