De las cavernas a hoy y después




Mercedes Derna Viola-.Empiezan las clases. Primer grado. Los niños se levantan a regañadientes. Solo uno o dos tienen ganas de recomenzar con la escuela. ¿Será de ellos el futuro? Quién puede decirlo tan temprano. Se encaminan hacia la escuela, caminando los que viven más cerca, en tramos los que viven cerca pero no quieren caminar, y otros en auto, moto y monopatín.



Los señores padres están invitados a acomodarse en el salón para el saludo de bienvenida. Es muy lindo mirar estas situaciones con ojos antropológicos, imaginar rápidamente el hombre desde que estaba en las cavernas hasta que llegó ahí, esa mañana.

Excepto uno, vestido con equipo de gimnasia, zapatillas-balza, cadenas y anillos, disfrazado de joven traper del momento pero sin juventud, los hombres están vestidos todos parecidos, camisas, pantalones de distintos cortes y y texturas, algunos con saco y otros sin saco. Las mujeres en cambio ofrecen una amplia y desarticulada gama de estilos. Tenemos la sandalia taco 12 de la cual se desbordan los dedos de los pies y van tocando el piso, rojos de rabia por la injusticia, porque ya el pié entero es una base pequeña para llevar cualquier cuerpo, tener que llevarlo todo (inclusa la cartera y el teléfono, que pesan mas o menos lo mismo) sobre esos cinco dedos amordazados en una tira estrecha, desbordados, intoxicados con pinturas, es demasiado. Tenemos cabellos cortos sobre bocas fruncidas, espaldas rectas y rodillas y tobillos unidos con prolijidad. Tenemos la madre así nomás sentada en el borde de la silla con cara de atenta pero pensando en un problema grave, lista para disparar ni bien termine la cosa. Tenemos bastante tintura de todos los colores y una indecente que se presenta con las canas desnudas. Tenemos zapatillas de gimnasias que van de impecables a sucias de mentiras a sucias de verdad pasando por llenas de lentejuelas con la marca que encandila. Tenemos botox en la frente y en la boca, y senos que florecen en medio a brazos flojos con manos a un par de años de llenarse de manchas. Barrigas pre y menopáusicas y abdominales esculpidos. Mucho maquillaje y olor a crema, maquillaje nature y cara lavada. Tenemos una sola con un perfume de esos que se ponen ellas y después, si tuviste la desgracia de que te pasaran cerca, se pegan a tu ropa, a tu cabello, y te impregnan todo el circuito de las vías olfatorias hasta llegar a colonizar esa triple frontera nariz-paladar-oído que está por ahí atrás y no abandonarla en todo el día.

Pero lo que más sorprende, de las cavernas a hoy, es la holgazanería en leer, o la incapacidad funcional de comprender la información escrita. Dos hojas con horarios de entrada y salida, extensión opcional del horario y otros pocos datos (fáciles, ningún abstract de revista científica) generaron dos horas de preguntas circulares más un par de comentarios polémicos para testear el aplomo y la capacidad de la directora que respondió de manera Real, gentil, clara, firme y breve (que es dos veces bueno).

Las madres nos miramos entre todas para compararnos y sentirnos disminuidas y criticarnos o sentirnos divinas etcétera, sí, pero el primer día de escuela nos miramos sobre todo para buscar ese amor a primera vista, esa madre que hará de la escuela primaria de tu hijo algo especial también para tu vida, que se convertirá en tu amiga como si lo fueran desde siempre. Este es el regalo que los hijos nos dejan para cuando terminen la escuela, se enamoren, encuentren lo que los apasiona, y todas esas formas de irse de casa, de poder solos con el mundo que mucho nos enorgullece y un poco nos entristece. Nos dejan las amigas que nos hicieron encontrar en la escuela.

Y mientras estamos acá, en este escrutinio en el que yo no encontré mi media naranja, los niños se fueron al aula con la maestra y a todos nos dieron un poco de ganas de llorar. Al trapper, a sandalias, a abogado, a ama de casa, a señora con problema grave, a barbie vieja, a panzón con traje chico. Porque verlos irse a primer grado es algo que no tiene vuelta atrás, es darle a la maestra la criatura que dormía entre tus brazos con el cuello perfumado de dulzura y misterio, que te miraba como si fueras lo único que existía en todos los universos y que para vos lo era sin dudas. Es darle a esa desconocida los pies que besabas, las manos pequeñas, los dientes de leche, y esperar que los quiera bien. Esperando que se ponga nerviosa, se ponga firme, que pierda la paciencia y todo lo que deba ser, pero que tenga un corazón bueno, que esté ahí por amor y no porque hubiera querido ser actriz o dictador, como una que me tocó una vez, que hablaba con los ojos cerrados siempre; ahí hubiera tenido que entender que a ella no le importaba nada de los tenía adelante, cerraba los ojos y se chupaba sus palabras, sintiéndose importante, sabia, abusando de su podercito.  El primer día de escuela le das a la maestra alguien a quien le bastaba tu abrazo resolverle los problemas, espantarle las pesadillas, calmarle el miedo. Que todavía quería cuentos y creer en la magia, en lo imposible, en lo que no se ve. Que poco a poco va a leer carteles, y que cuanto mejor pueda escribir la carta a papá Noel más lejos va a estar de creer en su existencia. Se lo das con la pena por todos los hijos del mundo que ese día no podrán darle la mano a una maestra, y por todas esas madres que darían cualquier cosa por conmoverse por pavadas privilegiadas como estas.