HISTÓRICO GOLPE A LA PATRIA CONTRATISTA

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Por primera vez, se le permite a la prensa oficialista hablar de ellos


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Crimen en el Parque Urquiza



Lucas Carrasco-. El detective Almará se despertó en medio de botellas vacías de whisky y osos de peluche. Sobre la mesa de luz había un recuadro con una foto de su exesposa, quien hacía muchos años se había largado, harto de que llene la casa de objetos insólitos como osos de peluche, cuchillos raros, monos de plástico, barquitos de papel. Dio vuelta el retrato y atendió el celular, que no paraba de sonar debajo de un montón de ropa.

-Almará
-Buen día, señor Detective.
-...
-Buenos días señor detective, le habla el sargento Enz, a su servicio.
-....
-Hay un crimen, detective.
-¿Y no hay otro boludo de turno?
-Sí, señor detective, lo que pasa es que la víctima o sea la que dio positivo como morida es muy cercana a la familia de la ministra.
-¿Y a mí qué carajo me importa?
-Que la ministra, señor detective con todo respeto, pidió que usted se haga cargo del caso.
-¡Si me odia!
-Bue, odia a todo el  mun...perdón señor detective, lo que pasa es que usted es el mejor.
-Las pelotas, me quiere echar la culpa si no encuentro al criminal.
-Positivo, señor detective.

El sargento Enz tenía una papada tan grande como la barba de Santa Claus. Recibió al detective en la escena del crimen, donde habían precintado con guirnaldas
-Qué es esta payasada de precintar con guirnaldas, sargento.
-El gobierno quiere que la policía esté más cerca de la gente.
-¿Y por eso usted lleva una remera de Colón que le queda chica?
-Mezclo placer con trabajo.
-¿A qué se dedica usted?
-A lo que mande, mi estimado.
-Bueno, vaya a buscarme un café y una aspirina. Y un agua tónica y una lata de las nuevas, de 710 centilitros.
El detective venía observando desde las barrancas la escena del crimen. Cuando pasó el precinto, el cuerpo estaba tapado con un plástico que decía FBI. Eran unos plásticos tuneados que se habían dejado los del FMI. Se acercó al cuerpo. Aún no olía mal pero la sangre sobresalía del plástico. El cuerpo estaba en las orillas de la playa municipal, que estaba clausurada por contaminación. Eso, ayudó a identificar las huellas de los pies de la víctima y el agresor. Incluso, había un rastro de sangre y charcos esparcidos.
-Murió en una pelea-dijo para sí mismo.
El sargento volvió con la lata de cerveza, el café y la aspirina.
-¿Identificaron a la víctima?
-Si, señor detective, es femenina positivamente y se llama Churi.
-Ok. Ya puede retirarse. Supongo que tendrá otra cosa que hacer.
-Sí, recorrer los moteles a ver quién le mete los cuernos a quién y sacar fotos. Ya sabe, con los adicionales no alcanza para llegar a fin de mes.
-Está bien. Si ve a mi ex con alguna otra chica, póngale cocaína y arréstela.
-Como usted mande, detective y señor. ¿Y si la veo con un hombre?
-Peor, arréstelos por la desaparición de una familia en Crucecita Séptima y todo delito que se le ocurra. 
El detective sacó lentamente el plástico. Churi yacía despatarrada, como si hubiera sido ultrajada aun después de muerta. Quizás arrastraron el cuerpo cuando ya no tenía vida.
-¡Doctor!- llamó el detective.
 El médico Kohan -no se había recibido, pero lo contrataron porque tenía respuesta para Toooodo- le confirmó lo que el detective Almará ya sabía: la muerte la ocasionó una fuerte mordida en el cuello, que la desangró. Luego, transportaron el cuerpo y lo agitaron, de ahí las salpicaduras de sangre y el sombrero rosado que había caído al agua. La muerte ocurrió a las 8,37 de la mañana, pues tenía roto el reloj de oro que llevaba como colgante, donde además estaba inscripto su nombre.
El detective volvió a tapar a Churi, una perrita con apariencia inofensiva. Ya no tenía vida en los ojos y el detective estuvo apunto de llorar, como cuando veía las viejas películas del Pato Donald, su afición secreta. Se contuvo tomando un largo trago de cerveza. El café lo tiró para atrás. Cayó sobre la cabeza del médico.
Sacó una lupa y midió sus pisadas.
Vio que al lado de las pisadas de la perrita, había unas pisadas de un perro más grande. Siguió las huellas. Pasó por una churrasquera decaída llena de profilácticos, una palmera seca y una construcción demolida que alguna vez fue un baño. Se detuvo. Las huellas llegaban hasta ahí. El detective sacó su pistola de la guantera y una recortada que llevaba bajo el gabán, también un par de granadas que guardaba entre las medias y el revólver que tenía pegado al forro del sombrero, advirtió que estaba armado y pidió que quien quiera que esté oculto allí salga con las manos en alto o "entraremos con un tanque de guerra, que está viniendo de refuerzo". Nadie salió.
-¡Tengo un bife de ternera, uno de verdad, no de Precios Cuidados!- gritó, astuto, el detective Almará.
Cuando el perro, ensangrentado, salió, pudo verlo. Era un perro callejero, tres veces más grande que la perrita de la ministra. El detective le leyó sus derechos y con un ágil movimiento lo esposó.

En la segunda parte: El Juicio al Perro Asesino.

Nosotros leemos ésto: