El Che y nosotros



Lucas Carrasco-. El Che Guevara es, por suerte, lo que Laclau, resucitando a Lacan, llamaba "un significante vacío" para una "cadena equivalencial de demandas". El Che y nosotros es el Che y la Semiótica.

Es curioso, casi nadie, ni por izquierda ni por derecha, defiende lo hecho por el Che Guevara. A lo sumo, le otorgan un papel más destacado que el de Fidel Castro y otros guerrilleros en la única que le salió bien, que fue la Revolución Cubana, donde dirigió un pelotón al final ya del combate y en la agonía de la dictadura de Somoza. Después, ya se sabe, su poca pericia diplomática, recubierta de un moralismo dudoso y sinuoso (tanto en Perú como Argentina y posteriormente Bolivia, los Partidos Comunistas lo rechazaron, lo cual suena lógico si estaba enfrentado a la Unión Soviética, a la que respondían esos partidos), los fracasos militares y los escritos políticos delirantes. Con una prosa hermosa y con tonos de barroco. Barroco y barricada, un manjar para la Semiótica si viene acompañado de una muerte joven y heroica.

Nosotros, los que fuimos guevaristas en los noventa, no teníamos la más puta idea de lo profundo de los errores de Ernesto Guevara. Ni lo considerábamos un hombre de su época: sencillamente, su homofobia, su abandono de los hijos y matrimonios, nos parecían o bien inventos de la CIA o contradicciones menores frente al tamaño moral de su talla. Y leíamos, en clave gramsciana, los disparates sobre los estímulos morales versus los estímulos materiales (algo, por cierto, totalmente antimarxista pero que servía para justificar los fracasos concretos de la monarquía cubana) . Teníamos buenas intenciones y nuestras tendencias hormonales hacia la violencia no pasaban de la clásica violencia de la izquierda marginal argentina, más verbal que otra cosa. No más que correr por la policía y pelearnos a palazos con otros grupos de izquierda marginal como nosotros por cosas tan ridículas como un lugar en el palco de los congresos de la FUA, donde no pinchábamos ni cortábamos.

Creo que aquellos valores que rescatábamos y, en parte, inventábamos en el Che Guevara, fueron positivos. Han traspasado el tiempo, se han ido sofisticando pero siguen siendo valores generosos, sensibles, en cierto modo románticos, en el sentido cursi del término. Y ante el cinismo imperante por el posmmodernismo, nos sirvió de refugio tribal de esa ola imparable que venía con el neoliberalismo.

Sin dudas, entre el Che y nosotros hay una distancia abismal. Tanto en su acepción negativa como en su acepción positiva, pero un de las cosas a rescatar es que el Che nos enseñó, vaya paradoja, a amar la vida. Por encima de los avatares de las épocas. Que pasan. Dejan su huella. Y se van.