Textos Recuperados de Lucas Carrasco


Lucas Carrasco-. A la memoria de Mariano Ferreyra.

QÍ es el componente energético que posee lo que  para la filosofía occidental sería todo ente.  Aunque un ente acotado a  todo ser vivo. En la filosofía occidental, el ente es también toda cosa.
En la cultura china se considera que el Qí puede regularse, a través del uso de técnicas pacientes y cierto disciplinamiento que ponga en predisposición este flujo vital de energía.
El Feng Shui es una técnica para “mejorar la vida” utilizando el Qí positivo, pero para mí era la manía de Isabel por ordenar los muebles de manera distinta cada tres o cuatro meses. Cuando llegué a la casa, toqué timbre y desde el portero me hizo entrar a su PH. La puerta que daba al pasillo estaba abierta. Pasé. Apenas reconocí el primer patio, las plantas algo secas, el banco de plaza sobre la pared. En su estudio, todos los muebles estaban de manera distinta a la última vez que había estado ahí. Me acordé, capaz que por el desconcierto, de esa última vez. El recuerdo me dolió un poco. Traté de concentrarme en cómo estaban, aquella vez, dispuestos los muebles, para no pensar en lo que esa misma aquella vez pasó.  O no pasó, mejor dicho.
Isabel estaba de espaldas. Pintaba, algo raro, lleno de rayas de trazo grueso. Estaba desnuda. Llena de manchas de pinturas por todo el cuerpo. Un cuerpo perfecto. O lo que, en vivo, más cerca podía yo considerar como un cuerpo perfecto. Escuchaba una música celta.
-El Feng Shui cambió, veo, la disposición de las montañas.  No, quiero decir, claro, las montañas no pueden cambiar de lugar, ya sé…pero ¿no iba mirando la montaña aquel escritorio? –no se dio vuelta. Subí la voz, aunque la música estaba en un volumen que en los shopping llaman “funcional”- O sea, el placard de los vestidos…
-El placard de los vestidos lo corrí yo, porque no encontraba qué ponerme-se dio vuelta, tenía una teta amarilla, la otra azul, como de Boca Juniors, manchadas.  El placar de los vestidos , un tubo del que colgaban un montón incalculable de perchas y vestidos de todos los colores, estilos y formas, era su debilidad. Tenía un sahumerio prendido, en alguna parte. Olía a marihuana.
-Bueno, el escritorio, Ester, también lo cambiaste vos.
-Cambió la disposición astrológica. La luna está en cuarto menguante.
-¿Pero si es de día, Ester?
-René, la luna no se va a dormir durante el día. Son las fases lunares. Y dejá de reírte. ¿Acaso vos no creías en el marxismo?
-Sí, pero ahora soy ateo.
-No te noto muy feliz.
-Antes tampoco lo era. Tenés las tetas manchadas con los colores de Boca.
Se miró, sin comprender. Dudo que haya sabido qué era Boca Juniors. Levantó los ojos algo molesta: “no me gusta que me estés mirando las tetas”
-Pero si estás desnuda, no me queda otra que mirarte, o sea…yo…
-Las personas profundas cuando te hablan te miran a los ojos.
-Las personas profundas…miran a los ojos a…no las que tienen buenas tetas.
Se adelantó, tiró el pincel al piso y se puso una bata rosada. Toda manchada con acuarelas y óleos. Se la cerró, algo enfadada. Las mujeres, por alguna extraña razón, se enfadan cuando se ponen abruptamente la bata. Pasa en todas las películas.
Abrió la boca para decirme algo. Como si no estuviera del todo decidida, se quitó un mechón de pelo rojo que le cubría un ojo y siguió con la boca formando una O. Pero no decía nada. Traté de imaginar cuál insulto comenzaba con O. Imbécil, su insulto favorito, no empieza con O. Y la boca, los labios, para formar la I de imbécil, se debería poner…a ver, sería….
-Oíme, René….Sos un imbécil, ¿sabías?
-Me lo habías dicho.
- ¿Qué querés, a qué viniste?
Esa misma discusión, tuve la sensación, yo ya la había tenido. Tiempo atrás. No mucho tiempo atrás. Todavía algo me dolía. Capaz que a ella también. Aunque por el autodominio…¿era autodominio lo que hacía o era autocontrol? No me acuerdo cómo se llamaba. Respiraba profundamente, tres veces. Y parpadeaba, con un ojo. El otro, capaz, también, pero no se le veía porque lo tapaba el mechón rojo. Inspiraba largamente, expiraba. Sucedía después de que me llamara “imbécil”. Era previsible como un tablero de ajedrez.
-Creo que tenemos que hacer algo.
-¿Nosotros, vos estás loco? Mirá, quiero que te quede claro que…
-Esperá, no. Me refiero a lo que está pasando. Esto del campo. A eso.
- Qué campo ni qué campo, René. Mirá, en este país la oligarquía siempre tuvo temperamento criminal.
-Rodolfo Walsh.
-Exacto: “la clase dominante está temperamentalmente inclinada a matar”. Y creo que tenía razón.
-Creo que tenemos que hacer algo. No sé qué, por eso vine a verte.
Recogió el pincel, lo puso dentro de una botella cortada, adentro había aguaras.
-Yo también estuve pensando lo mismo. La situación es insoportable. Nunca, como ahora, han ganado tanto estos empresarios. No se quejan de llenos. Quieren más, quieren todo: quieren voltear a la presidenta.
-Pienso lo mismo.
-Esperé años por tener un gobierno así. Luchamos, cada uno desde su lugar, por décadas pidiendo por los derechos humanos, la jubilación, contra los ajustes, el Fondo Monetario…
-El menemismo no está muerto. Vive en la oligarquía.
-Suena a frase hecha, René. No sé si estás siendo cínico, pero concuerdo con eso que decís. ¿Qué es lo que te proponés hacer?
-Bueno, yo, nada…para eso vine. Para que pensemos algo. No se me ocurre qué. ¿Tenés cerveza?
-¿No habías dejado de tomar?
-Había.
Noté que la mueca de desilusión, ésa que tanto conocía, le volvió. A los labios. Y cierto modo en que apretaba los cachetes. Ya había vivido estas situaciones. Pensé si no fue un error haber ido a la casa de Ester. Podríamos habernos visto en un bar, en un parque, o en ningún lado. Mi plan no necesitaba de ella. O sí. No lo sabía y no lo sabré nunca. Probablemente necesitaba que ella me de fuerzas a mí, o que me dijera que era todo un disparate, que razonara, que…
-No tengo cerveza.
