Tu nombre

Ilustración Tatiana Brodatch 

Mercedes Derna Viola., -Mirá, tengo tu nombre escrito en la mano.
                                        -¿A ver?
                                        Felipe muestra la mano con la escrita «Tu nombre»
Todos ríen en la escuela. Mi hija me lo cuenta decenas de veces, divertida. Tan divertida que yo también río cada vez. Felipe dio vueltas por toda la escuela con el chiste romantico.

Mis hijas se fueron a dormir, y mientras juntaba los platos me quedé pensando.
Pensaba y escarbaba en esa necesidad de escribir un nombre. En el margen de una hoja en la escuela, en la agenda, en la libreta al lado del teléfono fijo mientras pasaba las vacaciones en la casa de la abuela, esperando una llamada que nunca iba a llegar.
Escribir un nombre prohibido y después cubrirlo de tinta a rulitos hasta que no quedaran rastros. Mirar el rectángulo azul oscuro, y saber que ahí abajo estaba su nombre, solo para vos.
Escribirlo con el dedo en el espejo empañado del baño y borrarlo.  Y ser tan pequeña de no saber que el próximo vapor lo revelaría al próximo bañante de la familia.
Escribirlo con un palo en la orilla lisa  del mar y esperar que la próxima ola se lo viniera a buscar para llevárselo bailando entre la espuma.
Solo los humanos nos nombramos. Los perros y los gatos y los leones no se nombran entre ellos. Se miran, se huelen, se desgarran con los dientes, pero no se nombran. Nosotros nos nombramos y nombramos a ellos y a todo.
Hay quien nombra también su auto, sus órganos a los cuales les reconocen vida aparte y propia, su guitarra.
También hay nombres-precipicio. Como aquella vez en la clínica. Nunca me costó tanto un sustantivo. Había parido hacía pocas horas y alguien se había llevado el tesoro a la guardería.
Me presenté ahí caminando toda rara, más sola que nunca en esas primeras horas de golpe sin la panza. La buscaba. Llegué y entré sin pedir permiso, una enfermera me retó
-¿Qué hace usted acá?
-Vengo a buscar a mi…
Y sentí que me temblaban las rodillas. Y no era cansancio ni falta de hierro que siempre me sobra. Era la primera vez que iba a decir esa palabra llena de vértigo, tan inmensa, demasiado increíble y mágica y terrible. Pero si no la decía no me la daban.
-Vengo a buscar a mi hija.
Cuando el nombre ocupa tanto espacio que decirlo da miedo. ¿Qué pasará luego en el pecho? ¿Un agujero negro, un big bang?
«Tu nombre» dijo Felipe. Decirlo, como un souvenir, para tenerlo un poco. Callarlo, como un tesoro, para no perderlo.