Yo sigo enamorado de todas mis exnovias



 Lucas Carrasco-.







Tuve una noche de mierda. Una noche espantosa. Creo que fue Rimbaud el autor de la frase "hay días que solo soy una patada". Estoy furioso. Y furioso en el teclado soy peligroso. No soy bueno escribiendo, pero soy peligroso. Aunque cuando venía para casa -¡SON LAS 6 DE LA MAÑANA LA PUTA QUE LOS PARIÓ!- caminando, sabía que me iba a sentar a escribir para calmarme, es lo único que me serena cuando siento que me crece en el pecho una bomba de alquitrán y odio, de impotencia y vergüenza, de asco. Tengo que parar de putear. Venía, caminando, y tomé una decisión. La siguiente: No contaré nada. No soy fanático de la verdad, soy periodista, y la historia es buena pero no la voy a contar. Decidí eso y me sentí altruista, elegante, maduro. Ta bien que antes de llegar a casa pasé por lo de mi vieja, a las cinco o por ahí, y le conté todo y me descargué,. Porque soy un maricón. Me gusta que la gente crea que todo me chupa un huevo, que soy combativo y que me la banco. Pero después voy a llorarle a mi mamá. Es medio patético, ya sé, tengo 41 años, boludo, y no sé. Tengo ganas de llorar.

No. Voy a respetar mi decisión. Porque la razoné así: hay muchas cosas en este planeta por lo cual entristecerse, desesperarse y sentirse mal. La enorme mayoría de las cosas tristes se olvidan en un par de días. Y listo. En un par de días me olvidaré de esta noche de mierda. Y volveré a mi habitual melancolía pero con cosas que tienen sentido. Cosas importantes. El amor, por ejemplo. El amor es algo importante, aunque yo nací en el INCUCAI y les doné mi corazón, lo tenía al pedo. Mejor andar sin corazón. El corazón no sirve para nada, excepto para hacer canciones cursis. Los pulmones, el hígado, son cosas importantes, como las arterias. Sin pulmones no fumaríamos. Sin hígado no seríamos unos borrachos. Sin arterias comeríamos gelatina y verduritas de hospital. Las manos también son importantes. Para escribir, acariciar una teta o apoyar la cabeza, la parte de la barba y mirar por la ventana y dejar que pase el tiempo. Dije una boludez. Iba a hablar del amor. Me iba a poner solemne, imaginar un auditorio -tipo la ONU o la UNESCO, nunca menos- que me aplaude cada ocurrencia, que sonríe, no, no sonríe, que se mata de risa porque soy gracioso, primaveral, ocurrente y simpático. No lo soy, pero me gustaría. Siempre ando con cara de culo haciendo chistes de humor negro y nadie se ríe y poniéndole apodos malignos a la gente. No solo mis dedos en el teclado son una vieja histérica de esas que salen con ruleros a gritar a la vereda. Mi boca está llena de pus. Y para colmo, me gusta oírme. Me encanta oírme. Mi mamá también, le gusta escucharme. Pero no a las cinco de la mañana. Y tengo una voz de chatarra. Mucha ginebra. Y los dos atados diarios. Y tanto gritar, porque soy sordo de un oído. Y del otro oído me cuesta escuchar otra voz que no sea la mía. Ni hablemos de otra opinión que no sea la mía. Soy bastante intolerante. Y un campeón atlético para discutir. Bah, yo no discuto, hiero. Y me da culpa. Y como yo no sé enamorarme, solo se extrañar -o sea, me enamoro perdidamente cuando me dejan- sigo enamorado de todas mis exnovias. Que ya son grandes. Están casadas. Psicoanalizadas. Tienen sus hijos, su vida, su oficio. Algunas me odian. Para otras les soy indiferente y algunas todavía me quieren. Les caigo simpático, porque a mí todo me sale mal, porque me comporto como un niño, porque me río de mí mismo y porque siempre me siento derrotado, hasta de las batallas que no me animé a dar. Sobre todo de las batallas que no me animé a dar.
Cuando venía caminando iba imaginando otro texto. Era más divertido. Igual de egocéntrico y todo eso. Yo soy licenciado en mismidad. No, Licenciado no, tengo un doctorado en mí mismo. Soy licenciado en periodismo: o sea, vivo de licencia. Creo que llevo 20 años de licencia. 20 años sin laburar. Haciendo como qué. Y me va bien. Soy un chanta exquisito y refinado. Puedo escribir lo que se me canta las pelotas y la gente, no mucha pero qué importa, me leen. Mientras me sereno. Y amanece.
Tuve una noche de mierda la puta madre que los parió. Basta.
Tengo ganas de comprarme un sobretodo o no sé cómo se llaman, pero esas cosas grandes, marrones, como de viejo. Y una boina,. Y andar por los bares haciéndome el poeta. Pedir una ginebra -una botella, no un vaso- y escribir en una libretita. Sobre el cosmos, el alma, el amor y la tristeza. Es una buena imagen. Hace juego con mi pedantería. Mi pose de marxista ochentoso. Candidato a la calvicie. Los dedos amarillos. Pero debería ser más alto. Al ser tan petiso todo me queda mal. He probado un montón de personalidades. Me quedan mal. Por ser petiso. Me quedan grandes, hago el ridículo, qué se yo. Igual, las minas me adoran. Me encanta escribir esas cosas porque hago enojar a mucha gente. Y me divierto haciendo enojar a la gente. Que no sabe que después, de madrugada, voy y la despierto a mi vieja, le cuento mis penas, le fumo los puchos y sigo hablando solo porque me encanta el sonido de mi voz, mis frases, mis chistes, soy un pelotudo, pero entre toda la basura que constituye esta vida, he sabido reírme. De mí y de todos.
Me voy a dormir.
Tuve una noche mala. Y bue. A todos nos pasa.
Dios debe estar fumando un habano sentado en una nube y cagándose de risa. Hay que reconocerle, lo hizo bien, ¿no? A todo ésto. Lo que nos rodea, digo. No es tan malo. Es genial. Lo hiciste bien, Dios. Vivir duele. Pero siempre hay un rinconcito de sol, un poquito de esperanza. Algo para sonreír.
Buenas noches, Dios. Y gracias. No sé por qué pero gracias.

Nosotros leemos ésto: