El libro de Manuel Lagsman


Martín Gabriel Carruego-.


Macondo en el centro de Entre Ríos

Lo obvio, y también pertinente, sería recurrir a la frase de León Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Eso hace Manuel Langsam en los relatos que conforman este libro. Convierte en universales los personajes, situaciones y lugares que archivó minuciosamente en su memoria durante su infancia y juventud en Domínguez. Y transforma ese pequeño retazo del mundo en todo un universo.

Cuando Manuel me pidió que escriba estas líneas sentí un gran orgullo porque en parte es casi como si las escribiera para mi propio padre. No porque tenga con Langsam una relación cercana, sino porque ambos comparten ese anhelo inexplicable de indagar en la historia de su pueblo. Contar las historias sólo para que no las borre el tiempo, sin pretensiones científicas ni ideológicas.

Manuel no quiere hacer un manual para la escuela. No aparecen en las crónicas de este libro fechas precisas ni episodios que formarían parte de las efemérides oficiales de un pueblo. Esa es tarea de un historiador y él no pretende asumir ese rol. Se sumerge por debajo del terreno de la historia institucionalizada y traza una crónica que corre paralela a la oficial.

Elige como materia prima la anécdota, y amasa con ella la historia que casi siempre queda relegada. La de los personajes populares, la de los hechos mínimos. Lo que algunos juzgarían como secundario, pero que constituye la savia misma, la razón de ser de un pueblo.

No sería parte de un libro de historia Elías Kastan vociferando con dificultad los nombres de los actores ingleses desde su bocina de hojalata. No aparecerían en una crónica
oficial el “Mecho” Cisneros ni “Pichonético”. Ni “Guampa”, el pescador que se tapaba con su propia red.

Tampoco estaría en esas hojas el peón de campo que cambió de amor casi sin querer, por una amenaza climática. Ni un tipo que asegura tener 250 años, ni el hacedor de pelotas, ni jugadores que corren 7 kilómetros para llegar a tiempo a un partido.

Langsam deja a un costado los datos que figurarían en una enciclopedia. No le interesan. Se concentra en los hombres que hacen la historia desde las sombras, acodados en la barra de un boliche, hombreando bolsas, esperando una changa en la esquina.

Y en ese trabajo revela una memoria prodigiosa. Hay de-talles precisos, descripciones pormenorizadas, propias de una mirada atenta. Como si toda su vida hubiera dedicado a alma-cenar datos para volcarlos en estas páginas.

Manuel emprende en cierta forma una tarea periodística. Los textos lo muestran más preocupado por ser fiel a la realidad o en todo caso por moldearla para hacerla interesante-que por la profusión de adjetivos y el inútil alarde literario.

Manuel se fabrica su propio “Macondo” en Villa Domínguez. Y consigue hacerlo universal transmitiendo con belleza las historias que le dieron vida a su pago chico en los años de su niñez y su juventud.

Seguramente habrán quedado muchos relatos en el tintero. Mejor. Así podemos guardar la esperanza de un nuevo libro.


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