-Entiendo.
Debo haber puesto una sonrisa amarga. Porque me sonrió, resignada, pero me sonrió.
-Tengo vino.
Y se fue hasta la cocina. Le grité que ahora tomaba menos, que en realidad, no tomaba de día, ni todas las noches…Me contestó, desde la cocina, algo. Por suerte no le vi la cara. Sé que cara seguramente puso.
El cuadro que estaba pintando tenía un agujero negro, con trazos rojos, del color de la sangre y algo azulados, que se iban abriendo en varias capas de círculos donde aumentaba la luz, hasta concluir en un amarillo mezclado con verde. Volvió con dos copas de vino.
-¿Y qué es lo que te proponés conmigo?
-Casamiento.
-Hablo en serio.
-Yo también.
-René, cuál es tu idea de hacer algo contra la oligarquía, eso pregunto.
-No vi los signos de preguntas.
-El que escribe, sos vos. Yo pinto.
-Creo que hay que pasar a una faz de lucha armada.
-Estás borracho.
-No, hablo en serio.
-René, pensé que venías a proponerme un disparate, como excusa para verme. No me equivoqué en ninguna de las dos cosas.
-Vine a verte porque necesito ayuda.
-Creo que seguís irradiando energía positiva. Te falta amor, audacia en el amor. Te negás a reconocerte, a mirarte en profundidad. Vos tenés mucha angustia.
-Vos te podés ir a la puta que los parió.
-Vos también. Y dejá esa botella de whisky. Cuando tomás te ponés más idiota que de costumbre.
-Te falta amor, Ester.
Dos horas después, enojado, viendo borroso, pateé un tacho de pintura, la insulté, creo que la agarré, un poco excedido de fuerza, de las muñecas. Y cometí el peor error de todos. Tiré a la mierda su cuadro. El que estaba sobre el atril. El que estaba con la pintura fresca. El que estaba pintando.
Llamó a la policía.
Me fui, cuanto antes. Azotando la puerta. Insultándola. Una vecina, con ruleros y vestido floreado, me miró raro. Le escupí. Se metió adentro de la casa. Un patrullero llegó. La bocina, la alarma, era muy fuerte. Corrí hasta la esquina.
Fue todo muy confuso.
En segundos estaba tendido en el piso, boca abajo y esposado.
Tenía una rodilla apoyada en la espalda.
El siguiente recuerdo es un retazo. Estoy sentado en un patio, o una galería. Y alrededor cuatro policías se ríen. Creo que se ríen de mí.
cárcellllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll
En la cárcel conoce René al Oso Fernández.

Salí. Respiré el aire de la calle. Y desesperado, antes de ponerme el cinturón o los cordones, prendí un cigarrillo. Y el humo me atravesó el cuerpo, dolorido. Me atravesaba un humo, me atravesaba. Tan dolorido de pronto. Tan aliviado. Abrí los brazos y me reí fuerte. Mirando el cielo. Una profunda risotada. Dejar todo atrás. Quedarme así, en la vereda, saboreando el aire podrido de la ciudad, los motores, las cloacas, las chimeneas, los edificios atrapando las nubes, qué me importa, corazones rotos, vidrios molidos, cosas que pasan. Decir cualquier cosa. Hablar solo. Hablar con dios. Conmigo mismo. Con los parientes muertos. Con dibujos de nenes de jardín de infantes. Con lo que sea. Hablar con nadie. Vibrar así.
Me senté, en un escalón, de un edificio, al lado de la comisaría. Con la bolsa de mis cosas, en la mano. Fumando. Me senté un rato. A nada. Antes de sentir vergüenza, antes de sentir culpa, antes de empezarme el juicio sumario, quería sentirme bien. Y una palma se me apoyó en el hombro. No lo había visto venir. El Oso. Lo habían, también, largado. Sonreía. No se sentía culpable ni suspendido en el tiempo. Ni siquiera aliviado.
-Necesitás una cerveza, René.
Cruzamos a un bar, enfrente. El comienzo de esta historia.

Necesitábamos ingresar al peronismo. Parece una boludez, no hay que rellenar ningún formulario, ni ritual de iniciación, no hay que cumplimentar reglas formales pesadas ni aprender un decálogo de conductas y badajes ideológicos de una densidad insoportable, nada de eso. Pero nosotros no sabíamos muy bien qué hacer.  Habíamos fundado, algunos meses atrás, una agrupación. Que ahora quería –necesitaba- ser parte del peronismo.
La agrupación que habíamos fundado se llamaba Unidad del Movimiento Popular en un principio, pero el compañero Patucho, con razón, planteó una moción a la que convenía prestarle atención:
-No tiene siglas.
- Lo importante, es el contenido, no la fonética-lo cortó, algo furioso,  Fernández.  El Oso Fernández, canoso ya, algo enojado, bah, más bien solemne.
La fonética, compañeros –dijo, parándose, aunque sólo lo escuchábamos, en un bar que ya estaba a punto de cerrar, Patucho, Roberta y yo- puede que sea relevante en este mundo vacío de ideas, de proyectos, de utopías, pero la fonética, compañeros, la fonética…-hizo una pausa, mirando hacia arriba, a pesar de que nosotros seguíamos sentados.
Roberta, mirando la ventana, suspiró. El Oso lo tomó como un aliento a proseguir el discurso.
-Por todo lo que luchamos, compañeros, porque… todo lo que luchamos –seguía, como volviendo a encontrar inspiración- es lo contrario a este mundo sin ideas, sin proyectos, sin…
-Sin utopías- le continué.  Roberta me miró con admiración. Volvió a suspirar. Mirándome a mí, ahora. Yo no había acotado nada brillante, pero seguramente Roberta admiraba mi capacidad de síntesis.  O de acortar al Oso Fernández.
-Ajá, compañero René. Sin ideas, sin proyectos, sin utopías…claro -y se sentó. Claro.
Patucho lo miró a los ojos, como preguntando algo indescifrable.
-No…, nada, sólo eso quería acotar, Patucho.
-Ah, ok. ¿Y entonces cómo nos llamamos?
-Hay que discutirlo-terció, contra nadie, el Oso Fernández.
Yo terminé mi café. El mozo vino a cobrarnos.  Restregándose las manos contra el delantal. Olía a whisky
El Oso se fue, caminando pesado, hasta la parada de colectivos de la esquina. Patucho se ofreció a llevarlo, no quiso. Le miré las zapatillas, relucientemente blancas, patear unas piedritas. Yo me quedé en el bar, tenía cosas que pensar.  Roberta también quiso quedarse.
