Iniciales



Manuel Langsam-. Durante mis más de 40 años de profesión, de los cuales más de 30 se desarrollaron en el Departamento Villaguay, tuve oportunidad de conocer prácticamente todos sus campos, sus caminos (buenos, regulares y malos), sus montes, sus arroyos y lagunas, sus pasos para acortar distancias, la ubicación de las escuelas rurales, comisarías y boliches del interior, a los que muchas veces es necesario recurrir en busca de información para orientarse.



Pero, sobre todo, su gente. La gente de campo, ya sean propietarios, encargados, capataces o simples peones. No solo encontrarme con ellos por razones de trabajo, sino también compartiendo una rueda de mate o alguna conversación de boliche.

Es la forma de entrar en confianza con ellos. Es gente reservada y de pocas palabras por naturaleza, pero basta intimar un poco, tratarlos de igual a igual, te brindan su confianza y se llega a conocer su verdadera personalidad.

Así fue como pude hacerme de un anecdotario de relatos, curiosidades, creencias, supersticiones y hechos pintorescos o llamativos.

Ahora, después de tantos años, llega el momento en que extraigo de algún rincón de mi memoria una situación particular, que puedo contar.

Es el caso de William Walter Ortiz. Raro el nombre para un hombre de campo… ¿no? Claro que cuando lo conocí  me llamó la atención pero, sin preguntar nada al respecto supuse que, o podía ser uruguayo (son frecuentes esos nombres), o al nacer sus padres lo habían bautizado como se llamara el propietario o administrador inglés con el que estaba trabajando, cosa muy corriente en esos años.

Pero, como descubrí mucho más adelante, ninguna de esas razones era válida. La explicación era mucho más inimaginable. Y llamativa.

La comparto:

En oportunidad en que tuve que redactar un protocolo de interdicción por cuarentena en el campo en que trabajaba, tal como estaba establecido en el reglamento de actuación, el testigo firmante debía hacerlo presentando su documento de identificación.

Le pedí a William su documento y me trajo su libreta de enrolamiento (la vieja  tipo almacenera), muy bien conservada pero, cuando la abrí para confirmar identidad y verificar el número me encuentro, con sorpresa, que estaba extendida a nombre de Feliciano Enrique Ortiz. La foto coincidía con el aspecto de William y los datos personales también. No salía de mi asombro por lo que le pedí una explicación. Y me contó:

Hace años, cuando era joven, intervenía en los concursos de jineteada que se organizaban en los centros tradicionalistas todos los fines de semana en las distintas localidades. Llegó a ser representante de la provincia en Jesús María y obtuvo un primer premio en su categoría. Además del efectivo, le regalaron un hermoso cinturón-rastra, un gran trabajo artesanal en cuero de carpincho con una gran hebilla de plata en la que incluirían sus iniciales.

Al día siguiente, antes de volver a su pueblo, pasó a recoger la rastra. Y se encontró con una gran sorpresa: en vez de poner sus iniciales, le habían aplicado ¡dos W! La explicación que le dieron fue que tuvieron que entregar tantos premios, que el artesano que hacia las aplicaciones se había quedado sin letras. Y las únicas que le quedaban eran esas W, y las puso. Le ofrecieron para más adelante, un mes o dos, que podría pasar y se las cambiaban.

Pero nuestro hombre quedo tan prendado de su hermoso premio que lo acepto tal cual estaba y luego decidiría qué hacer. Y empezó a  lucirlo –con elogios de sus conocidos- en sus visitas al pueblo, concurrencia a bailes, jineteadas y desfiles a caballo en las fiestas patrias. Y decidió quedarse definitivamente con él. Lo sorprendente del caso es que prefirió ¡adaptar su nombre a las iniciales y no al revés, las iniciales a su nombre!!

De lo  que me di cuenta, aunque no le dije nada, es que tal vez  las verdaderas iniciales de su nombre – Feliciano Enrique Ortiz-, serían FEO, de lo que se dio cuenta y pensó que lo iban a desmerecer tanto a él como a su hermoso cinto-rastra…