El cambiante estatuto del trabajo



Antonio Escohotado-. La emergencia del comunismo moderno se considera explicada aludiendo a las penurias del proletariado industrial. Sin embargo, quienes solventan así nuestras cuentas con la causalidad omiten que el triunfo del cristianismo coincide con otra proletarización masiva. En el siglo XVIII los no-propietarios o desarraigados son personas que dejaron el campo atraídas por un jornal notablemente superior en fábricas, y ante todo porque la ciudad sugiere posibilidades de formación y promoción. En el siglo ii los no-propietarios son granjeros, artesanos y profesionales venidos a menos, que en vez de padecer el desarrollo industrial sufren a causa de su ausencia, dentro de un engranaje donde lo radicalmente funesto para ellos ha sido el crecimiento de dos tipos de esclavos: las grandes cuadrillas de peones que trabajan los latifundios y los siervos provistos de alguna formación, que desempeñan todo tipo de oficios especializados.



Reinando Tiberio —cuando nace Jesús, según el Nuevo Testamento— el granjero y el artesano libre han dejado de ser una clase media, capaz de comprar y vender. Viven directa o indirectamente de alguna cartilla de racionamiento, y su promoción social topa con la rivalidad del esclavo en todas las profesiones salvo la militar, un oficio obviamente indeseable para algunos temperamentos. Los males del Imperio se atribuyen a haber olvidado la austera virilidad de otros tiempos, al desgaste de hacer frente a naciones invasoras o sublevadas, a mala administración y en realidad a cualquier cosa distinta del factor crucial. Puesto que las prestaciones laborales no se remuneran, la oferta parte de rendimientos mínimos en todas sus ramas productivas, y la falta de dinero circulante estrangula en cualquier caso la demanda.

Quien trabaja lo hace sólo por terror, y el hombre libre carga con la competencia desleal de esa «herramienta humana» (Aristóteles). Debe ajustarse a los jornales que el esclavo de cada profesión cobra para dárselos de inmediato a sus amos, y aceptar no sólo algo ínfimo sino el contagio con una actividad que las gentes de respeto consideran abyecta en y por sí misma. Entretanto, la bancarrota del Fisco va aumentando el número y entidad de las prestaciones gratuitas que el Estado exige a su ciudadanía, y para cuando llegue el Bajo Imperio la frontera entre ese proletariado y el esclavo es cada vez más tenue. Precisamente entonces, contemplando las tierras que el fracaso del latifundismo ha dejado baldías, la semilla del entusiasmo es sembrada por una religión de la periferia más marginal, que reinterpreta la quiebra como victoria del providencialismo sobre el cálculo y —cosa más cargada aún de repercusiones políticas— recomienda aplazar sine die el retorno a un trabajo remunerado, como el que sirvió de trampolín a Atenas y Roma para lanzarse a la gloria.

El mundo concreto pasa a ser un banco de pruebas para aspirar al premio o castigo de ultratumba, y un cristiano repugnado por el luxus paga con lealtad incondicional el monopolio del culto que le entrega el poder político. Esto consolida un plan de estabilización en la miseria, que aunando el ideal más sublime con la necesidad más perentoria cronifica economías de estricta supervivencia. Poco después, cuando el hundimiento del Imperio deje a la Iglesia como único consejero ecuménico, la emergencia de los reinos bárbaros precipita la puesta en práctica de una economía autárquica, emancipada de elementos superfluos como el dinero y los mercaderes. Medio milenio más tarde, obrando como albacea de ese plan contra los primeros desertores del vasallaje —que resultan ser buhoneros y caravaneros, armados hasta los dientes para defender sus carros— el hijo y sucesor de Carlomagno, Luis el Piadoso, decreta en 806 que «sólo aceptamos a quienes compran para quedarse con lo adquirido, o para regalarlo a otras personas».