-¿Pedimos una cerveza, René?
René era yo. Bah, sigo siéndolo.
-No, yo no. Pedí vos. Tomo una gaseosa.
Sigo siéndolo, René. Mientras escribo estos recuerdos. Algo pesados. Algo difíciles. Y entrañables. Y, bueno, no me quiero adelantar, trágicos. Me gusta presumirme que acá transcurrió, también, un pedazo de la historia del país. Del drama reciente. De sus encontronazos.  Y la mayoría de las veces pienso sinceramente que fue así. Más allá de nuestras ingenuidades y estupideces que derivaron en una tragedia. En la tragedia perfecta. Pero no me quiero adelantar. Pasa que me da como un toque de nostalgia, contar las cosas desde el principio. Cómo fue que tipos queribles, tipos de barrio, provincianos, amables, con sueños, terminaron como terminaron. Y no me quiero adelantar. Pero a esa nostalgia se le suma la ansiedad por contar que todo derivó en una cosa insoportable. Cruel. Fea.
El mozo trajo una cerveza de litro y una gaseosa chica, para mí. Se escuchaba un taladro, potente, trabajando en la calle. El ruido entraba con polvo, por la ventana abierta.
-¿Vos creés que esto puede funcionar?
-Qué cosa…
-Lo nuestro.
-No hay nada nuestro, Roberta, lo que pasó anoche, yo…
-Me refiero a la agrupación, a los planes que estamos trazando. No sé. Me parece que toda la gente está con el campo, a favor del campo.
-No es el campo, Roberta, es la oligarquía. Son los dueños de los campos, son los que los alquilan, los que los explotan, los que se llevan la…
-Renta extraordinaria, ya sé. Pero la gente no lo sabe.
-Hay una cortina de humo, los multimedios están implicados. Quieren destituir a la presidenta.
-Por eso. ¿No te parece que pueden lograrlo?
-Tenemos que hacer algo.
-Y sino alcanza…
-Entonces vamos a resistir hasta que repongan el gobierno constitucional.
Hubo un silencio. Una lágrima de Roberta. Se secó los ojos con una servilleta. Y se paró. Caminó, insegura, hasta el baño. Capaz, pensé, que fui muy duro con ella. Bah, no. Dije las cosas como son. Pero, igual. Agarré la botella de cerveza y me serví. Tomé de un trago, largo, áspero, a fondo blanco y me quemé, del frío, la lengua. Le pedí otra cerveza al mozo.  Creo que nadie me vio eructar. No había nadie, en todo caso, en el bar. Y el mozo, con paso cansino, estaba de espaldas yendo a buscar la otra cerveza.
Cuando Roberta volvió del baño yo ya tenía el quinto vaso vacío.
-Te das cuenta, René, que podemos terminar presos…
-Nadie gana sino arriesga.
-Pero….
-A ver, entiendo que tengas miedo. Quizás no estás preparada para enfrentar lo que se viene.
-No es eso.
-Sí, compañera, sí, es eso. Pero tiene que quedar claro que la violencia no la empezamos nosotros, no la empezó el pueblo…
-Nosotros no somos el pueblo.
-¿Y qué somos?
-Una parte del pueblo. No quiero que te enojes, René. Es que quiero que estés bien. Me preocupás, no te veo bien.
-Hablá por vos.
-Me preocupás en serio.
Y me tomó las manos. Se las solté. Pedí otra cerveza. Ya estaba borracho. Y áspero, como agresivo.
Algunas mesas, ya entrada la noche, se fueron poblando. Unos pibes jugaban al pool en el fondo del salón. Roberta, medio borracha, tenía sus manos apoyadas sobre las mías.
-Seguís saliendo con…
-No-la corté. Y terminé mi whisky. Dejándome un hielo entre la lengua. Había, a esa altura, varios envases de cerveza muertos en la mesa. Sin funeral. Bah, sí, quizás, como un velatorio. La muerte y la borrachera. El duelo y las pavadas, las pavadas que uno dice, ebrio. Roberta se paró, por enésima vez, para ir al baño. La seguí. En el entrebaño, cambié de idea y me metí en el baño de mujeres. No había nadie.
La besé y le arranqué los corpiños.
Ella me mordió, caliente, el cuello. Hizo, de un tirón, que se me salgan dos botones de la camisa. La besé profundamente. Durante menos de un segundo. Porque me mareé. Y no sé. No me acuerdo bien qué pasó o qué hice o cuándo fue, pero me caí. Y quedé, sentado en el piso, sintiéndome un tonto. Roberta, tampoco sé porqué ni en qué momento ni para qué, se largó a llorar. Se metió en el baño. Y azotó la puerta.

Me desperté en mi casa. No recordaba cómo había llegado. Estaba completamente vestido y tumbado sobre el sofá. La cabeza me estallaba. Gateando, llegué al baño. Abrí la ducha. El timbre de la calle sonaba insistente. Y empezó a sonar el teléfono de línea de mi casa. Me saqué la ropa. Me metí en la ducha. Al rato me di cuenta que no me había sacado las medias. Por eso me pesaban los pies. Las medias ya estaban empapadas y dolían como si fueran grilletes. Con una bola de hierro, como les ponían, en las películas viejas, a los presos. Negros. Habitualmente los presos eran negros.  De a poco, el dolor de cabeza me aturdía menos. Empecé a vomitar, sobre la ducha. Algo de color verde, que se iba, de a poco, por el desagüe de la bañera. Una rata adentro del estómago me iba comiendo las tripas. Podía escucharla. Masticarme el riñón. Mientras se reía, se burlaba de mí. Y el cuello duro. Y unos cuervos, con sus picos largos y duros, me picaban las sienes. Martillaban. Como el pájaro loco. Que no era un cuervo. Había dos urracas, no sé si son lo mismo que los cuervos, pero había en los dibujitos de la infancia dos urracas. Me caían bien. El pájaro loco, no era un cuervo sino un pájaro carpintero. Si es que no me equivoco.  La rata, ahora, dentro del estómago, daba vueltas como un hámster en una rueda. Jugaba conmigo. Tenía un circo escatológico, un zoológico del mal gusto alrededor de mis nervios. Que no eran nervios. Eran lagartijas. Al sol. Sobre una roca. Yo empezaba a coleccionar arrepentimientos, aún de las cosas que no recordaba, de las cosas saldadas, de los dolores cerrados y archivados. Volvían al fichero de la conciencia. Como malas metáforas. Me senté en la ducha. El agua caliente me golpeaba en los hombros. Violenta y vengativa. Hasta e agua de a ducha se burlaba de mí, antes de irse por la canaleta.
Desnudo y mojado, alcancé a volver a sentarme en el sofá. Con las medias puestas. Empapadas.  Haciendo charcos en el parquet. Prendí el televisor. El timbre seguía sonando. El teléfono, también. Agarré el cable del teléfono y lo arranqué. Los canales de noticias mostraban los cortes de ruta y el desabastecimiento de alimentos en las ciudades. Tenía un moretón en el costado del estómago. Me dolía, no mucho. Porque me dolía todo el cuerpo. Apagué el televisor. Tiré el control, cayó por ahí. Las pilas saltaron.
Cerré los ojos. El timbre se había calmado. Detrás de los párpados, yo veía rojo. Todo rojo, incendiado, maldito, infernal.
El moretón. Tenía que concentrarme en eso. ¿Cómo me lo hice?
Tenía pedazos de recuerdos. Bajar del colectivo, aferrarme a un árbol, caer. Algo así. En todo caso, no me había peleado con nadie. Era lo que importaba. Sólo tenía que arrepentirme de haber nacido, de haber existido, de hacer todo mal. Lo de siempre. Ya estaba acostumbrado a sentirme un tacho de basura rota. Un día en que no pasa el camión recolector.





   Las manos de Perón. Fue una idea genial, si uno lo piensa en frío. Recuperar las manos de Perón significaba poder disputar la conducción del movimiento y desviar sus objetivos reformistas, de conciliación de clases, hacia la estrategia revolucionaria. El peronismo tenía el potencial. Era el gigante invertebrado. Faltaba la conducción. Que dotara de organización y lucha hacia fines socialistas. Con conciencia social y de clase. Parecía, en el esquema, bastante simple. El problema político de primer orden resultaba, entonces, la conducción del peronismo. Para lo cual, era menester, diseñar una estrategia para tal fin. Recuperar las manos profanadas del cadáver de Perón cerraba la ecuación.
Una idea brillante.
Lástima que todo salió mal.


Morena peinó unas rayas de cocaína sobre la balaustrada del baño. Aspiró con un billete de dos pesos. Se sonrió.
-Tenemos que robar un banco.
-¿Y eso qué tiene que ver con el objetivo político?
-El objetivo político…claro, bueno, por eso. Necesitamos plata para llegar al objetivo político. Sin plata, Lucas, no vamos a ningún lado. ¿Querés? –me señaló el tubito del billete de dos pesos.
-Mirá, Lucas, lo primero es tener fondos para llevar adelante cualquier operación que nos ayude al objetivo político, ¿me entendés?
A veces me exasperaba por repetir constantemente “¿me entendés?” pero a la vez, me fascinaba que nunca lograra descifrar si me hablaba en serio o si me estaba usando o me estaba tomando el pelo.  El poco pelo que me quedaba.
A veces, también se me ocurre que esa narrativa que se aloja en los hoteles de la culpa, en esos hoteluchos que tenemos dentro del alma, como al costado de la larga ruta nocturna en donde transcurrimos la vida, que en esos hoteles quedan cosas, guardadas, olvidadas, y se apaga, en la ventana del hotel, la luz a la distancia. Y sin embargo. Siguen ahí. En la oscuridad. Haciendo vaya uno a saber qué, pero siguen ahí. A veces se me ocurre que esa narrativa es falsa, que me poblé, como la panamericana, de hoteles de cuarta, de cuartos de culpa, y que en realidad el trayecto estuvo empujado, conducido por fuerzas que ni ahora logro entender. Y que no fui yo el que jodía, sino que me jodieron. Me tomaron el pelo. Que los signos, la balaustrada en la cabeza, de la edad, marcan esas marcas, como juegos de palabras, solamente, me da mucha desesperanza ya no confiar en las palabras. Necesito volver a herirme para retomar la confianza en las palabras. ¿O no son, acaso, las palabras las que hieren? Un te quiero dicho en la brisa, un adiós en la terraza, un lamento de querer dejar de recordar garantiza la fuerza inconmensurable del lamento y qué carajo es en el fondo pero también en la superficie el recuerdo que se quiere olvidar sino una pila de palabras dichas o decidas en el lugar correcto y en el preciso instante. Volverse a herir. Saberse uno provocador de esas heridas que van, con los años, haciéndote duro, haciéndote calvo, haciéndote un poco pelotudo.
Ludmila  tenía el pelo atado. Mucho pelo. Pelirrojo.  Como de un lengüetazo de fuego. Pero se agarraba, como un tic nervioso, la cola del pelo, del pelo atado, cada tanto y levantaba la vista y sonreía suspendida en el tiempo la sonrisa y después se dejaba el pelo y volvía al mundo real. El mundo que habitábamos. Tenía el pelo de un rojo azabache, en ciertas noches. ¿Existe el rojo azabache? No sé. Pero era la cresta de un caballo, de un unicornio, rojo, apagado, hasta que de pronto y sin previo aviso se encendía, lleno de vida. De un caballo –una yegua- mezclada con una sirena, de rojo furioso, incandescente, pero curiosamente oscuro, un rojo frío, sanguinario, que nada tenía que ver con su personalidad. ¿O sí? No sé, pero me inclinaría –o por lo menos, en ese momento, me inclinaba- a creer que no.
Una chica, de tacos altos, le pidió merca a Ludmila. Ella le sonrió y le dio un beso. En la mejilla. La chica de tacos altos sonrió amablemente, como devolución. Y la miró a los ojos. Y le miró las tetas. Y le miró la merca. Ludmila le peinó otra raya antes de meterle la lengua hasta la garganta.
Salí del entrebaño. Me paró un hombre de saco negro, hombros firmes, parecía un patovica. Me dijo algo al oído. Pero la música electrónica no me dejó escucharlo.
-¿Cómo decís?-le grité. Y me pegó en el estómago. No sé cómo hizo o en qué momento. Me retorcí del dolor. Loco de mierda. No alcancé a verle la cara. Y cuando me incorporé, ya no estaba. Escupí. La gente alrededor, bailaba, ni siquiera notaba mi presencia. Algunas chicas, me chocaban. Cuando pude respirar mejor, caminé hasta unas escaleras y traté de buscar un saco negro. Había varios. Pero ninguno tenía la contextura fornida del que me había pegado.
Fui hasta la puerta del boliche. Choqué a algunas personas. Le volqué el trago a una mina, que me insultó. El novio, o lo que sea, un idiota con pelo teñido de verde, se me plantó. Lo empujé y seguí. Protestó como un marica.
