Un héroe de la vacunación

Mauricio-José Schwarz-.  En Pozuelo de Alarcón tiene una calle. En su natal Alicante llevan su nombre una pequeña plaza con una fuente al medio y un instituto de secundaria, y en la Universidad Miguel Hernández hay un busto con su imagen. La calle más ancha y larga que se le ha dedicado se encuentra en la Ciudad de México, en el barrio dedicado a doctores relevantes, precisamente, en su mayoría mexicanos. Son pocos homenajes para uno de los más grandes héroes de la vacunación: Francisco Javier de Balmis y Berenguer.



Francisco Javier de Balmis y Berenguer


Javier (o Xavier) nació el 2 de diciembre de 1753 en Alicante, segundo de los nueve hijos de Antonio Balmis, “cirujano y sangrador” de origen francés, y la alicantina Luisa Berenguer. Muy joven entró al Hospital Real Militar de Alicante y, como médico militar, participó en acciones como la fallida lucha contra los piratas en Argelia en 1775 o el sitio a Gibraltar en 1780. Un año después marchó con el ejército a la Nueva España, donde además de trabajar como médico en el hospital de San Andrés de México, se interesó por las herbolaria tradicional que sobrevivía de los tiempos precoloniales e hizo varios viajes por el país, hablando con curanderos y recogiendo plantas prometedoras por las capacidades terapéuticas que se les atribuían. En 1790 dejó el ejército y volvió a España a la práctica independiente. Pronto fue nombrado médico personal de Carlos IV.

Ya en España, en 1803, Balmis traduce al español un tratado del francés J.L. Moreau que relata las experiencias que Edward Jenner había publicado en 1798 sobre su creación de la vacuna contra la viruela. El tratado de Moreau analizaba los efectos de la vacuna, la reacción de los pacientes… un estudio a fondo, claramente influido por el método científico y el positivismo, que compendiaba lo que se sabía hasta el momento.

Por entonces, la viruela no sólo hacía estragos en Europa, sino que se cobraba números aterradores de víctimas en toda América y, en general, en las colonias españolas, cebándose sobre todo en los niños más pequeños y especialmente en los indígenas, que tenían menor resistencia natural al virus pues éste había llegado al continente americano de la mano de los españoles a principios del siglo XVI. Carlos IV mostró preocupación por el desastre sanitario de la terrible enfermedad, algunas de cuyas variantes podían matar al 90% de quienes sufrían la infección, y seguramente se vio también influido por la memoria de su hija María Teresa, quien falleció víctima de la viruela en 1794, sin llegar a cumplir los 4 años de edad. La vacuna había llegado a España en 1801, demasiado tarde para la infanta.

Carlos IV consultó con los médicos de la corte, y Balmis los encabezó para convencerlo de que debía hacerse una expedición para llevar la vacuna a los dominios de ultramar. El problema que se presentaba no era de orden económico, ya que el rey estaba en plena disposición de sufragar todos los gastos, sino técnico y médico: ¿cómo llevar la vacuna? No había vacunas en cómodos frascos, ni siquiera producidas industrialmente, cada médico generaba sus propios agentes inmunizantes a partir de la viruela de las vacas, como había hecho Jenner.

Balmis dio con la solución, una solución que hoy resultaría cuestionable, sobre todo habiendo opciones. Pero en ese momento no las había. Su idea fue crear una cadena humana donde la inoculación se pasara, literalmente, de brazo a brazo. Empezaría con un grupo de niños, huérfanos residentes en las inclusas de protección españolas, que deberían tener, según expresó Balmis, entre 8 y 10 años, no haber padecido viruela y no haber sido vacunados. Él los vacunaría y luego usaría su sangre para inocular a la población al otro lado del Atlántico. Las personas inoculadas podrían entonces ser llevadas a otro puerto y donar sangre para vacunar a otros, y así sucesivamente.

Era una solución brillante y, en ese momento, no había otra solución viable. Se pidió a las inclusas que designaran a los niños, con la promesa de un buen trato al cabo del viaje, y finalmente la llamada “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna” se hizo a la mar en La Coruña el 30 de noviembre de 1803 en la corbeta María Pita, donde iban Balmis, el subdirector de la expedición José Salvany y Lleopart, 10 médicos seleccionados por Balmis y los 22 primeros niños que eran las correas transmisoras vivientes de la vacuna, mientras que Balmis era el transmisor del conocimiento, el que explicaría a los médicos de cada puerto lo que debían hacer para extender la vacuna y luchar contra la viruela.

La primera escala de la expedición fueron las Islas Canarias, para luego dirigirse a Puerto Rico y Venezuela. Allí, la expedición se dividió en dos grupos. Uno, dirigido por Salvany, marchó por tierra a Quito, Ecuador, para bajar a Lima, Perú. De allí, una parte de ese grupo se dirigiría finalmente a Santiago de Chile a donde llegó más de 4 años después de salir la expedición, mientras que Salvany fallecería en Cochabamba, Bolivia, en 1810. Balmis siguió a Cuba y México, país que cruzó por tierra para volver a embarcarse en Acapulco hacia Manila, donde llegó en abril de 1805 y siguió una circunnavegación hasta la isla de Santa Elena, tocando tierra finalmente de vuelta en la península ibérica en septiembre de 1806.

Javier Balmis había culminado así la primera gran expedición sanitaria de la historia, una tradición que hoy sigue, por ejemplo, en los brotes de ébola a los que asisten médicos de diversos países a llevar tecnología no disponible en los lugares que sufren la enfermedad.

Edward Jenner, el creador de la vacuna que ha salvado a cientos de millones de la terrible viruela, resumió la expedición de Balmis diciendo: "No imagino que los anales de la historia ofrezcan un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste".

Todavía pudo Balmis volver a México en 1810, y siguió difundiendo y promoviendo la vacuna hasta su muerte en Madrid en 1819, uno de los pioneros de la vacunación mundial que 159 años después de su muerte proclamaría el triunfo de la humanidad sobre la viruela, erradicándola finalmente.

Quizás, quizás, el doctor Javier Balmis merece una calle en Madrid, quizás una en cada ciudad donde su decisión salvó vidas. ¿Cuántas? Nadie lo puede calcular.

Los niños y las penurias

Poco contó sobre sus peripecias Balmis, sobre los amagos de ataque de piratas chinos o la mala recepción que algunas autoridades, como las de Macao, le acordaron. Pero su máxima preocupación, de eso hay constancia, fueron siempre los niños. Los que salieron de España, propuso, debían ser devueltos “y podrán ser más felices si la piedad del Rey les señala cinco ó seis Reales diarios hasta que lleguen a ser aptos para ser empleados”. Cuando las autoridades locales se mostraron reticentes a atenderlos, Balmis se quejó al Ministro de Gracia y Justicia, José Antonio Caballero.

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