¿Qué hacemos con el animalillo?

Mercedes Derna Viola -. Es cada vez más normal tener una mascota, aún en lugares poco idóneos, como pequeños departamentos, asientos traseros de autos, o haciendo equilibrio en los scooters. Adultos muy muy menores, adultos normales y adultos mayores, caminan por las veredas con una correa colgando de la mano.



Un perro, un gato, un hámster (que es el nombre de venta de los ratones) para el nene, o una serpiente que parezca mala pero no mate.
De esas que, cuando se hartan de darle la nota de extravagancia al dueño en camiseta blanca y pantalones caídos en alguna periferia del mundo, se escapan por el inodoro, para asomarse en un inodoro cercano y ultimar con un infarto la vida de algún vecino, arriesgando la muerte del perro rabioso con tal de sentir la satisfacción de ser, por una vez en su vida, una serpiente temeraria.

Acá en Italia hizo frío hasta mayo, dándonos así argumentos para desplegar en el ascensor, y en junio llegó un calor normal, como todos los años, es decir un calor único, terrible, infernal, ¡mortal!, exagerado para la media, que no se sentía desde tiempos inmemorables, insoportable. Como lo serán éstos, sin lugar a dudas.
Y cuando empieza el calor llegan las vacaciones. Italia es un país lleno de arte y chiquito: mar, montaña, lago, todo está cerca; y ha sido costumbre de generaciones anteriores comprar una propiedad en algún lugar de vacaciones. Así que cuando termina la escuela, alrededor del 10 de junio, los niños acompañados por las madres, o los abuelos, o una niñera, o alguna otra categoría de trabajadores sin aportes, empiezan a abandonar la ciudad.
Una vez ubicados los adultos muy menores y los adultos muy mayores, surge la pregunta: ¿qué hacemos con el animalillo?.



Los pensadores de las campañas de protección civil, que son muy inteligentes y un poco videntes, SABEN lo que la gente está pensando, y en ese mismo momento, mientras los dos tienen aún cara de interrogación, empiezan a la lanzar mensajes del tipo: “Yo no te abandono” “Este verano… ¡no lo tires en la ruta!. Podés abandonar tu perro en un lugar seguro. Asociación buenas personas.¨

No lo tires en la ruta es un pedido escalofriante, si se piensa que muchas veces los dueños de perros dicen que los quieren como si fueran hijos y en la calle los retan como a cualquier adulto menor conjugando como el Diego: “¿Qué te dijo mamá? ¿eh? Te dijo que no vayas ahí.”

Por otro lado aparecen los mensajes de todas las personas buenas que dicen “Acá podés entrar” y el dibujo estilizado de un perro sobre fondo blanco dentro un círculo rojo. (Los perros, se sabe, están cada vez más humanizados, todavía no saben leer, pero ya entienden los carteles con dibujitos.)

Así que ahora con tal de que no los tires en la ruta con los primeros calores, los podes llevar en tren, en avión, pueden dormir con vos en las camas de los hoteles y se las ingenian, hacer pis en el baño y pegarse una duchita a la mañana. Pueden ir a la playa, al supermercado, y al restaurant a lamer los pies de las señoras con sandalias de las mesas vecinas. Podés también llevarlos en el ferri que lleva hordas de gente hacia las islas. A los perros les debe encantar caminar sobre alfombras olorosas en medio a cientos de gigantes que aveces los pisan un poco. Salir a hacer pis, cuando ya no aguantan mas, sobre la chapa caliente de los balcones de la gran nave marítima, ganándose las miradas asqueadas de todos los navegantes, o hacer caca atado a un humano que lo mira fijo y espera que termine con la mano embolsada.

A mis hijas desde que eran adultas muy muy menores siempre les he dicho que no toquen los perros en condición de vida burguesa de ciudad, porque si yo fuera ese perro, hago outing de mi naturaleza salvaje y en un acto de orgullo canino, de una mordida le arranco hasta el hombro, facilitándole así el storytelling de su vida de adulto normal en la que podrá dar charlas por todo el mundo hablando de resiliencia.

En cambio la mayoría de los perros soportan, babean muertos de calor y toman agua caliente en cualquier lado, la mayoría de ellos no muerden a los adultos muy menores porque saben que aunque sean torpes y arrebatados, tienen solo amor en el corazón, un amor aveces hereje pero sin la maldad de los adultos adultos. Se aguantan que les limpien los pies al entrar en casa, y hasta que les laven los dientes para poder besarlos como si fueran humanos y tenerlos al lado del sillón mirando tele pero sin aliento de perro. Aguantan caminar horas en el asfalto a cambio de media hora en un pedazo de parque hediondo, el baño metropolitano de los perros.

El perro sigue siendo el mejor amigo del hombre (aunque su amistad aveces se asemeje más al síndrome de Estocolmo). El hombre ya no tiene mucha idea de cómo ser el mejor amigo del perro.

Dibujo: Tatiana Brodatch