Ahora que mi pija es noticia


Lucas Carrasco-. Mi compañero de la radio me criticó porque yo "navego en las profundas y oscuras aguas del ateísmo político". La definición me encantó.



En algún momento traté de ponerme en el personaje -estaba escribiendo unas líneas para darle temporalidad actual a una obra de teatro (por cierto, me dejaron clavado con el pago)- de un chico, joven, de origen musulmán, viviendo en una ciudad cualquiera del primer mundo que decide inmolarse por el Estado Islámico. Hoy el Estado Islámico ya no existe y otro escritor de esos que hay que esconder y negar, estará actualizando las líneas dramatúrgicas.
Pero, mi tesis, es que siempre hay gente dispuesta a morir por sus ideas. Luego, buscan "sus" ideas.
¿No creo, entonces, en los mártires?
Sí, creo.
Aunque no conozco a ninguno que haya logrado su cometido (siempre y cuando exceptuemos las 70 vírgenes y las barbudas felicitaciones de Dios, ese mal padre que no descuida su hijo en el jardín, solo lo descuida en una crucifixión). El tema es si morís por el dios equivocado. Quién puede saber si al morir, por caso, batallando en Iraq por el dios cristiano, llegás muerto y Alá hace de patovica: le erraste de dios, querido. O viceversa.
Ojo, si hubiera una guerra y no pudiera huir, sería soldado. No hay nada más patético que morir por un bombardeo a civiles, ni homenajes te hacen. Ni plazas. Ni estatuas. Ni canciones. Y si estoy en Musulmandia me gustaría ser mujer: ok, te oprimen esos medievales hijos de puta, pero no te meten un chaleco y te mandan a explotar por un petróleo que ni siquiera podés tocar.

Después salí y tomé un helado con mi sobrino U. Saludé a unas señoritas que me miraron con espanto, pero fueron corteses porque hace años nos conocemos. Y partí hacia ninguna parte. No es poética la oración, es literal. Me subí a un colectivo en la terminal, al primero que encontré. Total no tenía nada que hacer, nunca tengo nada REALMENTE importante para hacer, por eso no me aburro. No está entre mis hobbies posmodernos aburrirme. Burlarme de la gente es mi antídoto, soberbio sí-sí-sí-sí, pero no me aburro, a diferencia de ustedes, que la gran mayoría son unos idiotas sin vida propia buscando en textos ajenos las emociones que les faltan a sus cuerpos. Una pornografía de alta gama, de sobriedad careta, de certamen literario.  Un cura se me sentó al lado y me preguntó cosas y cosas y cosas. Sabía más de mí que yo mismo. Las trompetas de la fama.



Vivimos en un mundo de obsolescencia programada, pero eso tiene un sentido científico, ecológico y social. También vivimos en un mundo de insolencia programada y eso es destructivamente estúpido.
Hay una guerra solapada. Una guerra que estamos perdiendo. Una guerra contra la estupidez.