Las mamis de la nueva era



Mercedes Derna Viola-. Hace una semana terminaron las clases y a partir del año que viene cambian de escuela. Después de nueve años de levantarme a las seis podré dormir un poco más y voy a manejar mucho menos, nada en realidad. Al menos nada para acompañarlas a la escuela.



Dormir más fue el denominador común, dirían los de la vieja escuela, o el mantra, dirían las mamis de la nueva era, de éste inicio de vacaciones escolares. Me prometí que iba a comprobar cómo cambiaba la vida durmiendo ocho horas por día. Confiaba en que, después de años de haber dormido cuatro o cinco horas cada noche, todos mis males, pequeños y torpes, mi hinchazón, mi nerviosismo, mis ganas de carbohidratos complejos y hasta las canas iban a desaparecer, durmiendo.

La primera noche sin poner el reloj dormí, de verdad, cuatro horas, y después hice fuerza otras cinco para seguir. Peleando con la vigilia, durmiéndome y despertándome a cada rato, maduré un total de nueve horas horizontales de las cuales me levanté como nueva. Y comprobé que hay cosas nuevas que son horribles, ya que me levanté dolorida, con la espalda anquilosada y los tobillos que hacían ruido como si se estuvieran por desintegrar a cada paso. No obstante todo, llegué al baño, miré al espejo y en vez de la cara relajada de las chicas lindas que se desperezan en las revistas, vi dos ojos chiquitos encastrados entre los párpados hinchados. Parecía un pescado. Abría y cerraba la boca para ver qué pescado podía ser cuando me vi las manos. Hinchadas también ellas, las abría y las cerraba y sentía la inflamación alrededor de las falanges, las junto y aplaudo y encuentro quién soy, vivo en el agua y no soy un pez: soy una foca. Me fue mejor que a Gregor Samsa.

Pero bueno, no se puede sacar una conclusión por una sola noche. La vida está empedrada, adoquinada de segundas y terceras y sexagésima novenas oportunidades.
Hice lo mismo dos noches más. Dormí cuatro horas y media y después insistí otras cuatro. Ya mas nerviosa, pensando que podría estar preparándome el mate, leyendo diarios, leyendo amigos, escribiendo, y todas esas cosas que es lindo hacer mientras el mundo duerme.

Anoche me dormí a las once, vestida, con un libro de Manganelli sobre la panza. Digo a las once sacando conclusiones como cuando se investiga un crimen, en base a muchos indicios que dan un horario aproximativo, porque en realidad uno no ve nunca la hora exacta a la cual se duerme, sino no estaría dormido. A las cuatro me desperté, y me quedé en la cama un rato más, pensando. Pensaba en cuando te despertás y no sabés donde estás y hacés un esfuerzo, como trepando por la profundidad del océano hacia la superficie, para ver donde hay una puerta, una ventana, la disposición de los muebles, un respiro ajeno. Hace mucho que no me pasa.

Cuando escuché los primeros pajaritos cantar me levanté. La luna llena iluminaba todo anticipando el amanecer.
Me encerré en la cocina, puse el agua para el mate, abrí la computadora y leí algunas notas de algunos diarios de acá y de allá, mientras el sol liberaba de esta parte del mundo a la luna llena y la mandaba a inquietar los sueños de otros durmientes, a agitar las aguas de otros océanos, a desvestir otros úteros no fecundados, a desencadenar trabajos de parto. En un rato se va a escuchar el primer tramo, lento y pesado acelerar después de la curva y pasar por abajo de casa. Y después el recolector de la basura, y de ahí a poco abrirá el bar, y acomodará las mesas y las sillas afuera, y el perfume de café golpeará las ventanas de los que aún duermen.

Hace una semana terminaron las clases. Podría dormir más, y en cambio quiero dormir lo mismo y aplaudir como una foca a las cinco de la mañana los libros y las notas de mis amigos iluminadas por los últimos rayos de la luna llena.