Del otro lado


Ilustración de Tatiana Brodatch
Mercedes Derna Viola-. Esta noche Milán hace silencio. Un silencio doloroso, que da miedo. Pasamos los días como podemos, tratando de recuperar la alegría escondida en los rincones, debajo de las almohadas, entre los cepillos de dientes que vieron mañanas llenas de incógnitas y promesas. Apago el televisor y trato de no mirar las redes sociales. Lo que hay que saber, ya se sabe. Pero a veces algo llega y entonces…entonces me sudan las manos. ¿Qué es todo este miedo que me rapta? ¿De dónde viene, tan potente? Quiero salir de mí, hacerme grande, pensar en los demás. Y es peor. Ahí están todas las personas que amo. Ahí están también todos los desamparados, la señora que duerme en vereda acá en la esquina, los ya enfermos, los niños sin madre, las madres sin niño.

Hace unos días, cuando aún se podía salir y había sol, llevé mis hijas a jugar un rato a la plaza, y fue una sorpresa ver la calle llena de ancianos. Estaban todos afuera, titubeantes, caminando con andadores, bastones, sillas de ruedas. Fumaban, conversaban, le daban la cara al sol. Mucha gente indignada: ¿cómo hay que decirles que se tienen que quedar en casa?
El miedo, el dolor y el amor tienen formas de expresión tan íntimas que nadie debería permitirse el más mínimo juicio. Deberíamos ser indulgentes a oltranza con quien sale a enfrentar su terror con paso tembloroso, como con quien no llora una ausencia, con quién no se animó a seguir un deseo. En vez, con los demás somos tajantes, y con nosotros mismos aún más.
Trabajar con las palabras ayuda y no ayuda. A veces llego a odiarlas.  La soledad, el pensamiento, las obsesiones, los temas de siempre que no te sueltan, la búsqueda para decirlos distinto. La conciencia de la estupidez de decir que ésto, en este mundo, sea un problema.
Quisiera ser música. Sos música, me respondía mi primer amor. Soy música y sueno palabras. No quiero que sean un tango triste, una zamba para olvidar. Quiero el culo de JLo y la alegría de Shakira al Super bowl. Y no me sale ni siquiera cultivarlos.
Así que para todos los que escriben, llaman, preguntan cómo estamos: así estamos. De golpe todos queriendo vivir. Vivir con toda, para siempre. Todos pidiendo un alargue. ¿Pero cómo? ¿No estaban cansados? ¿No se lamentaban de algo todos los días todo el tiempo? No, señor arbitro, por favor, jugamos dos tiempos más, no sea malo. Vivir para siempre, una ilusión que era ya imposible antes del coronavirus, pero que queremos recuperar. De golpe no vemos más peligros en el mundo sino ese, nuestro miedo tiene un solo nombre y para colmo, feo. Nada narrativo.
Estaban ya cerradas las escuelas, los cines, los museos y teatros cuando llegó la orden de no salir de casa sino por necesidad, y una vez afuera mantener una distancia de al menos un metro en los lugares comerciales o públicos, nada de besos o estrecharse la mano. Las calles están vacías, los negocios cerrados, y si andando a comprar la leche te cruzas con un desconocido te miras por primera vez a los ojos, en una sociedad donde mirarse a los ojos con los desconocidos no se usa, es provocación o invasión, desatino. Te miras e intercambias un saludo. Y eso no está nada mal. La ilusión es que cuando todo esto pase, la vida en éstos lares sea una fiesta. La fiesta de los sobrevivientes, los que un poco murieron de miedo y resucitaron. Así que hay que pasarla para poder verla. ¿Cómo?
No lo sé cómo se sobrevive. Me viene en mente un recuerdo, cuando a los dieciséis años leía La peste, de Albert Camus. Un libro grande de tapas duras marrones con el título escrito en dorado del cual recuerdo solo una cosa. Yo estaba enamorada en ese momento del músico que me decía que yo era música. Pero no era un amor posible, yo era menor y él era normal - y lo que están haciendo es un pecado mortal, cantaba Charly García - y pasábamos el tiempo a jugar con el misterio, a decirnos las cosas sin decirlas, y de ahí a dudarlas y. nunca saber dónde estábamos parados. Desencuentros constelados de encuentros fugaces, en bares escondidos a los ojos del mundo, fumando, besándonos de sorpresa en alguna esquina. Toqué el piano y leí libros y escribí cosas en ese tiempo como solo se logra con el corazón destrozado por la espera, y rearmado por la llegada, que era una alegría dolorosa en cuanto anticipaba otro adiós. Vi el mundo y la gente con la lucidez de los embrujados de amor, que de golpe son el respiro de todas las cosas visibles e invisibles. En ese tiempo leí La peste y la cosa que recuerdo es haber pensado  que el periodista - que no era del pueblo y quedó encerrado adentro en cuarentena - se salvó por dos fuerzas: la necesidad de ser testigo y narrador de la historia, y la esperanza de abrazar a su amor que lo esperaba del otro lado.