Cultura y economía (Parte II)



Joakito-. En la primer parte de la nota hice referencias al aspecto teórico, por decirlo de alguna manera, de la relación existente, entre cultura y economía, en esta parte la intención es ahondar un poco mas en esta relación y en cómo la cultura puede ser generadora de empleo, estimular el desarrollo y aportar al crecimiento de las economías.
 La cultura, y especialmente las industrias culturales, tienen un papel protagónico en el alcance del desarrollo. Por una parte, por su aporte a la economía, al empleo y al bienestar material. Pero ante todo porque las industrias culturales se construyen con identidades sociales y son lugares donde se desarrolla innovadoramente la civilidad. En ellas se da lugar a las demandas colectivas de amplios sectores sociales. Así, desde esta perspectiva, la construcción del desarrollo tiene una dimensión cultural inherente.
Para que la cultura aporte efectivamente al desarrollo se presentan dos condiciones. Una condición de equidad. Es decir, que todos tengan las mismas condiciones de acceso a los medios para la expresión y satisfacción de sus necesidades, incluidas las culturales. Por otra parte, además, se entiende, que los individuos puedan acceder a toda la variedad y calidad de productos y servicios que ofrece la cultura. Esto se pone en juego cuando grandes conglomerados mediáticos concentran las decisiones de lo que circula o no en el mercado cultural internacional y nacional.
El desafío con el que se encuentra toda la política estatal para establecer las condiciones necesarias para relativizar este sesgo es el que hay que tener en cuenta.
La segunda condición es la de libertad, ya que da por supuesto, el respeto y el reconocimiento de las actitudes de un público no pasivo frente a la determinación de sus preferencias culturales. Esto último, se refiere a que el público reinterpreta y recrea su entorno cultural en un contexto de globalización económica, y termina también siendo un actor propositivo. Esto debe llevar al estado a apoyar las condiciones establecidas por el público y los empresarios culturales para el crecimiento del sector. Agregar a  todos los actores de la cadena de valor de la industria cultural en la determinación de políticas nacionales y de libre comercio y cooperación internacional en la cultura es el desafío fundamental.
Esta disyuntiva del desarrollo tiene una traducción en la práctica: Los mercados culturales distan de ser perfectos y la política cultural debe atender y subsanar las imperfecciones de estos mercados tratando, sin embargo, de que se afecte en mínima medida la productividad del sector, la soberanía del consumidor y las negociaciones internacionales de librecambio, e incluyendo, a la vez, a los actores partícipes del mercado en la formulación de esta política. Por lo tanto, la acción estatal no es una tarea simple.

En la producción de sectores como el editorial, por ejemplo, o el audiovisual (que genera muchos puestos de trabajo) se observa -sin necesidad de ser un erudito- que la globalización en los intercambios comerciales y de las inversiones ha generado un proceso de concentración de esta actividad en grandes conglomerados transnacionales. Efectivamente, los procesos de producción industrial cultural se caracterizan por generar economías de escala en grandes mercados internos, protegidos por barreras culturales. O sea que, aunque la inversión inicial de producir un bien cultural sea muy alta, no existen costos adicionales porque más y más gente disfrute de ese bien (una película, un CD de música, un libro). Esto hace que las regiones con mercados internos grandes (Buenos Aires, Córdoba y Rosario) desarrollen ventajas competitivas únicas con relación a las regiones con menos poder adquisitivo, que no pueden competir. Esta imperfección de los mercados genera una alta concentración de la producción en grandes empresas que, al fusionarse, aumentan su capacidad de mercado. Es en estas imperfecciones donde debe actuar el estado, generando bienes culturales, que no sean solo consumidos en la región donde son producidos, sino en los mercados mas grandes. Como ejemplo, se puede nombrar los casos de La Trova Rosarina, o de Los Palmeras con la Orquesta Sinfónica que recorrieron el país financiados por el gobierno santafesino, ya que las imperfecciones del mercado -en cuanto a los bienes culturales- se observan fuertemente en la distribución.
Problema aparte es el de la piratería, ante esto, mas que represión, el estado no cuenta con alternativas válidas.

Para empezar a pensar en serio la producción, la distribución y el consumo de bienes culturales, no hay que centrar la atención solamente en el sector estatal, y se hace necesario, sobre todo en el llamado "interior" de Argentina buscar propuestas alternativas al financiamiento estatal. El sector privado aparece en escena como la contraparte necesaria de la financiación pública, además de asegurar la sustentabilidad de las empresas culturales, garantiza la independencia de la creación cultural. En este sentido, una buena política estatal en cuanto a cultura, puede ser proponer descuentos tributarios, que ya funcionan y han dado resultado en varios provincias, para que estos agentes privados con sus inversiones alimenten la producción o distribución cultural.