Salí del boliche. La música, que aturdía, ya no se escuchaba, pero me golpeaba en los tímpanos, al mismo ritmo repetitivo, todavía, al mismo ritmo que sentía el dolor en el estómago. No había nadie en la vereda. Miré para las dos esquinas. Me acerqué a la banquina. Tenía adoquines. Me agaché y vomité. Pedazos de algo que había comido. Y un líquido rojo ¿Sangre? No sé. Pasó no sé cuánto tiempo. Nunca supe si me desmayé o no.
Escuché una risa conocida. Me di vuelta. Ludmila venía, abrazada, con la mina que había encontrado en el baño. La flaca de los tacos altos. Una morocha de tetas infernales. No había visto, antes, ese detalle.
-Vamos a casa, Lucas. ¿Dónde te habías metido?
-Eh…bueno, vamos.
-Caminemos. Ella es Laura. ¿Qué tenés en la camisa? Ja. Te vomitaste.
A mí no me pareció divertido. Miré a Laura. Bah, miré las tetas de Laura. Caminamos, riéndonos, unas tres cuadras hasta la avenida. Ahí cruzamos la plaza detrás de la facultad. Yo miraba para todos lados. Buscaba supongo, un saco negro. Al hombre del saco negro.  Cuando llegamos al edificio de Ludmila, mientras ella examinaba un manojo de llaves, pasó un Ford negro, muy despacio, por la calle. No pude verle la cara al que conducía, pero sí vi un saco negro.
-Entrá, Lucas- Ludmila estaba del otro lado de la puerta de vidrio. Laura le besaba el cuello.  El falcon aceleró y dobló en la esquina. Entré en el edificio.
Media hora después, ya me había olvidado de todo.




Romero puso el GPS sobre el celular. Buscó “Tumba de Perón” y aparecieron varias direcciones. Me miró, con el motor en marcha de un viejo Volkswagen.  Soltó el embrague y aceleró.
-¿Sabés dónde queda, René?
-No, ni idea.
Frenó en medio de la calle. Detrás, un camión de basura suavizó la marcha y tocó bocina. Una moto casi se estrola contra el paragolpes del Volkswagen.
-¿Cómo que no sabés? Tenemos una misión secreta, una misión de exploración y resulta que no sabés dónde queda, René. ¿Y vos sos el líder de esto, decime?
-Yo no soy el líder, ya discutimos eso…
-Sos el líder. El que tiene la idea, es el líder. Así funciona, macho, hacete cargo, esta operación es un desastre.
Atrás del camión de basura, ahora estacionado porque no podía pasarnos, al parecer, había otros autos, porque un coro de bocinas disparaba histeria.
-Primero, Romero, la idea no fue mía. Las ideas no son de las personas, son un producto del contexto social y económico de un momento histórico dado, o sea, son ideas surgidas en el colectivo…
-La puta que te parió, René. ¿Dónde mierda están los restos de Perón?
-Son los resabios del neoliberalismo los que tienden a la individualización permanente, fijate los derechos de autor, ¿qué son? La consecuencia de, como decía Evita, el capitalismo foráneo. Y ahora que lo pienso, es una buena respuesta.
-Si nome respondiste nada,  René, no seas tarado!
-En el neoliberalismo están los restos de Perón, Romero. Eso quise decir. Pero ahora, bueno, se ha recuperado el verdadero peronismo. El peronismo auténtico.
-Bueno, sí, pelotudo, pero vamos a algún lado o nos van a linchar. Ya hay más de una cuadra de cola de autos.
Por los costados había autos estacionados en cada cordón de la banquina. Las bocinas tapaban el aire. La histeria del drama urbano. ¿Acaso nosotros teníamos la culpa?
-No me digas pelotudo, ése no es un trato entre compañeros. Aprendé de los compañeros de la resistencia, que en plena Revolución Libertadora supieron…
-La puta madre, ahora con la RevoluciónLibertadora…¿te falta mucho para llegar al siglo 21?
Desde el asiento de atrás se oyó una voz gutural: -Queda en el cementerio de la Chacarita.
Era el Oso Fernández, que dormía despatarrado en los dos asientos. Lo bueno de que se despertara es que había dejado de roncar. Romero aceleró, metió los cambios y pasó un semáforo en rojo, dio varias vueltas hasta que dejamos de escuchar las bocinas.
“Cementerio de la Chacarita” puso en el GPS. Salió algo de un club de fútbol, un bar y el cementerio.
-Seguro que es en el cementerio-le apunté, intentando ser útil.  Romero me miró, sonrió. Aceleró. He notado que muchas veces, por intentar ser útil, uno, digamos, extrema razonamientos obvios. En fin.
El Gordo Fernández roncaba nuevamente. Lo habíamos pasado a buscar por la casa. Las instrucciones eran que teníamos que pararnos en la esquina, justo sobre las vías del tren. Las barreras del paso a nivel estaban siempre bajas, porque los vecinos de esa calle del barrio de Belgrano, habían decidido –en asamblea, con lo cual, cómo íbamos a ser críticos de una decisión surgida en asamblea- que no querían que pasen los autos, porque resultaba peligroso para los perros y los niños que iban a jugar a la plaza de enfrente.  Así que cortaron la calle, bajaron para siempre la barrera –la soldaron y le pusieron bloques de cemento- y el intendente, primero uno progresista, luego otro de derecha, por suerte, respetaron la decisión de la asamblea. Por supuesto que los autos que pasaban –ya no, pero cuando pasaban- eran de los barrios más pobres que cruzaban del conurbano bonaerense, esa melancolía de barriadas que renacía depresivamente industrial, pero si la decisión fue tomada en asamblea,  por quienes vivían ahí, en esa situación, no se podía estar más que de acuerdo.
Bajo un paraíso, al lado de las vías, cerca de la casa del Gordo Fernández,  Romero apagó las luces del auto, tal como nos habían indicado. Esperamos unos 10 minutos eternos y escuchamos un ruido, sobre el tapial que daba a las vías. Algo pesadísimo que caía.
-Qué fue eso, che.
-Tranquilo, Romero, seguro que es un gato que está trepando.
-¿Un gato? Parecía un chancho cayendo al piso.
A medida que se acercaba notamos la sombra voluminosa que hacía la figura del Oso Fernández. Llevaba una remera blanca con la cara del Che Guevara y un gorro de lana tejido a mano. Entró en la parte trasera del auto.
-Arranque despacito, compañero, que nadie tiene que notar que salí-dijo Fernández, en susurros que sonaban como troncos.
-Está bien tomar todas las precauciones- acoté, intentando liderar algo.
-No, pasa que sino mi mujer me mata.
Romero, entusiasta, propuso que nosotros empujemos, para no hacer ningún ruido.  Pero el Oso Fernández dijo que, si bien la idea era la correcta y partía de un correcto análisis de la situación, él, porque se había pegado en la cadera al saltar el tapial del patio de su casa, no podía empujar.
-Está bien, Fernández, vos quedate al volante, con René empujamos –decidió por mí. Fernández, nuevamente, se negó. No quería pasarse al asiento de adelante ya que su esposa podría asomarse a la ventana o estar justo sacando la basura. Así que tiró sobre los dos asientos de atrás.
Terminé empujando yo desde el baúl,  Romero, me ayudaba lo que podía, con una mano en el volante y la otra empujando desde la puerta del conductor. Lo giramos y luego hubo que pasar unas lomadas de burro –también puestas por los vecinos de Belgrano, decidido en una asamblea de la cuadra, pero igual, no sé, me costó muuuuucho más esfuerzo: pensé amargamente (esas dudas que son, claro, la jactancia de los intelectuales) si el centralismo democrático no era acaso un modo organizacional mejor- y cuando volví al asiento del acompañante estaba todo sudado. El Oso Fernández ya roncaba. Me saqué el pullover negro que llevaba y abrí la ventanilla.  Me dio algo de frío porque estaba empapado. Corrí la pierna del Oso Fernández que asomaba por mi asiento y me golpeaba la oreja y traté de calmar la respiración. Estaba fuera de forma. Evidentemente.
-Estuve viendo una serie nueva en Fox, son unos detectives americanos, perdón, yanquis…-empezó a contarme Romero, pero yo sentía que me estallaba el corazón.
El GPS iba indicando el camino hacia el cementerio de la Chacarita. Los ronquidos de Fernández eran cada vez más fuertes. Pero la noche anterior, yo no había dormido, así que esos ronquidos tuvieron un efecto sedante. No me di cuenta que me había quedado dormido.  Lo último que recordaba eran unos videojuegos para matar musulmanes en 3D que Romero decía que servían para entrenarse cambiando, sí, la óptica ideológica del asunto, en caso de que hubiera en Argentina un nuevo golpe militar. Soñé con el golpe. Pero el golpe que me estaban pegando en la cara.
-Dale, Lucas, llegamos.
Era Romero. Me di vuelta y en el asiento de atrás no había nadie. Bajé, somnoliento. El Oso Fernández estaba sentado sobre el capó del auto. Estábamos frente a una reja. Justo enfrente de la puerta principal del cementerio. Más aún, al lado de la puerta principal del cementerio. Me extrañó que no hubiera ningún guardia. Me equivocaba.
Nos acercamos a la reja. Ninguno había previsto que hubiera una reja. Romero fue el que primero intentó trepar. Lo logró, llegó hasta arriba y rápidamente pudo bajar, con habilidad, al otro lado. El Oso quiso hacerme una zancadilla para que pudiera subir. Le vi cara de sufrido: sabía que él no podría cruzar semejante reja de cuatro metros de altura. Rehusé la ayuda del Oso y empecé, lentamente, a trepar.
-Vos quedate a vigilar el auto-le ordené. El Oso puso cara de sargento. Si es que los sargentos tienen algún tipo de cara. Me parece más bien que no. Por eso, justamente, se dice, cara de sargento: quiere decir, cara de nada. Pero mezclada con la sensación utilitaria de sentirse parte de un engranaje, de obedecer, de ser parte de una maquinaria más grande y trascendente que la poquedad inmanente de quien del otro lado del mostrador apenas rellena un formulario; junto al obvio alivio de no tener que intentar algo que para él era imposible. Me clavé la punta de una reja sobre el pantalón y me dio justo en un testículo. Me reprimí el grito, pero eso hizo que me resbale y caiga, aunque la camisa se me quedó atorada y se rasgó sin romperse del todo. Quedé colgando del cuello de la camisa. Con la mitad del pullover enredado en la reja y hecho trizas. Me saqué la ropa, quedé en cuero y caí sobre el empedrado. Me golpeé un poco, pero estaba del otro lado.
Había un poco de viento y la camisa amarilla y el pullover flameaban en la cima de la reja. Romero sacó su teléfono y prendió una linterna, incorporada al teléfono.
Avanzamos, sobre las sombras y las tumbas. En ningún momento tuve miedo. Hasta que tuve miedo.

Me tropecé contra una cruz y al caer lo arrastré a Romero. Entonces, empezó a llover.
Nos quedamos un rato, tirados sobre el césped, tras el accidente. Me dolía un poco la rodilla.
-¿Dónde está la tumba de Perón?-le pregunté.
Sacó el celular, buscó un plano en google del cementerio de la Chacarita. Luego, la tumba de Perón. Aparecía un tal Tomás Perón, un panteón. Pero, claro, el plano era casi imposible, teniendo en cuenta que ahí no veíamos nada. Alrededor de la pantalla iluminada del celular, todo era negro, como si una carpa de oscuridad se hubiera tendido sobre nosotros, tirados, patéticamente, en el césped. Claro que la carpa estaría, en todo caso, agujereada, porque nos íbamos empapando con la lluvia fuerte de gotas gordas que caía.
Fue entonces cuando sentí algo frío en la nuca. Un caño.
-Quietos, pendejos. No se muevan porque los cago a tiros.
Un aliento a vino barato. Una voz pastosa, que metía, verdaderamente, pánico. El caño de un revólver alternaba entre mi nuca y la espalda de Romero.  Si es que era el mismo revólver. Levanté, instintivamente y despacio, las manos. Gatilló el revólver.
-Por favor…señor, no nos mate-le fui diciendo, despacito, porque además, las palabras, no me salían. Disparó. Grité.
Entonces sentí sobre la pierna, debajo del pantalón, un líquido caliente. Pensé que era sangre. No podía distinguir si me dolía algo o no, tenía los músculos paralizados.  Pero, no, la bala no me había dado a mí.
Me había orinado.
 Di vuelta la cabeza, y vi a un hombre –o un manojo de articulaciones- tumbado sobre el césped y Romero encima suyo,  apoyándole la rodilla. Y apuntándole a la cabeza.
Al quitarle el arma, el revólver se había disparado.
-Tranquilo, viejo borracho, o no contás el cuento…-le decía, con una voz que me asustó, Romero. El viejo no decía nada.
-Agarrá el teléfono, René. Iluminalo a este hijo de puta. Quiero verle la cara antes de quemarlo. Fijate dónde lo podemos enterrar para que nadie lo encuentre.
