Doctor Ninguna Parte


Joakito-.

Me fui en un barco
mientras estaba en el bar
mirando la ventana
imaginaba el barco
en el río Paraná
después de islotes,
después de nubarrones,
después de mí.

Había camalotes,
latas oxidadas.
Un poste podrido.
Navegaba solo.
Muy solo.
Río arriba.

Avanzaba lento hacia el sol.
Cuando el barco se hizo barcaza.
Y empezó a subir, despegándose del agua.
yendo directamente al centro del sol.

No sentí calor.
Cuando estaba jugando en el pelotero de fuegos
que es el sol.
Se podía ver el planeta Tierra.
Pequeño. Allá lejos. Lejísimos de mi barcaza.


Y no me fui nunca.
Estuve y estoy y estaba
siempre en el mismo bar
la misma ventana
la misma tristeza
la misma vergüenza
de existir.

No me fui nunca
a ninguna parte,
estuve tan quieto
mientras por dentro hervía
que llegué a apodarme
Doctor Ninguna Parte.

Y mientras meditaba y meditaba
sin llegar a nada, fui un actor de cine,
bailarín de malambo,
parroquiano sin bares
vocación de estrafalario.

Fui puto, homofóbico, lesbiano,
todo eso que ahora parece que importa.
Como si dónde depositar la verga
fuera una identidad trascendente.
Por Dios. Si fuera así,
yo sería manosexual.
Lo que antes llamábamos un verdadero pajero
un alegre y declarado sinverguenzas
que vive a pajas
porque el sexo real es aburrido
es costoso
es peligroso
es una comedia de flujos y marionetas
de un sistema que se coló hasta nuestros genitales.

¿Sumarme a la ola neovictoriana,
de trolitas vírgenes y nenes deconstruídos?
¡Váyanse a la puta que los parió!

El río Paraná se corrió como un telón
de un teatro de barrio.
Y apareció un Banco Nación y yo tenía un fusil
junto a mis compañeros entramos y gritamos
¡Esto es un asalto, todos al suelo!
Disparamos algunos tiros
para hacerlo más convincente.
Pero los clientes se reían
y los empleados seguían con su tarea.

Así que fui, agarré a un empleado
le pregunté, apuntándole a la cabeza,
donde estaba el dinero.
Ahí nos tomaron un poco en serio.
Les dimos una bolsa y vaciamos las cajas..
Salimos en menos de dos minutos.
Nos mezclamos en el microcentro porteño
con la gente. La policía nos buscaba.

Volvimos con el botín a este bar
donde imagino estas cosas.
Y repartimos el botín.
Planeamos viajes que jamás haríamos.
Un amigo dijo que iba a reventar los casinos de Las Vegas.
Otro que por fin iba a hacer un trío con dos mujeres,
prostitutas, supongo.
Y yo comprè un circo usado.
Con tres enanos. Dos gitanos.
Cuatro perros y una carpa vieja llena de agujeros.
Cargamos todo en un remolque y con una vieja camionetaç
recorrimos las plazas del conurbano bonaerense.
A veces iba gente, cuando era gratis.
Una vez tuvimos casi 30 personas en una función.

Uno de los enanos, que era pareja del otro enano,
lo encontró cogiendo con el tercer enano.
Se pelearon, armaron un quilombo y se fueron
cada uno por su lado.

Y yo me quedé solo, con el circo.
Así que me pedí otro café y volví a mirar al ventana
Llovía apenas, tímidamente.
Y de pronto fui Miguel Cantilo
"Dónde va la gente cuando llueve..."
Tocando de manera excelente la guitarra que nunca tuve.
Di un recital en un teatro, que estaba casi vacío.
Volví mi mente al bar. Un rato.
Y fui un moribundo en un hospital.
Un cartel quebrado en una ruta sin asfaltar.
Un matón de la CGT. Un jugador de Boca.
Un bailarín clásico. Una estrella de TV.
Un detective privado. Un recolector de mandarinas.
Y el café se me enfrió.

Salí a la calle.
Hacía frío.
Prendí un cigarrillo y lo tapé
con la mano, para que no lo toque la llovizna.
Empecé a caminar. Esperé que cambiaran los semáforos.
Pensé en pasar por un museo. Desistí.
Tenía hambre.
La vereda estaba resbalosa.
Y el dedo derecho ya lo tenía mojado.
Por el agujero en el zapato.
Y por chueco. Salté un charco.
Entré en una despensa.
Compré una botella de vino.
Llegué a casa, después de subir 6 pisos
porque el ascensor siempre está roto.
Puse el vino sobre la mesa de mi monoambiente.
Puse agua a hervir para los fideos.
Y me senté a escribir un poema.

Salió un poema triste, sobre la gente
que vive en las villas miserias
que rodean las ciudades de todo el país.
Una vida sufrida, cruel, inmerecida,
ante la indiferencia del resto, nosotros.
Me terminé la botella de vino.

Después me cambié las medias,
me abrigué y salí al anochecer.
Pasé por el medio donde escribo guiones
por monedas. Trabajé un poco.
Y después volví al bar.
Pedí otro vino.

La ventana de ese bar es mii televisor.
Doctor Ninguna Parte.
Fui padre de familia
Tenía auto y corbata.
Y no terminaba el desayuno por la prisa.
Trabaja en una empresas de finanzas
No, mejor en un estudio jurídico caro.
De esos abogados que jamás pisan tribunales.
Pero dan cátedra a sus clientes para evadir impuestos,
patentar ideas estúpidas, demandar la competencia.

No sé cómo se siente vestir un traje a medida.
Pero tengo un traje a medida.
Un prendedor de oro. Una corbata con el nudo perfecto.
Hecho por mi esposa. No. Hecho por mí mismo.
¿No debería -volviendo al bar- saber hacer nudos de corbata?
Tal vez sí. Aunque no sé para qué, si ni tengo corbatas.

Ya se prendieron las luces municipales.
Y paró la llovizna. El vidrio sigue empañado.
Salgo a fumar afuera. Me cruza una breve y ràpida idea suicida.
Se va, se aleja la idea rápido como vino. Rápido y breve.