La tardecita es un vuelto que no me alcanza para nada



Mercedes Derna Viola-. Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, viste, decía Roberto Goyeneche con Astor Piazzolla. Y ojalá fueran solo las de Buenos Aires.



Ilustración de Tatiana Brodatch 

Durante el año no me doy cuenta. Busco las nenas a la escuela, volvemos a casa, y si tienen fútbol, teatro o ganas de ir a jugar a la plaza, salimos otra vez. Luego volvemos, me pongo a cocinar, abro la heladera, pelo verduras, ellas se van a bañar, se preparan para el día siguiente, terminan las tareas,se acuerdan de algo raro de conseguir que había que llevar para mañana, y cuando quiero acordar estamos sentados a la mesa. Afuera ya es de noche y el día llegó a su fin sin darme cuenta.

Llévense rápido lo que queda del día. Llévense esa hora gris, los cielos rojos. No quiero ver ni oír los pájaros que vuelven a sus nidos. Esa hora de la tarde en que todo se adormece, decía más o menos el Martín Fierro, y en que los bebés empiezan a llorar, y las madres sienten caer como un manto el cansancio del día entero y de todos los días y noches pasados.

La hora en la que cambian de turno los enfermeros en los hospitales; los pacientes cenaron temprano, a la hora en que los sanos meriendan, y ahora lo mejor sería dormirse y que el tiempo pase sin darse cuenta, hasta las cinco o seis que empiezan las rondas, el control de la temperatura, las primeras medicinas.

La tardecita es un vuelto que no me alcanza para nada.

Las mejores tardecitas las pasé cuando trabajaba en la boletería en el subsuelo de la terminal de ómnibus de Córdoba. Entraba a las tres de la tarde y salía a medianoche, después de la partida del coche de las 23:55 a Paraná. El subsuelo era un mundo paralelo, iluminado artificialmente todo el tiempo. Nos conocíamos todos o casi todos. Había historias de los distintos géneros literarios: amistad, sexo, amor, intrigas, policiales, de terror. Teníamos un par ladrones expertos en leyes, un loco que me regalaba poesías escritas en papelitos amarillos y un policía que me acompañaba hasta afuera a medianoche si el loco se ponía insistente. Tenía amigos que cuando llegué triste y con los ojos hinchados de llorar porque un novio me había dejado (¿cómo pudo?), me cebaron mate a la tarde y cerveza a la noche y me dijeron que era un boludo, que ellos lo habían notado enseguida, y un compañero que me llenó la boletería de papel picado que le había sobrado de la cancha y yo me largué a llorar de nuevo y él se puso a barrer. ¿A qué hora? No lo sé. Eso era lo bueno.

Permiso, déjenme entrar en casa, en una oficina, enciérrenme en el baño, en cualquier lado de espaldas a la ventana voy a estar bien. Avísenme cuando el cielo sea negro con o sin estrellas, poco importa, con luna creciente, menguante o llena, roja, super, azul, o cualquiera de los nombres que le dan ahora que sale bien en instagram; cuando las luces en la calle se llenen de bichos en verano, y los perros busquen reparo en invierno.

Que no se me abra esa bolsa negra en el ánimo, que se llena de culpas, de miedos, de recriminaciones, de ausencias. Total, ya sé que es algo que no hay que tomar en serio pero es difícil de soportar. Algo parecido a mí misma cuando me enojo los sábados a la mañana. Es un engaño que entristece, así como lo es la música que exalta, el alcohol que desinhibe.

Las tardecitas tendrán ese qué se yo, viste, pero yo prefiero que anochezca sin mí.