Agarré el celular, todavía con la pantalla iluminada. Busqué un lugar para enterrarlo ahí en el cementerio, no se me ocurrió ninguno. Le enfoqué la cara. Tendría entre 50 y 70 años, una edad indefinida, las mejillas flacas, chupadas, la nariz roja e hinchada, propio de alcohólicos, una gorra con una inscripción, no parecía asustado.
La luz del celular no alumbraba mucho. Y se movía, porque yo todavía temblaba. Nos seguíamos empapando.
-Habla, viejo de mierda, decí quién sos.
El viejo no decía nada. Patucho le agarró un brazo y se lo torció. El alarido se escuchó seco, quebrando la lluvia y la noche descampada.
-Trabajo acá, pibe. Soy el sereno.
Nos miramos con Romero. Le revisó la ropa, encontró una linterna. Se paró y dejó al viejo en el piso.
-Necesitamos saber dónde está la tumba de Perón. Guíenos.-le dijo.
-Están locos.
Romero gatilló el arma, se acercó y le metió el caño en la boca.
-Están leeecuus, nuuu hay, Pirón, Pirón, ahhgg
-Qué decís, viejo hijo de puta. Confesá!
-piiiiro piirronn no tá no tá notacá.
El viejo no podía hablar por el caño que tenía en la boca.
Romero se lo sacó. Le agarró de nuevo el brazo, pero sin torcerlo mucho.
-Basta, soltame. La tumba de Perón no está acá.
-Cómo que no, viejo de mierda ¿dónde la escondiste, gorila?
-Romero, pará, no le pegues. Pobre. –Intervine.
-Callate y alumbrá.
-Pero es un trabajador, un compañero…
El viejo escupió, se incorporó un poco. Y habló: “la tumba de Perón y los restos de Perón están en el Mausoleo de San Vicente. Los trasladaron hace algunos años. ¿No se acuerdan de eso? Los llevaron a la quinta de San Vicente”.
El sereno tenía su parte de razón, me parecía recordar algo de eso. Lo miré a Patucho, que me dio el arma.
-Vigilalo, si se mueve, a este gorila lo matás.
Y se puso a buscar en su celular informaciones sobre los restos de Perón. Una página de internet, del diario Clarín, mostraba una crónica que fue leyendo en voz alta. Sí, los restos de Perón ya no estaban en la Chacarita.
Patucho no se desanimó.
-¿Cómo eran los que se lo llevaron al féretro?-lo interrogó.
-y…eran, ¿te describo toda la CGT, el partido justicialista de Buenos Aires y el poder ejecutivo, o solamente el secretario general, el consejo provincial y el presidente Néstor Kirchner?
-A Kirchner lo conocemos. Es medio bizco.
-Patucho, creo que no vamos a ningún lado con este interrogatorio….
-¿Qué quieren saber, pibes? ¿Para qué vinieron?
El viejo se sentó sobre el césped.
-Vamos a mi casilla que llueve mucho. Si me traen un poco de vino, yo les puedo evacuar las dudas. Y devolveme el revólver, vos, pibe.
-Todavía no.
-En mis años de juventud, nadie me hubiera sacado el arma tan fácil…La artritis, me está matando. Pedí la jubilación anticipada-el viejo empezó a caminar. Sin saber qué hacer, lo seguimos- pero no me la dieron. Cabrones. Creo que nunca me voy a ir de este cementerio. Ni me van  a jubilar. Me van a enterrar, directamente. Un día de éstos.
 El viejo lloriqueó.  Patucho se acercó y le pasó un brazo sobre el hombro.
-Tranquilo, viejo. Ahora te conseguimos vino.
-¿Quiénes son ustedes, qué vienen a buscar?
-Somos un comando de recuperación peronista.
-Ha, pensé que eran de esos monosexuales que vienen a tener sexo acá…hay cada loco.
-Estamos a favor del matrimonio igualitario.
-Ajá. ¿Y el vino?
Saqué mi celular. Marqué:
-Comando 17, aquí Comando 8. Comando 17, aquí Comando 8. ¿Me escuchan? ¿Gordo, estás ahí?
De lejos sonaba la voz del Gordo Fernández.
-Empapándome, Lucas, digo, Comando 8. La zona está despejada. Me hubieran dejado la llave del auto.
-Patucho, ¿la llave está puesta?
Patucho se revisó los bolsillos. No encontró las llaves.
-Deben estar, sí, a no ser que las haya perdido al saltar la reja…Uh, qué quilombo. Bueno, sino yo sé hacerle contacto. Ví en una película que…
-Pará, Gordo, ¿me copiás?
-Sí, acá Comando 17, puesto principal, puerta de la zona de operaciones. Lo copio.
-Gordo, las llaves están puestas, fijate. Andá y comprá 4 botellas de vino…¿Tinto, don? Ok. De vino tinto. Y esperanos en la puerta.  Señor, va a tener que abrir la reja para pasar el vino.

-Había un sereno, en el momento en que se robaron las manos de Perón, Lavagno. Era amigo mío- el viejo tomaba cada tanto un trago de vino. La primera botella se la había bajado en minutos. El Gordo Fernández, solícito, le servía más. Estábamos en una casilla humilde, al costado de la reja principal, donde tenía su bunker el sereno. Estaba lleno de ropas sucias, herramientas de jardinería y baldes, un montón de baldes que nunca supe qué utilidad tenían. Un solo foco, tímido, iluminaba de amarillo la habitación.
- Luis Paulino Lavagno, la autopsia demostró que fue muerto a golpes- recitó Patucho, leyendo en su notebook.
-Gran borracho…-dijo el viejo, escupiendo al piso. Lo miramos un poco extrañado: que él, justamente, diga eso de su compañero…
-Me refiero a que tomaba, directamente, alcohol puro-se explayó- En ese entonces, había dos serenos para todo este predio.
-Son 96 hectáreas- agregó Patucho, alzando los ojos.
El Gordo Fernández, solícito, se paró a servirle más vino. Una sombra gigante se paró también, en la pared de atrás. Le llenó el vaso al viejo. Se sentó. La sombra se perdió, junto a la espalda de su dueño, Fernández.
-Tome usted, también, buen hombre. Acá tengo un vaso, está limpio.
El Gordo Fernández se sirvió. No estaba acostumbrado a beber. Me ofreció el vaso, se lo rechacé.  A Fernández le costó tragar.
-¿Quién robó las manos de Perón, compañero?-preguntó, con dificultad y algo chispeantes los ojos.
