El Partido que ya ganó las presidenciales



Lucas Carrasco-. La reactivación de la pelea entre dolarizadores y devaluadores duró poco: los dolarizadores no son queridos ni en Estados Unidos, el imperio de la maquinita de fabricar billetes y balas.



La única reactivación que logró Macri fue la puja, breve y saldada por el FMI y el compañero Steve Bannon (stop: para que no haya malinterpretaciones sobre la chicana de llamarlo compañero a Bannon, recomiendo la atenta lectura del análisis geopolítico del peronista si los hay, Omar Bojos) entre dolarizadores y devaluadores.
Luego del crédito más grande de su historia por parte del FMI a la Argentina, por decisión de Trump las divisas del FMI alojadas en New York pero asentadas contablemente en el balance del Banco Central argentino, se pueden usar para la fuga de capitales, sin demasiadas vueltas. Esto frenó una eventual nueva corrida al tiempo que convalidó la devaluación que llevó al dólar en relación al peso argentino de 18 unidades a una liquidada banda de flotación que ronda las 45 unidades.
Como el comportamiento de la inflación está hoy alejado del valor del dólar -lo cual no quiere decir que no sea un componente de la demanda agregada- al convalidar la devaluación argentina, Estados Unidos confirma que abandona las tesis monetaristas, hegemónicas hasta hace un ratito, y se aferra a los aranceles y las medidas fitosanitarias (el poder blando del paraarancelarismo) para cuidar su producción primaria.

En este campo de batalla semiótica -la moneda sigue siendo el principal medio de comunicación y relación social- no queda lugar para los dolarizadores. De hecho, en la última cumbre del G-20, se firmó el acuerdo más importante de la historia de ese Grupo: el tratado entre Rusia y China para que su intercambio comercial de todo tipo (incluido el armamento) se haga en monedas de sus respectivos países. Poniéndole un patovica en los límites de Europa al dólar pero también al dólar blue global, que es el Euro. Esto es, yendo más allá aún de las pretensiones de Kadafi y Sadam, pretensiones que se pasaron de rosca y terminaron como ya sabemos: Libia e Irak pagan casi, no tanto pero casi, la misma tasas de interés que Argentina. Con el detalle de que, por lo menos en los mapas escolares, Argentina, casi toda, sigue apareciendo como un país. Con Libia e Irak ya ningún geógrafo se toma la molestia.

El Partido de la Devaluación tiene internas. Una especie de PASO continuas donde la puja real no se da en las urnas ni en los límites geográficos del país. Los grandes derrotados, son los trabajadores, que dependen de la existencia de una renta extraordinaria en algún cacho de tierra, sea en la Patagonia con Vaca Muerta o en la Pampa Húmeda con soja muerta, para que la caridad del conservadurismo lúcido del momento, extienda su cariñosa mano, empatando los salarios con la inflación. El tercio de los pobres que ya quedó afuera del partido, ha sido sancionado con la expulsión permanente. Para calmarlos, en el caso de que jodan demasiado (y no es el caso), está a mano el manual del buen xenófobo, que todo partido político real se guarda bajo la manga verde oliva.
Los contendientes, dentro del Partido de la Devaluación, no son lo mismo. Algunos responden a un electorado con sensibilidad más estatista, otra forma de ver lo popular, otras aspiraciones en relación a la nostalgia tanguera de la movilidad social ascendente. Los otros están más vinculados al consumo global, son más abiertos en la agenda de los derechos de tercera generación, guardan su componente tanguero de nostalgia para adorar la Santísima Trinidad del Gaucho, el Milico y el Cura de la ideologizada argentina agroexportadora y conviven bien con la desigualdad social.
Dime qué nostalgia de lo que no fue prefieres y te diré a quién votas.





Nosotros leemos ésto: