El mito de la "familia militar"



Lucas Carrasco-. Durante décadas, conquistar el voto de "la familia militar" garantizaba unos puntos de ventaja, además de la instalación del candidato en grupos de poder y medios de comunicación. Hoy, no queda nada de eso.
Tras el desastre militar en Malvinas, concluyó la dictadura y Argentina no supo qué hacer con sus fuerzas armadas, que además del terrorismo de estado, demostraron no servir para sus fines específicos. La sociedad, además, en su gran mayoría, se acomodó al inteligente discurso de Ernesto Sábato sobre la inocencia pasiva y hasta víctima ante el enfrentamiento de dos polos opuestos y extremos: la guerrilla, que en igualdad de condiciones, habría peleado contra el monopolio de la fuerza del estado, el ejército.
Sábato, que había sido un alcahuete de Videla, hablaba por boca del entonces presidente Alfonsín, uno de los principales políticos argentinos del siglo XX. Y el último en tener una idea positiva sobre el rol del Ejército, al calcular mudar la capital nacional al sur.
Menem, como parte del cóctel neoliberal, desfinanció las fuerzas armadas y de ese modo terminó con el partido militar. Un mérito que la historia le recordará, poniéndolo dentro del panteoncito de otros próceres liberales respetables como Julio Argentino Roca.
En el último tramo del gobierno de Cristina, un jefe militar hoy preso por delitos de lesa humanidad, se encargó de armar una SIDE paralela de espionaje ilegal blindada con un discurso ridículo de "ejército nacional y popular".
Las principales fuerzas políticas coincidieron a lo largo de estas décadas en que las fuerzas armadas no debían intervenir en conflictos internos, excepto en casos de grave conmoción. Ese acuerdo se respetó más o menos, dependiendo de cada gobierno y se destrozó con un decreto de Macri.

El tanque que se estrelló contra un árbol en Paraná sirve de metáfora de la situación interna del ejército, de su falta de objetivo, y de los despistada que está la dirigencia política en esta materia.
El hueco lo intenta cubrir Estados Unidos, rebajando el ejército a una especie de picnic de suboficiales de la Comisaría Quinta robando a los que venden merca en Anacleto. Desde los últimos años hasta hoy, ese es el rol que incumplieron en las fronteras los militares, que no parecen muy orgullosos de su rotundo fracaso en la "guerra contra las drogas". Patricia Bullrich y Rosario Romero por lo menos sonríen para la foto.

En el año 2007, Elisa Carrió se reunió con una agrupación de familiares de notorios acusados de genocidio y secuestro de bebés. Les prometió impunidad. Lo mismo hizo Duhalde en el 2011 y en ambos casos se vieron las consecuencias, aunque las reuniones no fueron públicas. El mito del voto de la "familia militar" es solo eso, un mito.
La "profesionalización", o mejor dicho, la eliminación de la colimba obligatoria, derivó en que el ejército fue perdiendo su esplendor de clase, convirtiéndose en otro antro estatal donde no saben bien cuál es su tarea. El ex funcionario de De La Rúa, Fabián Rogel, estuvo al frente del organismo de caridad del ejército durante el gobierno de Macri y en las elecciones para senador por el departamento Paraná, aunque ya había travestido su discurso al progresismo, perdió por paliza.
Lo mismo pasa con los restos del MODIN y de Aldo Rico y la alianza que estableció el partido de Seineldín con el nazi Alejandro Biondini. Probablemente, ninguno de los dos supere el piso de las PASO (1,5%) y esos votos vayan a Macri, por decantación. Macri, por su parte, busca que esos votos vayan directamente a él y su vice convertido al fascismo de comedia y así se entienden los supuestos furcios de Oscar Aguad, Elisa Carrió y demás voceros de la "familia militar". Los paupérrimos sueldos y la reducción del turismo militar vía la OTAN, han hecho que el voto de este sector estatal se parezca más al resto de los empleados del estado: un voto que confunde la urna electoral con un cajero electrónico.