Dos veganas y un té hirviendo




Mercedes Derna Viola-. A medianoche había empezado a llover, lógicamente, visto que había tendido las toallas recién lavadas en el balcón antes de irme a dormir. Me acosté sabiendo que afuera llovía, sintiendo el ruido suave del agua sobre las copas de los plátanos que veo desde mi ventana.
Al día siguiente seguía lloviendo, fuimos a la escuela en tranvía, me fui a trabajar, y a las tres de la tarde, cuando volvía a buscarlas bajo la lluvia, tenía algo de tiempo y entré en una panadería que tiene unas mesitas un poco apretadas, pero sus harinas valen la pena.

Aunque hubiera tomado un café con leche, no pedí un capuccino. Que es, sustancialmente, un café con leche, pero técnicamente hecho de manera diferente, y eso hace que sea siempre más cremoso pero tibio. Hace casi quince años que vivo en Italia, me acostumbré a muchas cosas, me convertí a otras tantas, no es cuestión de ese nacionalismo del nostálgico que tiene miedo de traicionar a la patria, de olvidar las raíces que lo identifican y entonces, entonces, nada: lo hacen mejor que en casa, pero hermano, estás en Bélgica, ¿no te gusta el chocolate?, no, no hay mejor chocolate que el que hacen en Chascomús. No, mi caso es que no me acostumbro a la leche tibia y la cerveza caliente. Son dos cosas que no soporto, que me decepcionan y que me hacen doler la panza. La gente acá, que tiene paladares que no han sido adoquinados por años de mate a 95 grados, dos burbujas antes del hervor, me dice que el café con leche así está a la temperatura justa en la que zzzzzzzzzz me duermo. Deme un té, por favor (que ese sí lo hacen con agua hervida) y una medialuna con crema.
Me llevo todo a mi mesita, inspiro profundamente, retengo el aire y me siento tratando de no arrasar con el traste las cosas de la mesita de las dos mujeres que están sentadas al lado. Saco un libro chiquito y cuelgo la mochila en la silla, me saco el teléfono del bolsillo trasero del pantalón para no sentarme encima y lo apoyo sobre la mesa. Ya es tarde para sacarme el saco, estoy demasiado encastrada, me lo quedo.
Abro un sobre de azúcar para ponerle al té y mientras miro la taza me envuelve la conversación de las de al lado y las miro. Una es muy flaca, tanto que sus piernas parecen mis pulsos y tiene el pelo largo hasta los hombros un poco pajizo, la mujer que está con ella tiene la piel gris, ojeras y el pelo muy corto teñido de un rubio amarillo. Ya no se puede comer nada, dice la rubia, pero algo hay que comer. Eso que ahora llaman biológico, en realidad la palabra exacta sería orgánico, no biológico, or-gá-ni-co. Porque decíme: ¿qué significa biológico? Todas las cosas vivas, son biológicas. En cambio orgánico…eh eh, es otra cosa, se entiende, ¿no? Como en Estados Unidos, allá se llama orgánico. Y yo voy variando, porque por ahí después de un tiempo, viste, te dicen que tal cosa hacía mal, que tal otra era cancerígena, así que voy variando. Y si no encuentro orgánico, paciencia, igual ya nada es orgánico. Los cultivos con agua de lluvia. Sí. Agua de lluvia. ¿Vos te crees que esta lluvia no es ácida? Dios mío, lluvia de ácido, miré hacia afuera y seguía lloviendo, miré los autos que pasaban, no parecían despintados ni agujereados, y me tranquilicé. La flaca dice que ella dejó la carne y el pescado y los lácteos y las harinas, y vive bárbaro.  Porque qué veneno los lácteos, te llenan de moco el estomago, te ensucian todo el circuito digestivo, para no hablar de la carne, y el pescado todo envenenado con metales pesados, y yo después me los comía. Ahora como tofu, se hace hasta la mayonesa con el tofu. Porque los huevos también los dejé, pobres gallinas, si vieras de donde vienen los huevos te morís, yo he leído muchísimo. Claro, dice la rubia, yo era como vos, leí tanto pero tanto que estaba así, que no quería nada. Lo que pasa es que después leí que el tofu también tiene lo suyo, no es que sea taaaan bueno. ¿Y el Fabio? Lo que ha estudiado el Fabio, ¡lo que ha leído! Te digo, leyó tanto pero tanto que comía manzanas orgánicas y nada más, hasta que quiso ser respiriano, viste, no comer nada, solo oxigeno, pero respirando por la nariz, porque si respirás por la boca vas a crear otros problemas, pero bueno, ese es otro tema. La cosa es que cuando el Fabio quiso hacerse respiriano le dije no, Fabio. Hasta las manzanas te sigo, pero respiriano me parece mucho. Así que seguimos leyendo, estudiando tanto, y bueno, yo ahora escucho mi cuerpo y como lo que quiero. Yo mientras tanto revolvía el azúcar en el té y masticaba con mi medialuna exquisita, llena de porquerías y venenos y violencia animal pero tan reconfortante es ésta tarde gris. Como lo que quiero y el cuerpo es tan sabio, mirá... hay meses y meses que me da asco el helado. ¿Cómo te puede dar asco el helado? Diras vos. Y sí, me da asco. Se ve que no necesito eso, que mi cuerpo no necesita helado. Tiene razón, pensé mientras llegaba a la parte en que la medialuna tiene más crema, a mi me pasa, por ejemplo cuando abro un embalaje de algo, que si pienso en morder el telgopor me da asco, se me eriza  la piel, me duelen los dientes de solo pensarlo. Se ve que mi cuerpo no necesita los componentes del telgopor, y mirá que podría masticarlo tranquilamente, ¿quién me va a decir algo? Y bueno, sigue la rubia, aveces me dan asco otras cosas y yo así me voy guiando y sé lo que necesito. Leí muchos libros que hablan sobre ésto, y los leyó el Fabio también, así que ahora está comiendo otras cosas. La flaca estaba de acuerdo, aunque hay cosas que son malas de por sí y hay que alejarse, por mas que tu cuerpo te las pida, porque en realidad estamos muy influenciados por la televisión, y las publicidades, bombardeados estamos de cosas que después ya ni sabemos, si lo que deseamos es porque lo necesitamos o  porque lo vimos en una foto, viste. Yo leí mucho sobre ésto también, sobre el poder de las publicidades que se te meten en el cerebro.

Terminé mi medialuna, mi té recontra hirviendo. Me puse el teléfono en el bolsillo de atrás a ver si sus radiaciones me queman un poco la retaguardia. Me paré sin cuidado, viendo que en la mesa de al lado había un vaso de agua vacío y un envase mono porción descartable de ensalada de frutas, agarré el librito y me fui. El librito era uno de Woody Allen intitulado Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Lo leí de camino, lo leí mientras esperaba, y a la noche me lo llevé a la cama y leí hasta que se me iban cerrando los ojos, cuando le dí un mordiscón y lo cerré.