Una llave vieja y equivocada



Mercedes Derna Viola-. Cuando compré este escritorio en un negocio de muebles viejos, la artesana me dijo: “le doy esta llave del primer cajón, no es la suya por lo tanto no lo va a poder cerrar, pero le va a servir como manija¨. Cuando llegué a casa obviamente probé a cerrarlo, y de verdad esa no era su llave.



Pero era una verdad relativa, como todas, excepto el pi greco. Hoy me senté a escribir y mientras lo abría para sacar algo sentí clak y el cajón se cerró a llave. Traté de abrirlo, sabiendo mientras lo hacía que no lo habría logrado, que hubiera podido pasar el día entero a tentar la fortuna de dar en el punto justo en el cual un diente de la llave vieja y equivocada abre la vieja cerradura que no fue hecha para ella. Así que abandoné la empresa. Se abrirá por casualidad, cuando sea el momento justo, o no se abrirá nunca más. Quién puede saberlo.

Ahora ese cajón anónimo, el primero de arriba hacia abajo, sin manija y con una llave prestada, se convirtió en un cofre cerrado mágicamente.

No me acuerdo qué estaba buscando en el cajón y no llego a recordar exactamente qué tenía adentro. Un encendedor, quizás dos, una libreta de apuntes, lápices sin punta, un mazo de cartas, a veces las mezclo mientras vagabundeo con la mente, lapiceras que no escriben, y no sé qué más.

Tocan el timbre. Hice la compra del supermercado por internet y así me gané un par de horas para escribir. El señor que trae la compra es siciliano, se siente por el acento. Apoyando la bolsa más pesada al lado del piano me dice “¿Toca usted?. Qué lindo. Mi señora es maestra de piano. En casa tengo uno de cola, de Salento se lo trajo. Lo llevaron arriba, al quinto piso, con un robotito que le puso siete horas para llegar arriba. Pero sin un rasguño. Y la cosa más rara: sin que se haya desafinado para nada. Y le digo más, había venido el señor que los afina, y no es necesario, dijo. Vea usted. Pero es tan lindo. Yo no entiendo nada de eso, pero mi señora no es que toca así, por tocar. Veintisiete chicos tiene, como alumnos -dice mientras busca en el teléfono la foto del piano-. Yo no entiendo nada, pero cuando no están los chicos, y no hay lecciones y ella se pone  a tocar, yo agarro mi campera y me voy.” 

Me sorprende y se me nota, lo miro sin comprender. ¿No le gusta?, le pregunto. “Me voy porque me dan ganas de llorar, señora. Ganas de llorar, me vienen. Schumann, ¿escuchó alguna vez Schumann?. Yo no entiendo, pero ese señor no se puede escuchar, y como lo toca mi señora se puede escuchar menos todavía. Me hace mal, entonces me voy.”

Llevé la compra a la cocina y volví a mi escritorio que ahora atesora un cofre. Me siento a escribir con Schuman en los auriculares. Quiero escribir para quien no entiende, para quien sabe apenas leer, para quien no sabe leer y se lo hará leer por alguien, en un hospital o en un hospicio. Para aquellos que no son entendidos, que sienten y listo. Esos son los lectores más preciados, los más difíciles. A ellos no les importa nada de la estructura, la construcción del personaje, el nombre del género de apariencia, la cantidad de repertorio autobiográfico, la fidelidad a los hechos reales. Son peligrosos, no se los puede engañar con juegos de prestigio literarios, andan dando vueltas con el alma al descubierto, sonríen, saludan, se dejan permear y si algo los conmueve demasiado, mas allá de lo soportable, agarran la campera y se van. Después vuelven.
Yo tampoco soy una entendida de música, pero generalmente escucho música clásica mientras escribo (entrevistando músicos me han explicado que se llamaría más precisamente música culta del período clásico, música barroca, etc, pero para entendernos la llamaremos música clásica) y me pasa como con los cuadros, que no es cuestión de entender, sucede simplemente que cierta música, algún cuadro, quizás solo uno en un museo entero, te sacude los sentimientos, y lloras o reís o  te conmoves, y te quedas ahí parado desarmado y no podes hacer nada más que mirarlo, y te ves ahí adentro, en ese canal, con esos vestidos. Y sos el violoncelo, y sos las pausas y la cosa que mas me gusta de las grabaciones: que en algunos momentos se escucha el respiro de alguno, quizás del que estaba mas cerca del micrófono, y automáticamente me imagino el respiro de todos los músicos y es un concierto en el concierto, cajas torácicas como instrumentos a viento, cofres en clave de violín que crean misterio y magia, en el momento justo. Como el cofre cerrado que respira aquí a mi lado, con algo dentro, en sustancia, fuego, palabras y azar.