Una anécdota aburrida


Mercedes Derna Viola-. Llegué a Milán la primera vez en junio, era primavera y tenía todo por aprender. Sabía solo del amor que me había traído hasta acá, sin reflexionar, sin ponderar, sin listas de lo que podía perder y lo que podía ganar, todas cosas que se hacen con la cabeza.

S. me esperaba en el aeropuerto, apoyado a la baranda que estaba frente a la puerta corrediza por la cual salíamos los viajeros que llegábamos al viejo mundo, estaba ahí con una sonrisa, una camisa blanca y un ramito de flores simples de todos colores en la mano.
Pasamos juntos ese fin de semana en el que por primera vez llegué a la que ahora es mi calle, y por primera vez crucé la puerta de lo que hoy es mi hogar, y vi los techos de los otros desde el balcón, y escuché el ruido del primer tranvia que pasa a las 5 de la mañana.
Después llegó el primer lunes. S se fue a trabajar y yo me quedé sola en ésta ciudad, en este país, sola en éste continente, sin whatsapp que me permitiera escribirle a alguien de inmediato y que de inmediato me respondiera. Y me di cuenta de la soledad de no saber hablar, de no entender lo que los otros hablan y más que nada, de no saber leer.
Los días siguientes pasaron así, tratando de decifrar los diarios para apurar dos ventajas con un esfuerzo: aprender italiano y entender que pasaba, de qué se hablaba. Lo hacía y me preguntaba por qué los diarios estaban escritos en difícil.
En esos días, no sé como, perdí la bombilla. Sola, sin palabras y sin mate amargo, me conecté con la conexión lenta y ruidosa de esos tiempos a internet, y busqué dónde podían vender esas cosas. Me anoté unas direcciones y salí a la búsqueda caminando. Llegué a un negocio chiquito, muy lindo, con artesanías de alpaca, cosas en cuero y tejidos de distintos países de aquellas tierras. La señorita que atendía el negocio hablaba con un muchacho. Yo miraba las cosas y escuchaba lo que hablaban, para aprender. Empezaba a entender pero casi no lo hablaba. El muchacho le contaba una situación, una anécdota larga con un desenlace sorprendente, al que la chica responde con una sola palabra de admiración y ríen con gusto. En mi lista mental de palabras nuevas agendé el vocablo con la nota recordatoria: usar en caso de gran sorpresa.
Encontré la bombilla, la compré y volví feliz a casa a poner a calentar el agua.
Ese sábado S estaba invitado a un cocktel muy paquete en casa de un abogado, así que nos vestimos elegantes y sobrios y alla fuimos. La reunión, intrinsecamente, era muy aburrida. Pero cuando uno tiene tanto que aprender, todas las situaciones son enciclopedias vivas. Así que daba vueltas con la copa de champagne en la mano, con sonrisa de circunstancia, alargando la mano para saludar (aprender que no se anda por el mundo besando la gente me costó, pero ya lo había entendido) y escuchando conversaciones sin proferir ni una palabra.
En un momento me presentan a una señora del consulado de Perú que cuando me presenté me corrigió la pronunciación de mi nombre, diciéndome que lo pronunciara en italiano, sino parecía que me quería hacer la exótica. Todo ésto en italiano, porque se ve que hubiera sido el colmo de la excentricidad hablar en castellano entre sudacas. Creo que su actitud era, al igual que sus tacos altos y su maquillage exagerado, un intento de negar la realidad. Pero yo no tenía el vocabulario necesario para responder con sagacia sin perder la elegancia, así que se la dí por vencida y seguí escuchando. El señor que estaba con ella, de un aburrimiento desesperante pero sin autocritica, se puso a contar una anécdota. Él a mi derecha, ella a mi izquierda y S frente a mí en un circulo atento escuchábamos la anécdota, yo con mi copa en la mano sino con las manos no hubiera sabido qué hacer. El cuento se hizo largo y mal contado, pero terminaba con algo que para el señor debía ser sorpendente, para morirse de risa y de sorpresa. En ese instante pienso ésta es la mía, en la lista que tenía en la cabeza se enciende la palabra que había escuchado en el negocio y exclamo, elegantísima: ¡Minchia!
Todos, incluyendo los grupitos que estaban cerca al nuestro, se quedaron en silencio alrededor de mi sonrisa orgullosa. Mudos los dejé con mi dominio del italiano ¿eh?, pensaban que era muda, o tonta, solo una cara bonita y anteojuda ¿y ahora? ¿nadie dice nada? A ver, Perú, ¿cómo se pronunciaba mi nombre? Tomo un trago de champagne, bajo la copa, y veo que S me mira, pálido. La peruana y el señor se van, la gente poco a poco vuelve a hablar. Con S vamos afuera al jardín y me dice ¿por qué dijiste eso, como te viene en mente?
Así aprendí el significado de minchia, que es uno de los tantos modos  que no encontraremos en los libros de nombrar el organo sexual masculino. Lo pronuncié bien, sin excentricidades, educada en los gestos y salvaje en el contenido, para alegría de la cónsul peruana que se habrá ido murmurando “argentina tenía que ser”. Lo mismo pienso yo, que de autodidacta y argentina que soy, por ensayo y error y golpes escénicos, hoy el italiano lo hablo, lo leo, lo escribo y lo publico, pronuncio mi nombre como me suena mío -con la ce como suena en castellano al lado de la e, y con la ese final aspirada entrerriana- y que si aprendo otra lengua lo primero que busco, son las malas palabras, para fantasear con usarlas haciéndome la distraída contra los que narran anécdotas aburridas.