Las ventanas de los otros

Ilustración de Tatiana Brodatch

Mercedes Derna Viola-. Son casi las diez de la noche del domingo y llueve. Hace más de un mes que, prácticamente siempre, llueve. Limpié la cocina, me armé un cigarrillo y salí a fumar al balcón. Mi balcón da al patio del edificio y desde ahí veo los techos de tejas a dos aguas de muchos otros edificios y allá en el fondo, el campanario de una iglesia. Hace unos años veía el reloj entero sin esfuerzo desde mi ventana. Era mi reloj.
Con el tiempo fueron alzando algunos techos haciéndole gambetas a todos los vínculos paisajísticos y ahora a mala pena adivino la hora si busco la posición justa estirándome un poco.
Fumaba y miraba para abajo. Las baldosas del patio están llenas de remiendos, a la derecha hay un pedazo de tierra bordeado por un cordón de cemento con un níspero frondoso erguido en el medio. A la izquierda está el hueco con el tanque de gas de la calefacción central rodeado de ligustrinas para cubrir decorosamente su pragmática fealdad. Luego contra la pared y bajo un techito por si llueve (y cómo si llueve) están los tachos de basura: uno marrón para el vidrio -que no se puede tirar a cualquier hora porque hacen un bacano sideral cuando se destrozan- luego dos blancos para el papel, dos de lata para el plastico y las latas, y uno marrón para lo orgánico.
Adelante del níspero hay dos peines en ele para estacionar las bicicletas de los adultos, nobles medios ecológicos de trasporte o esparcimiento, y atrás del tanque del gas, contra la pared del edificio lindero, están las bicicletas y monopatines de los niños, innobles medios de diversión desvergonzada.
Fumaba y miraba el patio. Hace unos años hay un par de macetas gigantes con unos jazmines que después de mucho deliberar y presentar propuestas en las reuniones condominiales, luego de sangrientas votaciones, decidimos poner. Jazmines que unos días al año, en junio, cuando hace calor, florecen y perfuman, pero que ahora están tristes, pelados, trepándose indiferentes a las guías que los tienen. Me pregunto si será justo para los jazmines estar plantados en una ciudad de verano corto e inviernos sin sol. Fumaba y pensaba que si fuera el patio de mi casa, le pondría una parrillita. Aunque sea a gas, ya que por ley no se puede prender fuego. Y le pondría también un banco de plaza, y barrería las hojas del  níspero en otoño, y los nísperos que se caen de maduros no recuerdo cuándo. Me sentaría con el mate las siestas de sol en invierno, y los chicos jugarían cuando vuelven de la escuela. Le pondría plantas, que regaría en verano, y les arrancaría un poco las malezas, y un poco de malezas se las dejaría, porque me parece que un por qué lo deben tener si vuelven a brotar siempre tan obstinadas, si no hay nada en su adn que les haya enseñado que no sea conveniente.
Pero…¡si es mi casa! Pensé. Después ví las ventanas de los otros. Casi todas con las luces apagadas. Sería un escándalo que alguno se apropiara del patio. A muchos ya les molestó que los chicos jugaran de vez en cuando, aún si al final jugaban con una triste pelota de goma espuma, que no hacía ruido, pero ensuciaba las paredes. Como escandaliza la ropa tendida en el balcón en los cortos meses de verano, y como escandalizó una vez una bolsa de naranjas que una vecina colgó en la reja de su balcón, del lado interno, aprovechando de las bajas temperaturas invernales. Es nuestra, casa, no mía. Una casa grande con un patio, un ascensor y escaleras compartidas. Espacios comunes de saludos educados. En la cual tenemos que guardarnos bien de no escandalizar a los demás con escenas de la vida real. Aunque se mueran como todos, por saber de la vida real de los otros. Aunque alarguen las orejas hasta parecer conejos cuando alguien discute, aunque secretamente no vean la hora de que alguien muestre un indicio, aunque sea para pelearlo. La pobreza es algo terrible que evidentemente el bienestar no mejora. Aunque todos, agarrados uno a uno cuando bajan las defensas, sean animales necesitados de calor y de guarida. El tema es que el tanque de gas nos da un calor que nos confunde en éstos edificios guarida, y creemos que solo nos queda salir a cazar las naranjas que los demás tienen al fresco, para luego tirarlas en el tacho del orgánico, al lado de la carta, antes de los monopatines y las mini bicicletas.