Me lavo los dientes

Ilustración Tatiana Brodatch

Mercedes Derna Viola-. Me cepillo los dientes todos los días. Varias veces al día. También cuando no me importa nada. Cuando quisiera desaparecer junto con el agua que se va por el resumidero.

Cuando quisiera cancelarme al ritmo del cepillo, y con cada cepillada desaparecer un poco e ir volviéndome invisible frente al espejo. Espejo que no miro, que miro poco. Porque conozco todos mis defectos, mis manchas, mis cráteres, porque no llevo la cuenta de las canas y me van bien las cejas incultas.
Porque con los restos de la belleza heredada no hago nada y con los ojos así y la boca asá tampoco hago nada.
Nada de lo que a mi me importa. Pero me lavo los dientes, siempre, distraídamente con la mirada perdida en la canilla o bailando de alegría, haciendo sangrar las encías de rabia, llorando, tragando dentífrico entre sollozos. Los lavo siempre.
Para que mis palabras, más allá de mis agujeros negros y mis tormentas de arena y tierra, sean siempre frescas.
Me los lavé también ahora, antes de acostarme, con la boca llena de palabras que masticaré como vidrio y como cerezas dulces sin carozo, que rumiaré y digeriré siete veces entre sueños, que serán en un idioma o en el otro, o en los dos todos mezclados. Y le dictaré una carta a un arcángel, amigo querido, para que te lleve un abrazo, mis noticias y mis dudas, mis preguntas, mis errores de sintaxis mi incomprensión del mundo, para que me susurres con el ruido del agua las respuestas mañana temprano, mientras me lavo los dientes.