Los últimos bares




Manuel Ibiza y Lucas Carrasco-.  Ha llegado la hora de despedirse, así sea paulatinamente, de los bares. Que fueron nuestra segunda casa. Nuestro colegio. Nuestro posgrado en levante y chamuyo, nuestro lugar en el mundo.



Hemos arribado a la edad de los divorcios. Viejos amigos que paseaban su cara de rutina arrugada, de pronto se divorcian, se acuestan con bellas jóvenes, empiezan a ir al gimnasio, hablan sobre marcas de shampoo, salen a correr y hacen cosas así de extrañas. Ya no pasan por la tarde. Por el bar. A darle un beso de guerra a la primer cerveza. Ya no se quedan fumando afuera, mientras llueve y amanece. Se acuestan temprano. Van a los parques a hacer footing. Se los ve delgados, adolescentes, imbéciles.
Los murciélagos se han mudado de barrio. La municipalidad decidió iluminar más. Los adoquines se perdieron. La iglesia fue pintada. Hay un policía joven y tonto en la puerta del callejón. Nos han robado hasta el peligro. 
-¿Puedo usar esta silla o está ocupada?
-No, llevala nomás. No va a venir nadie.
Los que nunca nos casamos, seguimos ahí, pegados a la ventana, enamorándonos fugazmente de una chica que viaja en el colectivo que frena en el semáforo. Treinta segundos. Jamás la volveremos a ver. 

Empiezan los dolores de espalda, los funerales, las rehabilitaciones, los divorcios escandalosos, la miopía, las panzas sabias de Julio Verne, la diabetes, el "no gracias, paso" a las drogas. El humor negro se va agrietando. Cada vez somos menos. Usamos gorra y bufanda, cigarrillos electrónicos. Té de manzanilla. Y ya no escribimos en cuadernos. Andamos con la tablet. Los nuevos mozos ya no nos respetan. Pechuga de pollo con lechuga. Los bares parecen un hospital.

A esta música no la conozco. Los diarios siguen siendo una mierda. El café viene con edulcorante. La barra es nueva. Hay un baño para discapacitados. El jugo es zumo. La ensalada de rúcula y radicheta es un colchón de hojas verdes. ¡Limonada con jengibre: ponele vodka, la puta que te parió! Ya nadie putea. No vaya a sentirse ofendido y demandarte. O escracharte en las redes sociales. Las nuevas redes sociales, de las que ya no tenemos ni la más puta idea. Los nuevos escritores hacen de su problemita un testimonio. Ultradramático, sensiblero y cursi. La cursilería ha inundado la literatura. Todos son víctimas de algo. Así sea de algo ocurrido hace miles de años. El periodismo va desapareciendo. Lentamente. Con periodistas patéticos que se aferran a su microclima en nombre de grandes ideales. El arte es aburrido. La filosofía es charlatanería. Las salas de grabación parecen jardines de infantes.



Sin embargo, el mundo es lindo. La vida es linda. Cursi y linda. Con flores primaverales, besos en las plazas, asados con amigos del club del colesterol. Los terraplanistas del lenguaje hacen su revolución imaginaria y son felices. Los niños traen amor. Hay nuevos tangueros. Nuevas rebeldías. Viejos libertarios que no han sido abandonados en las estanterías. El mundo es una fiesta. La vida es una fiesta. 
Solo que a nosotros ya no nos invitan.
Ha pasado nuestro tiempo.
Y fue bueno mientras duró.