Gracias Maestro


Manuel Langsam-.   A lo largo del tiempo que llevo escribiendo estas crónicas, ya se habrá notado que nunca soy el protagonista central de los hechos  o anécdotas relatadas.  Siempre tomo un lugar distante y normalmente lo hago tomando el lugar del testigo que cuenta.

En esta ocasión voy a ser el personaje central. Pero no quiero que se interprete como un elogio personal ya que solo deseo que sirva como recuerdo y homenaje a la memoria de un gran maestro que tuve en los años de la primaria.
En ese entonces, todos los chicos del pueblo concurríamos a la escuela pública (la Nº 11 Isidoro Suarez) por la mañana y a la escuela hebrea por la tarde. Durante todos los años que concurrí a ella tuve como maestro al Sr. Jacobo Blaschinsky, un gran educador que nos enseñaba las cosas habituales del programa y, eso era lo interesante, una vez por semana mas o menos, llegaba, y nos decía: hagan silencio, hoy les voy a contar historia. Y les aseguro que el silencio era absoluto, ya que en forma muy amena nos hizo conocer los relatos bíblicos. Así tomamos conocimiento de Adán y Eva, la serpiente y la manzana, con la consiguiente expulsión del paraíso, el asesinato de Abel por parte de su hermano Caín,  Noé, su arca y el diluvio universal, Sodoma, Gomorra y la mujer de Lot, los Patriarcas, los Profetas, los Reyes (Salomón, David…), los macabeos, las distintas invasiones que sufrieron de parte de los pueblos guerreros que los rodeaban, las invasiones romanas con la heroica lucha y sacrificio en Masada, para finalmente ser expulsados de sus tierras, la destrucción del templo (del que hoy solo queda un muro), para comenzar la diáspora que duro casi dos mil años…
Cuando terminé la primaria, con solo 13 años me enviaron a Concordia, a una pensión, para  iniciar el secundario, orientación comercial.
En esos años, para congraciarse con la iglesia, el gobierno había impuesto la enseñanza de religión en las escuelas primarias y secundarias. Los no católicos teníamos la opción de solicitar el curso paralelo, que se llamaba Moral. En ese curso a nosotros nos tocó la señorita Fonseca, que era una catequista que concurría invariablemente de riguroso traje sastre de color oscuro, pollera bastante más debajo de la rodilla, mangas largas  y abotonado invariablemente hasta el cuello.  Era una persona muy agradable en el trato y muy buena docente. Esa materia , Moral, como todas las otras de la carrera, se estudiaba en libros de texto, de los que se nos indicaba: para la próxima clase, traen estudiada la lección que está en la página tal y hasta la página tal. Y en  la próxima clase, la profesora (o el profesor) designaba un alumno para que pase al frente  y “diga la lección”… Podía tocarle a dos, tres o mas alumnos exponer. Los que alcanzaran dentro de los cuarenta y cinco minutos de la clase.
En una de las primeras clases de Moral, la profesora nos dice que para la próxima traigamos estudiado los Diez Mandamientos   (una página y media del libro).  Cuando llega ese día. “la próxima clase”, entra, saluda, nos mira a todos y dice (señalándome a mí): Pase usted, a ver si estudió los Diez Mandamientos que era la lección para hoy.
Pasé al frente, me costó bastante vencer el temor de estar con la profesora y los demás alumnos observándome, y comencé a hablar. De a poco fui venciendo el miedo y a tomar confianza. En vez de seguir directamente con los Diez Mandamientos, arranqué con toda la historia previa. La crianza de Moisés en el palacio del faraón, ya que había sido encontrado por la hija del mismo flotando en una canastita en el Nilo, hasta que ya de grande fue llamado por Dios (según la biblia) encomendándole la misión de liberar al pueblo hebreo de la esclavitud que padecía por parte de los egipcios obligados a construir las pirámides bajo el rigor de los látigos de los capataces. Al ir con su mensaje divino ante el faraón, este se negó a liberar a los esclavos, por lo que comenzó a asolar a los egipcios con lo que se conoce como “las diez plagas”. Al llegar a la última (muerte de los primogénitos), el faraón accedió a liberar al pueblo esclavo. La posterior salida, el cruce del Mar Rojo separando las aguas, su retorno al cauce normal cuando lo iba a cruzar el ejército egipcio que había salido para volverlos a capturar, el vagar durante 40 años por el desierto en su marcha hacia “la tierra prometida”  y que, en el transcurso de esa estadía en el desierto, Moisés fue nuevamente llamado por Dios para que ascendiera al Monte Sinaí en donde le hizo entrega de las Tablas de la Ley (o Diez Mandamientos),  que eran y son los siguientes: y recién ahí dije cuales eran esos mandamientos.
A todo eso, la señorita Fonseca que normalmente mientras un alumno exponía la lección caminaba por los pasillos entre los bancos, ayudando, preguntando o corrigiendo al exponente, se había sentado detrás del escritorio y me escuchaba atentamente  y no hizo ninguna corrección a lo largo de toda la exposición, que siguió hasta que escuchamos el timbre que indicaba el final de la clase y aún me faltaba contar el desenlace, la adoración del becerro de oro, la muerte de Moisés después de haber vislumbrado de lejos el final del viaje, etc…
Recién entonces la profesora se para, viene hacia mí y dice: ¡Muy bien! Tiene un 10… pero… ¿Dónde aprendió toda esa historia, que no está en nuestro texto de estudio? ¿o a su edad ya ha leído El Antiguo Testamento?
Y yo, colorado de vergüenza le dije con toda inocencia: No, señorita, todo eso y mucho más me lo enseño el maestro Blaschinsky….
Supongo que de ahí en más, la señorita Fonseca habrá quedado intrigada para saber quién fue ese Blaschinsky.
Gracias , maestro.