Chocolativaniya


Manuel Langsam-. La noticia corrió muy rápido entre los chicos del pueblo. Y nos pareció tan importante que hasta interrumpimos el partido de futbol que estábamos jugando para verificarla.

De ahí nos fuimos todos hacia el hotel. Y, si. ¡Era cierto! Don Otto Rosenberg, un inmigrante alemán, propietario del Hotel Central (el único que había)  estaba instalando ¡una  “fábrica de helados”…!!
La “fábrica” consistía en un mueble compuesto por un tacho giratorio y, a su lado, dos tachos más chicos para depósito. Eso funcionaba volcando en el recipiente giratorio la mezcla para el helado, que se ayudaba con una larga pala de madera usada en forma manual. Cuando esa mezcla tomaba la temperatura necesaria y  se obtenía la consistencia deseada, se pasaba a los tachos depósito y  quedaba lista para la venta. Como la máquina disponía de dos tachos para depósito, siempre había dos gustos de helado para comercializar.
Al principio y durante muchos años, esos dos gustos eran indefectiblemente “chocolate y vainilla”. Mucho tiempo después se fueron agregando otros gustos como frutilla, limón, oporto o dulce de leche…Pero en el inicio solo había chocolate y vainilla. Aun sabiendo eso, al ir a comprar le preguntábamos a Don Otto: ¿Qué gustos hay? A lo que contestaba indefectiblemente en su dificultoso castellano “chocolativaniya”
Esos helados se conseguían solo en pleno verano. La temporada  empezaba a principios de diciembre y terminaba a fines de febrero. Se podía comprar por diez centavos de un solo gusto y sin cucharita. Y por veinte centavos de dos gustos y ahí si había opción a cucharita de madera.
Se tomaba el helado y luego se comía la tacita envase que, por supuesto, no era de plástico sino fabricada con una mezcla de harina, azúcar, clara de huevo y manteca.
No era fácil hacerse del dinero para el helado. Cuando se lo conseguía, lo normal eran solo diez centavos. En alguna ocasión especial, como el día del cumpleaños, sí se podía comprar de los dos gustos por veinte centavos. Y que satisfacción poder entrar al hotel y pedir: Don Otto, deme un helado de veinte. ¿De qué hay? Y ahí venia la respuesta: “chocolativaniya”.
Pasó el tiempo. Mucho tiempo. Hoy, en cualquier ciudad las heladerías funcionan durante todo el año y muestran pizarras con, al menos, treinta gustos distintos, y no llama la atención ir a comprar helado por kilo, de cuatro o cinco gustos. Eso lo hago con frecuencia.
Pero…¿saben qué? Siempre tengo la tentación de que cuando me preguntan  qué gustos voy a llevar, pedir: uno bien grande, con cucharita de madera y que sea de chocolativaniya y me produzca la misma satisfacción que me brindaba el escaso de veinte centavos de aquella época.