¿Te llevo?



Lucas Carrasco-. Haría cualquier cosa para evitar las grandes plataformas comerciales. Pero en Paraná, a la siesta, los super e hipermercados es lo único que está abierto.

Lo cual viene bien para quien se despierta al mediodía. Mira la heladera, ve verduras (¿verduras?), intenta hacerle un estudio forense de cómo las obtuvo y se decide, a mitad del análisis, que no importa su origen -una mujer, alguna borrachera, charlas con el verdulero peronista, qué importa- sino su destino. Falta, claro está, un pedazo de carne. Tal fue mi caso días atrás. Revisé los bolsillos, comprobé que tenía dinero y fui al supermercado que queda a cuatro cuadras, porque el que está a media cuadra ya no vende carne. Tiempos macristas.
En el supermercado, compré un pedazo de lomo (me pareció carísimo, pero debo ser sincero: no tengo la más puta idea de los precios de las cosas) y, ya que estaba, un jugo exprimido. De los realmente exprimidos. 90% naranja, 10% frutilla. Nada más. Una combinación perfecta, que demuestra la potencia de las frutillas. Y fui a la caja. Había poca gente. Porque era la siesta, era fin de mes y gobierna la derecha. En la caja, lo encuentro a Ramiro Pereira, viejo amigo, gran poeta, buen tipo, pero abogado. Nadie es perfecto. Yo, por ejemplo, soy alcohólico; él es abogado. Son cosas que pasan. Sacó un fajo enoooorme de billetes de cien para pagar no se qué tarjeta. Es ridículo que andemos con grandes fajos de dinero para pagar sumas pequeñas. O normales, de clase media. Él está casado y tiene hijos, sus gastos de tarjeta deben ser los de una familia de clase media alta. Pero eso traducido a los billetes de 100 pesos, son un montón de papel. El cajero los contaba. Y Ramiro me citaba un poema de Borges. Para después contarme que está abocado leyendo el Manual de Ordenamiento del Empleado Público o algo así. Esperaba que me riera y le dijera que era un freak, pero decidí ir a la caja de al lado. Donde me preguntaron si tenía no se cuál tarjeta, no se cuál cupón y por poco no me pregunta el signo zodiacal. Yo simplemente quería pagarle y terminar la transacción. Lo más pronto posible. Por favor. Gracias.
-Te llevo -me dice, ¿me ordena?, no, pero tampoco me lo pide ni me lo ofrece, más bien es un tono intermedio, un tono raro de describir porque es una afirmación imperativa, una especie de señalamiento naturalizado, como algo que él debe hacer por educación y yo no debo rechazar por educación. Los dos somos personas muy educadas. Me acuerdo que en la adolescencia Ramiro no puteaba, usaba palabras de un rico vocabulario -heredado de sus padres, seguramente- para expresar sus pensamientos soeces contra quien fuera (todos los tenemos) con distinción y, en cierto modo, precisión. Sin entrar en la vulgaridad.
El primer interrogante es por qué Ramiro va al supermercado, carga cuatro paquetes de yerba - sí, cuatro- de la misma marca, y ahora que lo pienso, había solamente cuatro: ¿qué hubiera sucedido de haber seis o veinte, los compraba todos?, igual, eso lo pienso ahora, el primer interrogante en ese momento fue- por qué iba en auto si el vive a casi cuatro cuadras también, pero más cerca del río. Para el otro lado.
Considerando la hora, y su constante exceso de trabajo, supuse que iría a su despacho, que queda a unas 10 cuadras, en auto. Una vez, saliendo de su despacho, estuvimos dando vueltas por la calle una hora u hora y pico, tratando de encontrar su auto, que estaba estacionado a media cuadra. Porque también quería llevarme.
Fuimos al estacionamiento. Ahora que lo pienso, hay en esa afirmación imperativa también una especie de búsqueda de prolongar el momento, de conversar un poco más, aún cuando no de para conversar nada profundo porque sabemos que es poco tiempo. En el asiento de adelante estaba su hija. Debe tener once o doce años. Una niña muy educada, como era de prever. Así que yo traté de moderar mi vocabulario. Hablamos unas palabras breves, el recorrido es corto, paró en la puerta de mi casa, me dejó y se fue.
En Paraná cuatro o cinco cuadras, hay que aclararlo, pueden ser terribles. Es una ciudad con muchos accidentes geográficos y en esta zona, están las barrancas. Es normal que una calle empinada te saque el aliento y luego venga otra que termina en ningún lado o que una calle, en un tramo de cuatro cuadras seguidas, tenga cuatro nombres diferentes, como el caso de Colón subiendo hasta Rivadavia, que ahora se llama Alameda de la Federación, pero la anterior es Gardel y la anterior Colón. Tres cuadras derecho, tres nombres distintos.
Entonces, pensando en todo esto, entré a casa, puse la carne en la heladera junto con el jugo, destapé una cerveza y me puse a leer el último libro de Martín Rodríguez y Pablo Touzon. Muy bueno. Lo leí de un tirón. Después me quedé dormido y falté a la radio.
Hoy me fijé y las verduras estaban podridas. Yo también.