-No tengo dudas. Fue una secta. La misma que asesinó a Lavagno.
-¿Una secta?
-La secta de Hermes Iai y los 13.
-¿Hermes Iai y los 13, qué es eso?-pregunté, algo asustado. Nunca había escuchado a hablar de ninguna secta con ese nombre. La ventana de la casilla donde estábamos tenía el vidrio roto y entraba un viento fuerte. Todavía llovía a cántaros.
-Un segundo…-Patucho dejó su notebook y se paró, dando vueltas en círculo alrededor del sereno-usted hoy dijo algo sobre los gorilas…cuando estábamos en el césped, no, sobre los monos. ¿Dijo Monosexuales? ¿Se refería a los gorilas?
-No, mono es uno, monosexual, un sexo. Hay degenerados que vienen a tener sexo con sus novios o lo que sean acá al cementerio.
-¿Sobre alguna tumba en especial?
-mmm, no. Aunque hay una pareja a la que le gusta estar frente a la tumba de Agustín Magaldi.
Miré con cara de incrédulo. El Gordo Fernández, que sabía mucho de tango, me contestó lo que no pregunté: -fu un cantante de tangos, falleció a fines de los años 30.
-¿Cuánto le cobra?-inquirió, Patucho. Lo miramos todos. –Cuánto les cobra por poder quedarse…
-Yo….no…
-Dígame la verdad, o no hay más vino.
Le sacó la botella, el Gordo Fernández lo miró extrañado y miró su vaso vacío. El sereno alfojó.
-Una botella, nada más. A mí qué me importa si son monosexuales…
-Homosexuales, se dice, viejo. Tomá, servite más- Patucho le dejó la botella sobre una mesita.
El Gordo Fernández la agarró. Se tomó un vaso a fondo blanco y largó una carcajada.
-Me estoy, hip, acordando de un tango que canta Magaldi
El Gordo se paró, abrió los brazos y declamó:
 Me río de las penas,
me río de la ilusión,
me río de las bellezas,
de la vida y el amor
Sin parar de reírse. El sereno intentó pararse, pero se mareó, mientras recitaba
Loco a mí todos me llaman
al ver cómo río yo,
porque el mundo no sabe
lo que reclama mi dolo
El Gordo lo ayudó a pararse y recitaron juntos, riéndose, y abrazados empezaron a cantar:
Pero a veces me confundo con un llanto
cuando el pecho en la emoción se excita
y recuerdo en mis horas de quebranto
aquellos besos de mi buena madrecita.
Pero no importa. ¡Ríete, muchacho!
Ríe..., con tu dolor en brazos
no hagas que aumente el dolor.
¡Que se envenena el corazón!
Hasta que Fernández, sorprendido, dejó de reírse: -Magaldi fue amigo de la infancia de Evita, en Junín.
Entonces un disparo atravesó el vidrio roto y dio directo en el foco de la casilla. Todo quedó a oscuras.

Hubo silencio y oscuridad. Durante largos segundos. Me parecieron una vida entera. De a poco, la respiración del viejo se escuchaba. Y aguzando el oído, la del Gordo Fernández, que preguntó en voz baja, pero muy ronca- ¿hay algún herido?
Nadie contestó.
-Respondan…-insistió-estoy preocupado.
-Gordo, si nadie responde, es porque no hay heridos- dijo entre dientes, Patucho.
-Puede haber algún muerto- susurré yo.
-Ninguno de nosotros tres está muerto, entonces.
-Tampoco yo-dijo el viejo.
La puerta, de golpe, se abrió. Un rayo iluminó el césped de afuera. Nadie entró. Seguía la tormenta.  Esperamos. Lo que a mí me pareció un largo rato. Pero, quizás, fueron apenas dos minutos. Y qué son dos minutos en la vida de un hombre, me acuerdo que pensé. Menos, aún, en la vida del movimiento. Desde el 46 hasta el 2009 transcurrieron…empecé a sacar cuentas con las manos, para calmar los nervios, cuando a través de la puerta abierta cayó una piedra, que dio en un marco y quedó justo frente a mis pies. El susto llevó a que todos nos tiráramos cuerpo a tierra en la oscuridad. La piedra tenía atado un papel. Un trueno iluminó la habitación. El papel, de pergamino, decía INRI.
-¿Qué dice?-preguntó el Gordo Fernández, agarrando el pergamino. Se sonrió, quizás por el vino. “Nos están jodiendo…vamos afuera a cagarlos a trompadas”
-Esperá, Gordo- dijo Patucho, alzándose-hay un olor a nafta. Fuego!
Y la parte trasera de la casilla, en segundos, empezó a arder.
Salimos corriendo, primero yo, que me tropecé con el Gordo Fernández en la puerta. Caímos y a los tumbos y dando vueltas carneros por el césped logramos salir, mientras la casilla, de madera, comenzaba a arder bajo la lluvia.
Patucho venía atrás, llevando al viejo cargado sobre el hombro.
Lo dejó encima del césped y comenzó a hacerle respiración boca a boca.
Después, primeros auxilios, como si tuviera un paro cardíaco.
La casilla ardía.
Patucho se sacó la pistola y miró alrededor. El Gordo Fernández empezó a golpearle el pecho al sereno para reanimarlo.
-Dejalo, Gordo, está muerto- le dijo, en voz alta, Patucho- lo mató la bala de estos hijos de puta. Salgan, asesinos!-gritó.
Pero nadie contestó.


Estábamos los tres dentro del auto, estacionado, a varias cuadras del cementerio, casi en el barrio….Bajo un árbol, en una calle oscura, a oscuras, mi cigarrillo era lo único que iluminaba. Patucho encendió su notebook.
-Era cierto, lo de Lavagno.  También hay una María del Carmen Melo. Murió a golpes. Otra testigo.
-Patucho, esperá-el Gordo sonaba, desde los asientos de atrás, muy angustiado- ¿asesinaron al sereno?
-No, dispararon un solo tiro, sobre el foco. El o los que dispararon saben que no asesinaron al viejo. Por lo menos de esa forma.
-Entonces, cómo murió- intervine, preocupado.
-Por asfixia, por el humo, por deficiencias cardíacas. Algo de eso. Hay que ver si la policía lo considera un asesinato.
-En cierto sentido, lo fue.
-Sí, Lucas, en el sentido que vos lo decís. Pero en todo caso los cargos serían homicidio doloso, y obviamente el incendio intencional que lo provocó.
-¿Quiénes fueron los que nos atacaron?
-No lo sabemos. Pero a partir de ahora, debemos tener más cuidado.
Patucho tenía razón.