Qué es el marxismo cultural



Lucas Carrasco-. Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del marxismo cultural. Una efectiva y efectista construcción de la nueva derecha mundial. Ahora bien: ¿existen los fantasmas?



Los fantasmas existen. Para la ciencia Semiótica, existen en tanto son evocados. Para decirlo más fácil, las palabras crean realidades. Y si un grupo de gente cree alguna cosa, esa cosa existe. Claro que su existencia no existe cómo y dónde los que creen que existe, existe, sino que existe en tanto objeto de análisis. Un ejemplo. Real. Hace ya varios años, me topé con una mujer de condición muy humilde. Sus padres habían llegado del campo y ella habitaba una villa miseria con sus hijos y su esposo. Creía, tal como una vieja tradición (absolutamente falsa, por si hace falta aclararlo) que comiendo perejil se provocaba un aborto. Y que además, el perejil era un método anticonceptivo.
Tal cosa era falsa. Pero en su realidad, era cierta. Entre otras cosas, porque no tenía alternativas reales y concretas a mano, no era un mero asunto de educación o de creer boludeces, sino un deseo de creer con las alternativas concretas para arribar a ese deseo.
Las villas miserias, tiempo atrás en Argentina, eran llamadas villas de emergencia. Porque se consideraban, sus habitantes, como transitorios. Esa movilidad social ascendente existía. Ya no existe. Queda un vano recuerdo, ese recuerdo moviliza, ese recuerdo es real. Tan real como falso.

Bien. El marxismo cultural es una categoría que utiliza la nueva derecha para oponerse a la nueva izquierda. Para tal construcción teórica, no hace falta leer a Marx, que nada tiene que ver en este asunto. Lo que pasa es que la marca "marxismo" quedó patentada por la experiencia soviética y las actuales y brutales dictaduras capitalistas donde gobierna el Partido Comunista: China, Vietnam, Bielorrusia y por extensión y amor a los tanques militares, Cuba, Venezuela, Nicaragua.
La experiencia genocida de Stalin y, en menor medida (de conocimiento en esa época) de Mao, generaron cierta verguenza en intelectuales de moda, que también por moda eran comunistas. Y hablamos de un abanico que engloba a Sartre y Simone De Beauvoir, las vanguardias artísticas (como el Surrealismo), grandes personalidades militares y científicas, etc.
Esta incomodidad con el asesinato a mansalva en nombre de una raza superior -el Hombre Soviético o para el Che Guevara, el Hombre Nuevo- hizo que se rescaten los escritos en la cárcel fascista donde lo metió Mussolini del Secretario General del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci, un experto en la historia de la literatura italiana. Quien, groso modo, decía que Marx le erraba al suponer que la cultura -esto es, el lenguaje, la literatura, las formas de vida, las leyes, la educación, etc- eran la superestructura de una estructura que era material, básicamente, económica y de clases sociales, cuya lucha era el motor de la historia. Para Gramsci, Marx no dijo lo que dijo, sino que fue mal traducido y donde Marx dijo que la estructura determinaba la superestructura en realidad quiso decir que condicionaba la superestructura. 
Tiempo después, estas tesis fueron retomadas en las principales universidades del mundo occidental, principalmente en Inglaterra y se formaron las correspondientes tribus, que dieron nacimiento al "eurocomunismo": un comunismo con pretensiones democráticas. Como la "vía pacífica al socialismo" que preconizaba Salvador Allende en Chile, quien se termina suicidando con el fusil que le regaló Fidel Castro, según se daba por sentado en esa época.

La caída del Muro de Berlín hizo mierda el eurocomunismo. Pero de ahí surgieron tres izquierdas. Las cuales, en rigor y con distinto volumen, ya existían. Una parte del eurocomunismo pasó a reforzar la socialdemocracia, la cual luego giró tanto a la derecha que se confundió con la derecha. Otra parte, la que hegemoniza actualmente la alta cultura, se aferró al posmodernismo y creó la política de las identidades, la cual toma las tesis filosóficas de la derecha -que la superestructura determina la estructura- y de las religiones -que uno es lo que quiere ser- y sustituye las clases sociales por la autopercepción de género, la defensa de los animales o el ecosistema, el grupo musical que te gusta o ponerse o no, usar un arito en la nariz o un tatuaje, etc. Esta izquierda tonta y hegemónica (el concepto de Hegemonía proviene, justamente, de Gramsci, quien para elaborarlo puso como ejemplo la historia de la Iglesia Católica) en la alta cultura, es la que predomina en el mundo occidental porque el neoliberalismo la ama.
Hay una tercera izquierda que sigue adorando las dictaduras y los dictadores: ahora están enamorados del payaso de Maduro, el dictador Chino o el ruso Putin, pero es según la moda reinante entre el gansterismo político y, especialmente, militar.
La izquierda de las identidades es la que se denomina, desde el conservadurismo moral, el "marxismo cultural". Y ambos ponen al tope de su agenda desde visiones antagónicas los juicios sumarios a la historia (por ejemplo, indígenas buenos y socialistas contra Colón, el malo capitalista e invasor), la cuestión sexual y de género, la cuestión de la tensión entre libertad y seguridad, etc. En materia económica, ambos son neoliberales pero la nueva derecha suele tomar los eslóganes de la vieja izquierda e interpela a los jóvenes ni-ni y a los trabajadores. Lo cual explica que los votantes de Bernie Sanders ahora quieran votar la reelección de Trump o los mismos que votaron a Lula después votaron a Bolsonaro.
La ausencia de una alternativa al capitalismo, hace que exista un nuevo clivaje político donde no se discute la desigualdad social: sino los grados de autoritarismo que tomará el capitalismo (EEUU vs China) y los grados de libertades individuales: la izquierda de las identidades toma la vieja plataforma del liberalismo político y la nueva derecha, la plataforma económica de la izquierda nacionalista y la cultura conservadora de siempre.
¿No es un mundo hermoso?