UNA HISTORIA COSTERA



Manuel Langsam-. Mateo Silveyra vivía junto a su compañera en una casita que se había construido en la costa del Paraná. Ella solía ir todas las mañanas hacia la ciudad en donde se desempeñaba con tareas de servicio doméstico. Él se quedaba en la casa como cuidador, hacía los arreglos que hicieran falta o, simplemente, concurría al bar cercano en donde se reunía con algunos compañeros aficionados como él a la caza y pesca para comentar aventuras de sus andanzas por el río o las islas cercanas.



Cada tanto tomaba su rifle, sus elementos de pesca, subía a su canoa y se internaba en el río a pescar o incursionaba por las islas en busca de caza. Así pasaba varios días y regresaba luego con pescados y cueros que vendía, haciéndose de algunos pesos con los que colaboraba en los gastos del hogar y sostenía “sus vicios”. Cuando había salido a una de esas excursiones, comenzaron a correr los días y no había noticias de Mateo. Al pasar más tiempo que el habitual y sin noticias, su mujer comenzó a  preocuparse, lo mismo que sus amigos. Dieron aviso a Prefectura la que junto a los demás canoeros rastrillaron el río y las islas pero, pasaban los días y…nada. Ninguna noticia.

Cuando ya su mujer y sus amigos se resignaron a la pérdida, pasados unos tres meses, apareció Mateo por su casa con una historia que repetía todos los días en el bar ante el asombro de sus compañeros. Y era la siguiente:

Estaba pescando bien adentro del río cuando enganchó un surubí grande, pero muy grande, nunca había visto un surubí de ese tamaño que comenzó a luchar por liberarse. La lucha fue tremenda. De a ratos Mateo ganaba unos metros y de a ratos la distancia la ganaba el surubí. Así estuvieron durante horas, a Mateo lo fue invadiendo el cansancio y se dio cuenta que tenía las manos en carne viva por los tirones de la línea. Entonces decidió descansar por una media hora. Ató el hilo a la proa de la canoa, dejó que su presa se tranquilizara y nadara hacia el sur y él se recostó  a reponerse. Pero se durmió. Cuando despertó era noche cerrada, no reconocía el lugar al que lo había arrastrado el surubí, que seguía nadando hacia el sur, así que decidió esperar el amanecer para ubicarse.

El lugar le resultó totalmente desconocido. Tenía las manos lastimadas, le dolía todo el cuerpo y, al divisar unas casitas en la costa, decidió cortar el hilo que lo unía al pez y se puso a remar en dirección a la costa. Ahí se encontró con colegas pescadores que le ofrecieron hospitalidad, se repuso y, como le gustó el lugar (se enteró que estaba en el delta), se quedó un tiempo compartiendo aventuras con sus nuevos amigos.

Pasados unos tres meses empezó a extrañar su lugar, se despidió de sus nuevos amigos y se volvió a su casa.

Esta historia la iba repitiendo casi diariamente a la ronda del bar, agregando cada vez nuevos detalles de su aventura, disfrutaba de las copas que le pagaban y disfrutaba  por ser el centro de atención.

Pero,… pero,… un día su historia tuvo un final no esperado.

Pasado un año apareció en la zona una joven con un chico en brazos preguntando por Mateo Silveyra.  Contó que había convivido con él en una isla ubicada hacia el norte del lugar, no muy lejos de allí y que ahora le traía su hijo para que se hiciera cargo, ya que ella sola y en el lugar en que vivía no podía criarlo.

Después de la consiguiente sorpresa, su esposa prestó su consentimiento y no solo se quedaron con el chico sino que Mateo lo reconoció e inscribió como propio y le dio su apellido. Así que el chico se llamó Rufino Silveyra.

Pero los lugareños no olvidaron la gran historia que les había contado Mateo y que ellos le creyeron. Entonces al chico nunca lo llamaron Rufino, sino que al principio en el lugar se lo conoció como “El Surubí de Mateo” y, ya de grande,  en toda la costa siempre fue “Surubí Silveyra”.