Un hotel de mil estrellas



Hugo Presman-. Es un hotel extraño. Puede estar al lado de la cortina de un negocio que cerró. O de otro que dice Alquiler. O bajo un árbol en una plaza. O en la vereda de un edificio en construcción. Sobre esa vereda que es una preocupación obsesiva del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, hay distintos tipos de alojamiento: los menos precarizados tienen un colchón hundido por el tiempo y el uso y alguna frazada. No hay sábanas ni almohada. A veces un bolso con algunas pertenencias cumple esa función En la imaginaria mesita de luz puede haber restos de alguna comida conseguida o alguna bebida. En la mas despojadas hace las veces de colchón una cantidad de cartones, no hay frazada y solo la ropa de todo el día sirve de piyama. En el cielo, mil estrellas, muchas, muchísimas más que las de los hoteles de lujo. La noche, la noche es un infierno, cuando llueve o cuando la temperatura baja a menos de 12 grados. El día es una pesadilla. Todo el día para caminar el ocio. En este hotel inimaginable para los que tenemos todas las ventajas del confort, desde la calefacción, la ducha de agua caliente, una cama, un colchón confortable, almohada, sabanas, frazadas, tres o cuatro comidas diarias, no necesitamos acudir al infierno del Dante, para imaginarlo.



Una mujer en situación de calle dijo: “ Mucha gente te trata peor que a un perro callejero. Al animal se le acercan, lo acarician. A nosotros nos miran con desprecio o directamente nos ignoran”



El verano, aún con calores extremos, es más benévolo. En el campo dicen que el verano es el poncho del pobre.
En todo esto el gran ausente es el Estado. Y cuando ofrece algo como los paradores, la situación es de tan arbitrariedad y falta de contención, que muchos de los arrojados a la banquina de la vida, prefieren estos hoteles de mil estrellas. Y todo se acrecienta, se vuelve un drama, cuando  los gobiernos neoliberales vienen a hacer su tarea. Desocupación, alquileres impagables, servicios por las nubes. El resultado es patente: cada vez más ciudadanos degradados a ser sólo uno más de los expulsados, que encima son insultados por aquellos que no viven en la calle, pero que abandonaron hace mucho su corazón en la intemperie de la injusticia diciendo que el kirchnerismo les paga para vivir en la calle.
Hay miles y miles de argentinos solidarios que ayudan para que la situación sea menos dolorosa. Son comedores, ONG, Juan Carr, voluntarios sensibles, ayer River, Solo paliativos, pero son los paliativos que muchas veces separan la vida de la muerte.
El problema  es que cuando un drama se naturaliza, la indiferencia suele generalizarse. Por eso es conveniente aplicarse una vacuna contra “el no me importa, a mi esto nunca me va a pasar, esto sólo les ocurre a los vagos, a los que no les gusta trabajar ” y adaptar para recordar una conocida frase que el Che Guevara les dejó a sus hijos en su carta de despedida: “Seamos capaces siempre de sentir en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte.” Internalizar este pensamiento, es la cualidad que nos eleva como seres humanos, la que nos convierte en ciudadanos, las que nos transforma en hermanos, por el solo hecho de ser seres humanos.
 En palabras de John Donne, poeta metafísico ingles del siglo XVI, levemente adaptada: “Ninguna persona es una isla; las carencias del otro, más aún su muerte me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quien doblan las campanas; doblan por ti”

Nosotros leemos ésto: