Hacia una nueva hegemonía

Osvaldo Quinteros-. El Frente de Todos crece mientras Cambiemos naufraga. Eso dice mucho sobre el porvenir del país y de la provincia.





Ayer publicábamos la entrevista a Gerardo Pressman sobre el peronismo. El joven politólogo reavivaba la discusión sobre el peronismo, dejando en claro que desde su punto de vista, el kirchnerismo ya se alzó con la victoria simbólica en el peronismo, al conquistarlo y por lo tanto, diluirse en él. Cabe entonces la pregunta de qué clase de kirchnerismo hablamos: ¿el de Grabois o el de Alberto Fernández? Por citar dos dirigentes paradigmáticos. El primero porque representa, mal o bien, cierto costado del Papa Francisco. El segundo porque será el próximo presidente.

Lo que esta reflexión intenta sugerir es que el mal gobierno de la alianza entre el PRO y la UCR nos deja una nueva hegemonía, a cuyo interior se desplazan los intereses sociales en disputa de una parte ampliamente mayoritaria de la sociedad -hayan votado al kirchnerismo o no-.
Ayer Lucas Carrasco trazaba un panorama original sobre el mercado financiero, dejando claro que, gobierne quien gobierne, "los bancos la levantan con pala" y que todo el sistema económico está orientado hacia ellos. Si esto es efectivamente así, entonces el sector financiero seguirá pujando por reinventarse y resguardar sus ganancias. Probablemente a través de créditos al consumo subsidiados por el Estado, bien al estilo K.
Ese aumento del consumo generará más inflación y la inflación generará cortocircuitos en la reunificación de la CGT con la CTA, pero generará más puestos de trabajo para quienes hoy integran los movimientos sociales de desocupados, que querrán correr por izquierda al gobierno desde dentro de la coalición ofiialista.
La correlación de fuerzas internas será cambiante y decisiva para un gobierno de Alberto Fernández, con independencia incluso de Cristina, sin por esto menoscabar su peso en la coalición que lidera.
Así las cosas, vamos hacia una nueva hegemonía. Atentos además a que, la futura oposición, ya parece deshilachada. La mayoría de los radicales y sobre todo los que sobrevivieron (ayer perdió la UCR otra capital, Viedma, en la emblemática Río Negro, que supo ser una provincia muy radical) y quedaron en puestos de gobierno, no quieren continuar la alianza con el PRO. Éste, a su vez, parece que quedará reducido a CABA, o sea, un partido distrital.
Debemos sumar otro conflicto previsible. Axel Kicillof, gobernando Buenos Aires, puede ser el lugar de refugio del kirchnerismo "puro" como sostiene Jorge Asís, pero también estará en tensión con el resto de las provincias, y no solo las gobernadas por el peronismo, dado que cualquier ayuda extra que brinde Alberto desde Nación a la provincia de Buenos Aires será en desmedro del resto de las provincias.
Esa disputa se puede luego ideologizar y simplificar para la prensa dominante, pero lo cierto es que es una disputa clásica en nuestro país desde la batalla de Monte Caseros.

La situación descrita tiene su correlato en la provincia de Entre Ríos, casi como un calco del panorama nacional, pero con el gobernador Bordet con la sucesión abierta y lidiando, por un lado, con cierta tensión que quedó remanente con el kirchnerismo y en especial con el urribarrismo por las causas judiciales que impulsó la Ministra Rosario Romero junto a su aliado Daniel Enz, mientras que tendrá que meterse en la disputa contra el "kirchnerismo puro" de provincia de Buenos Aires para que a Entre Ríos no le quiten su parte del pastel. A la par, tendrá que tener una buena relación con Alberto -que empezó mal al marginar Bordet a Urribarri de las listas-  para sanear el déficit estructural y la deuda provincial, producto del esquema impositivo regresivo provincial.

Por si esto fuera poco, los sectores sociales heridos por el macrismo, que no son pocos, querrán soluciones ya mismo, lo cual es imposible sin primero estabilizar la economía ante el riesgo de un default más profundo y una híper inflación. Pero ni uno ni otro de estos escenarios económicos de máxima podrá jaquear la nueva hegemonía que, por lo menos, durará dos años, hasta las elecciones legislativas de medio término.