Punta del Este


Joakito-.

Y estaban los bares, el mar, las gaviotas, los planes,

las señoras con escote, la playa, el cielo, los botes

estaban las copas de cristal, los canapés, la formalidad,

los yates, las estrellas, las artes, las botellas.


Y era de noche y no había luna y sobre la duna

el hotel vip, la sonrisa click, los mozos, los poderosos,

las corbatas, los zapatos, la fragata, entre los patos.


Pero no estaba yo.

Y a nadie le importaba.

Ni siquiera a mí.


No estaba mi sombra, mi cinismo, mi tristeza.

No estaban mis chistes malos, la melancolía errante,

la melancolía constante, la melancolía mía, toda,

egocéntrica y maldita, vulgar y definitiva.



El cuidacoches sacó una petaca de ginebra

y celebró aquella estaca que lo quiebra.

Y cuenta las propinas, se orina encima, sonríe raro

mirando el faro, del mar allá que no logra atrapar


Y se emborracha y sueña con cogerse esas pendejas

que tocan apenas la entrepierna de los millonarios

ilusionadas por siliconas con entrar en la gloria

de la clase alta que autogestiona, su euforia de indagatoria.


Flaquitas bien peinadas, al lado de esposas marchitas y enojadas

Los capataces de la guita se enamoran de esas carteritas

creyendo que los culos se subastan y las minitas andan subastadas,

que el divorcio es mal negocio y que un amigo es solo un socio.


Y estaban los cantantes de moda, los trepadores de alcoba.

Los artistas triunfantes, los jueces feriantes, los ministros y su instante.

Tomaban Campari las señoras, implantes las pecadoras,

 energizantes los matones,.whisky los doctores.

Había deportistas exitosos, intelectuales babosos.

Estaban los monos de la TV, el jefe de un cartel.

Los banqueros, los movileros, los fotógrafos, los autógrafos.


Pero no estaba yo.

Y a nadie le importaba.

Ni siquiera a mí.


No estaba mi hueco, mi sombra, mis depresiones, mi deshonra.

No estaban.

Una parte de mí está enterrada en ese basurero a cielo abierto.

El universo es la suma de todos los cielos.
Las estrellas son demasiadas. Los planetas.
Los millones de habitantes, sus vidas mundanas.
A quién le importa de mí.
¿Al cosmos, al infinito, al más allá?


La muela que me falta, mi  delgadez, mi templanza.

No estaban mis tempestades, mis esperanzas.

No estaban y no estaban.

Y a nadie le importaba.

Ni siquiera a mí.

El cuidacoches toma otro trago.

Tira un manojo de llaves al mar.

Caminando por la ruta, tira la corbata por ahí.

Y se va sonriendo.

Con las manos en los bolsillos.

Ya no está más ahí.

Se fue. Se fue tal vez para siempre.

Y a nadie le importa.

Ni siquiera a él.