El mundo dominado por la guerra y la revolución


Jorge Altamira-. El asesinato guiado del general Qassem Soleimani, el jefe de la Guardia Revolucionaria de Irán, y su segundo, ha sido calificado en forma casi unánime como “un acto de guerra”, en una guerra que tiene ya un desarrollo prolongado sin que mediara ninguna declaración en ese sentido.
El atentado fue ejecutado por el Pentágono, bajo la supervisión de Donald Trump. La prensa internacional coincide en señalar que las consecuencias de este crimen tienen un alcance multiforme e indeterminado. O sea que abre un período más amplio de guerras internacionales que no se limitarían al Medio Oriente. Trump envió a la región 3.000 soldados adicionales de la 82° División Aerotransportada.
Irán ha sido el país que con mayor determinación y efectividad combatió contra el Estado Islámico, que pretendía montar un Califato a caballo de Irak y Siria, al que Estados Unidos había declarado su enemigo prioritario. Fue quien acabó con Al Qaeda, una organización manejada por EEUU, Pakistán y Turquía, en la guerra librada por la Otan contra el régimen sirio de Bashar al Assad. Mucho antes de esto, Irán y Estados Unidos forjaron una alianza para habilitar la ocupación de Afganistán por EEUU, en 2001, con el visto bueno de Rusia. Algo similar ocurrió con la ocupación de Irak. El régimen iraní ha oscilado entre todos los espectros de la política, desde la revolución de 1979. Actuó, alternativamente, como adversario o socio estratégico de EEUU, en varias ocasiones, con independencia de que lo califique como enemigo histórico. Los intereses del nacionalismo interétnico o interárabe o musulmán se impusieron numerosas veces en el espacio mesoriental, en detrimento de la lucha por la liberación nacional y la unidad revolucionaria del mundo árabe e Irán.
La guerra desatada contra Siria, para ahogar las revoluciones árabes de 2011, reestructuró considerablemente el escenario de guerras, y más aún a partir de la intervención de Rusia en septiembre de 2015. La reconquista de la mayor parte de su territorio por parte del gobierno sirio tuvo lugar con el apoyo de la Guardia Revolucionaria de Irán. Cuando más tarde, EEUU, la UE, Rusia y China alcanzaron un acuerdo con Irán, para restringir la capacidad de desarrollo nuclear de éste, en la agenda de negociaciones quedó pendiente el reclamo de los primeros, incluida Rusia, para que Irán se retirara de Siria. Este es el punto que tomaría Trump para retirarse de ese pacto internacional e iniciar una política implacable de sanciones contra Irán – que afectó fuertemente a los capitales de la Unión Europea, que hasta han intentado crear un sistema de pagos internacional por fuera del dólar norteamericano.
El acto de guerra en el aeropuerto de Bagdad se inscribe, aunque sólo en parte, en este escenario. Los bombardeos de bases iraníes en Siria por parte de Israel es una rutina. Lo hizo el mismo Trump, una semana antes del asesinato de Soleimani, como represalia a un ataque contra una construcción norteamericana en el norte de Irak, que adjudicó a una milicia pro-iraní, sin presentar pruebas. Trump involucró a los militares norteamericanos en el ataque en Siria, luego de haber retirado las tropas que quedaban en el norte de este país, para facilitar la ocupación del espacio por parte de Turquía. Para una parte de la prensa, estos movimientos contradictorios serían una prueba de que Trump carece de una estrategia en la región. Ahora se enfrenta a Turquía, un miembro de la Otan, por la decisión de ésta de intervenir militarmente en Libia. Entre las mayores provocaciones de Trump se encuentra el bombardeo masivo a la población civil de Yemen, junto a Arabia Saudita, con el pretexto de que la oposición yemenita es apoyada por Irán.
Las represalias de Irán a estos ataques no solamente han sido militarmente certeras, sino que descubrieron un flanco político fenomenal de vulnerabilidad de EEUU y Trump. Drones que partieron de Yemen perforaron sin mosquearse las defensas Patriot de Arabia Saudita, por los cuales el reino pagó fortunas, para causar daños fabulosos a sus instalaciones petroleras. De nuevo, con eficacia, fueron hostigando y bloqueando la infiltración yanqui en el Golfo de Ormuz, la frontera económica de Irán. Recientemente, participó de un operativo militar, en ese golfo, considerado reserva propia de Estados Unidos, con las fuerzas armadas de Rusia y de China. Trump atentó contra la vida de Soleimani, desde una posición de debilidad estratégica. Como consecuencia del atentado, es inminente que el Congreso iraquí vote el retiro norteamericano total de Irak. Incluso una parte de la prensa sionista ha lamentado el asesinato del jefe de la Guardia Revolucionaria, claro que desde el punto de vista político. El comandante en jefe del ejército de Israel puso muy en claro en su reciente ceremonia de asunción, que para los militares sionistas una guerra abierta con Irán es inevitable.
A ningún analista se le ha escapado que esta escalada bélica ocurre cuando, tanto en Irán como en Irak, se desarrollan enormes rebeliones populares, en respuesta al agravamiento colosal de la miseria social. Esta condición se acentúa por la ocupación militar extranjera y por la militarización del estado y el presupuesto correspondiente. En el Medio Oriente, la sublevación de las masas se confronta con la guerra en forma directa e inmediata y con la corrupción vinculada a ella, en contraste, digamos, con América Latina o Francia. En las manifestaciones se reclama el retiro total del imperialismo yanqui, pero también de las milicias dirigidas por Irán, como ocurre en Irak. En Irán, hay un reclamo insistente por dejar de gastar dinero en Siria y en otros terrenos de guerra. En un cuadro de guerra, los gobiernos tildan a estos planteos de traición. La desmilitarización, sin embargo, significa, antes que nada, una lucha internacional por el retiro norteamericano y por la expulsión del sionismo; solamente un gobierno de trabajadores podría llevar hasta el final este planteo. Una internacionalización de la rebelión popular en Medio Oriente, que ahora envuelve también al Líbano. Los desafíos políticos que enfrentan las rebeliones populares superan por lejos los programas y métodos de acción de los partidos de la región, en especial de los izquierdistas más pintados. Un partido no debe confundirse con un aparato – a este le faltan programa, método y conciencia de los desafíos históricamente concretos.
La nueva extensión de la guerra no ha sido precipitada solamente por los enfrentamientos en curso. También está afectada por la crisis política norteamericana, pues la reelección de Trump está asociada a un régimen de provocaciones, en especial en el marco de un juicio político. El liderazgo del partido demócrata vuelve a poner en la mesa la supeditación del Ejecutivo al Congreso en cuestiones de guerra, por el temor de que las andadas de Trump desaten guerras de una amplitud insostenible. Los arsenales del imperialismo están desbordados de armamentos ultra sofisticados, pero políticamente el imperialismo se hundiría en el abismo si desatara una guerra de características mundiales.
El Pentágono tiene una agenda o hipótesis de guerra para todo el planeta. China e incluso Rusia han sido definidos como desafiantes estratégicos. En América Latina hay hipótesis de golpes e intervenciones militares, centrada en Venezuela y también Bolivia; en Europa lo mismo. Trump e Israel han impuesto en la mayor parte de América Latina un alineamiento que extiende la guerra en Medio Oriente a América Latina. Esta tendencia a la guerra, acicateada por las perspectivas de guerras económicas y crisis financieras, deberá manifestarse en una tendencia a la concentración de poder y de demagogia fascista – y, por lo tanto, antes en luchas de clases más agudas y revolucionarias y crisis del régimen de dominación política.