Haber nacido tercera



Mercedes Derna Viola-. La nena había empezado la escuela y tenía una amiguita nueva. A mí no me importa nada ya, de conocer nuevas madres ni de hacer nuevas amistades. Evito el contacto social todo lo posible, no quiero saber de los problemas ni de los conflictos ni de las dificultades de ninguno, no voy a tomar nunca más la bandera de la defensora de injusticias ajenas, que con esa bandera siempre me he quedado sola, mientras las leonas de la puerta de la escuela se convierten en sábalos y le hacen caritas a la maestra como diciendo: nosotras, con ella  nada que ver ¿eh? Ahora me como a quien me tengo que comer solo a nombre mío, y casi nunca es necesario.

Pero entiendo que no puedo sofocar las ganas de nuevas amistades de una niña de seis años, que no tiene la culpa de haber nacido tercera.
Así fue que un día la llevé a jugar a la casa de una amiguita. Le acepté un café a su mamá, y luego me fui a sentar por ahí a leer un libro hasta que se hizo la hora de buscarla.

La invitaron de nuevo, ésta vez la llevarían como invitada-no invitada a la fiesta de cumpleaños infantil a la cual estaba invitada su amiguita. La fiesta se haría en un salón del edificio en la planta baja, rodeado de pasto muy verde, y con un espacio de juegos para niños. Qué lindo, pensé cuando entré a buscarla, vivir en un lugar así, donde los niños son bienvenidos y no son solamente una desgracia necesaria porque sino quién pagará nuestra maldita jubilación en este país de viejos.
Enseguida llegó la desmentida. Los niños son odiados como en cualquier ángulo de ésta ciudad. Sí, hay un espacio para juegos, pero tienen horarios como en todos lados y reglas de silencio y no quiero pensar qué pasará en las reuniones de condominio si han invitado niños ajenos, que no pagan las expensas comunes, ¿eh?, que nos gastan los juegos y producen rumor y se divierten gratis, a costilla nuestra, señores.

Pero bueno, no hay que enroscarse. El ambiente parece ameno, y yo ya me voy.
¿Vamos?
Están por cortar la torta.
Bueno, dale, esperamos que corten la torta y nos vamos.
Cortan la torta. Estoy afuera del salón, como otras madres, sentada en un tapial bajo -o escalón alto- con el prado verde a mis espaldas. La mamá de la amiga de mi hija está conmigo y conversamos amenamente de niños, dietas, y esas cosas que rellenan el silencio.
Ella entra, y sale con un pedazo de torta, se sienta nuevamente a mi lado y me pregunta si yo quiero. Me encuentro en un dilema, porque no quiero parecer una que adelgaza mientras otra engorda con una torta de chocolate y crema;  pero no solo no tengo ganas de torta, sino que no estoy invitada a esa fiesta y no me parece correcto. Así que digo no, gracias, ella dice que le da no sé que comer adelante mío, yo digo por favor no te hagas problemas, y todas esas conversaciones que podrían desaparecer y el mundo no cambiaría, o al máximo, sería un poco mejor.

En ese momento sale mi hija corriendo del salón con un plato de torta en la mano que me concede diciendo tenelo vos, yo no quiero más. Me encuentro con media porción de torta en la mano. La madre me mira y me dice sonriendo  “ahora te toca comer”. Siempre por el tema de la cortesía y la gordura y todo eso, agarro la cucharita del plástico y como un bocado de torta. Era exquisita, hecha en repostería, la masa húmeda pero sin alcohol y yo detesto el alcohol en las tortas, el chocolate perfecto, la crema deliciosa. La madre me dice que también su torta era la que había dejado su hijo más chico. De hecho miro, y ninguna de las otras madres están comiendo.
Cuando estamos en ese noble acto de ser un tacho de basura orgánica que se come todas las cosas ricas que los hijos no quieren más, sale del salón la madre del festejado (que estaba adentro sentado siendo entretenido por un mago con micrófono y un teatro que cubría toda la pared). Me mira. Yo la miro masticando. Ella no me sonríe ni me saluda y se va hacia otro lado. La madre a mi lado la mira y me mira, la sonrisa le desaparece, descruzando las piernas y deja su plato sobre el tapial. El bocado de torta tan rico se me atraganta a la altura del esternón y se hace amargo grande y duro. Un pelmazo. Le digo a la madre a mi lado que le diga a la del cumpleaños que la torta era de la nena, así me limpias la imagen. ¿Tu imagen? ¡La mía! dice ella.

Vamos. Me quiero ir. Pero no solo me quiero ir. Me quiero ir a la mierda.
Llamo a mi hija, le digo que nos vamos sin derecho a réplica o alargue. Entro a saludar y agradecer a la madre del cumpleañero que responde a mi apretón de manos sin pararse de la silla. En ese momento, y en medio de las otras madres, la madre colega de torta de sobra le explica que la torta que yo estaba comiendo era la que le había sobrado a la nena que no quería más.

Salí de ese salón por la puerta abierta y no rompiendo los vidrios a patadas a buscar a mi hija que corría con su amiguita sobre el prado para, finalmente, irme. Atrás mío salió la madre del festejado, con el pelo largo, el vestido tipo bolsa fucsia y zapatos negros con taco chino gritando sacada ¡Bajen YA! ¡No se puede caminar sobre el pasto y yo firmé cosas! 
Para ese momento la torta de chocolate era un asco, tenía gusto a asfalto, a niños entretenidos por magos sin magia y mesitas llenas de comidas que no se podían comer.

Tuve nostalgia de mis amigos, gente que si llegan invitados inesperados los abrazan y los hacen entrar haciéndoles un chiste, agregan platos, llenan o comparten vasos, rellenan más choripanes, agregan una tira de asado, le indican donde está el baño, y les dicen que los chicos pueden jugar por donde quieran. ¡Y todo sin haber firmado nada! El bocado de torta ya era una piedra. Así que se lo devolví.  Lo vomité antes de salir sobre pasto inmaculado nunca pisado del ingreso bajo las cámaras de seguridad y me fui.