A la mierda los debates




Salustriano-. Un formato publicitario, hecho a la medida de la prepolítica.



La Argentina no es más democrática porque los candidatos presidenciales actúen, casi al borde de la comedia, frente a la TV en una universidad. Le llaman "debate" para darle el toque cursi de yanquileada que es infaltable entre los solemnes.
La Argentina es menos democrática porque tiene más pobres, más presos, más torturas, menos derechos sociales reales, más anafabetismo funcional, menos desarrollo.
No puedo creer que gente inteligente y culta elogie esta payasada. ¿Lo hacen por miedo a quedar mal? ¿Con quién?
Ya hay instancias institucionales para debatir, no solo la máxima que es el Congreso, sino que el Poder Judicial -el debate oral y público- y el Poder Ejecutivo -el Consejo del Salario- los tienen. Pero además, debatir es otra cosa.
No nos vamos a adentrar a la lógica televisiva que moldeó esta payasada. El error conceptual es más grave aún.
Levante la mano el que haya estudiado así sea brevemente la historia de la democracia. Bien, señores, recuerden que en Atenas, en el Senado, estaban los cínicos y los sofistas. Recuerden el principio (cronológicamente posterior, pero no importa) del despotismo ilustrado: "todo para el pueblo pero sin el pueblo". Y ahora volvamos a la boludez ésta del debate que no es debate.

Con un formato de quién quiere ser millonario, se destacó, como era de prever, Espert, por su pericia televisiva. Eso sí, difícilmente por ese debate logre un voto más. Quizás crezca por otros elementos políticos. Y lució bien guionada -aunque da verguenza ajena, como si fuera un boludo grandote- la posturita de Nicolás del Caño, haciendo silencio y mostrando un pañuelo verde. Le faltó cantar con una guitarra y era un show completo. Alberto, que estaba más coacheado que un participante del debate que hace Tinelli, aparentó bien que le importaba el país. Lo mismo Macri.
Nadie ganó nada, excepto la tilinguería de la Industria del Chamuyo  como denomina un amigo al periodismo y sus periferias.