HISTÓRICO GOLPE A LA PATRIA CONTRATISTA

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Por primera vez, se le permite a la prensa oficialista hablar de ellos


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El reloj colgado ahí

Mercedes Derna Viola-. En la casa  aún se percibía la presencia del muerto, no obstante la hubieran pintado de blanco adentro y afuera. La pintaron sin cuidado, chorreando todo, como haciéndose pis encima, y dejaron en la pared los cuadros florales pintados por alguna pariente jubilada, los centros de mesa al crochet, adornos de cerámica, y un el reloj de mano, de oro viejo, colgado bien centrado en el medio de una columna. Tan visible que a nadie se le hubiera ocurrido robarlo. Mirándolo me acordé cuando trataban de explicarnos el concepto de ominoso de Freud, sin lograr ejemplificar el contenido de esas cosas que te erizan los pelos finos de la nuca y que te dan unas ligeras ganas de correr.





El reloj colgado ahí, nos relojeaba.

Era un primer y último piso con un balcón ancho todo a lo largo, con una mesa, un sillón y las velas donde fumábamos a la noche con dos copitas o cuatro de licor de mirto que guardábamos en el congelador.

En el piso de abajo  los dueños de la casa tenían un jardín muy bien cuidado y una especie de horno de barro gigante, donde guardaban los perros de caza. Típica tradición sarda que en cualquier metrópolis sería denunciado a una sociedad todo protectora.

Cabe decir que el olor a mierda cuando el viento tiraba para nuestro lado daba ganas de marcar un 0800-algo de la venganza, del fastidio personal disfrazado de sed de justicia. Pensé también en abrirles las puertas de noche, pero los carteles estatales baleados hacen desistir de todas estas ideas de película americana.

De las tres piezas en una no andaba el aire, y en la otra el colchón de dos plazas tenía una base que hacía que los dos que dormían arriba se encontraran amontonados en el medio. Después de 15 años de matrimonio un colchón así da risa, inicialmente, e inmediatamente después se tira una moneda y se elige quién se va a dormir a cualquier otro lado.

Terminé durmiendo con las tres nenas donde el aire funcionaba, y el socio arriba, en la fosa de dos plazas. Dormí peor que nunca. No. Si lo pienso, no dormí peor que nunca, pero dormí mal, harto incómoda huevón, como dicen los chilenos. Ellos también deben estar incómodos en un país tan finito.

Antes de dormir mal, nos contamos historias de terror como sucede siempre en condiciones de hacinamiento. Antes de apagar la luz una me pidió que la acompañara al baño porque tenía miedo, yo insistí para que fuera sola, porque los miedos dicen que hay que superarlos etcétera cosas de madre responsable etcétera. Me dijo que se le habían pasado las ganas. Yo tenía mas miedo que ella y no se me habían pasado las ganas. Contaba los minutos para que saliera el sol.

Después  cambiamos de casa. Una casita abusiva construida en los años 70 que el estado quiere derribar, a 20 metros del mar, en medio a la mancha mediterránea con todos sus perfume y colores. La casa era chiquita pero hermosa, limpia, esencial. Y el ruido del mar era insoportable contra las rocas.

No crecí en un lugar tan hospital y todo eso me da miedo. Soy un animal de ciudad, me gusta mi casa, los caños de escape, lo predecible, mis cafés, mi vereda, el bar de abajo. No puedo creer  que en estas latitudes no hayan serpientes mortales, cucarachas, alacranes, chanchos jabalíes, hormigas empedernidas del olfato implacable. Temo incendios, lluvia de meteoros, cualquier cosa. Solo los mosquitos, que sí hay, me son amigos. Me zumban en la oreja, se emborrachan con mi sangre, me adornan la piel, me saben de casa. Eso, sí, mejorados: sin dengue ni malaria, muy europeos. Cada ola que rompe contra la orilla temo un tsunami. Calculo la altura, me pregunto si llegará hasta acá, me imagino qué hacer si llega, como salvar a todos. Me pregunto si estaré deprimida que pienso en estas cosas. Miro la luna, trato de disfrutar. Pero el ruido del mar es fuerte, es violento y rítmico, y yo no estoy acostumbrada. Espero que pase el tiempo, cada segundo estoy un segundo más cerca del alba que asusta los miedos. El tiempo, que relojea soberano, colgado en el medio de la columna a la altura de la vista, y que no se puede robar, se nos mea de risa.

Nosotros leemos ésto: