A los lectores:

El proyecto de Juicio Por Jurados presentado por el gobierno provincial, nos parece de suma importancia. Aunque la línea editorial -antes de que se presentara el proyecto, incluso- era, a grandes rasgos, a favor, estamos tratando de reflejar todas las opiniones en torno a un tema complejo pero que hace a la vida de las personas comunes y corrientes.
Para tal efecto, vamos a abrir el debate a los ciudadanos que, sin ser necesariamente expertos en el tema, quieran opinar.
El único requisito es que las opiniones estén fundadas, firmadas y den por descontado que alguien puede confrontarlas o tener derecho a réplica.
Los artículos de opinión deben enviarse a la dirección de mail de Noticias Entre Ríos y serán publicados, de ser aprobados, en cuanto corresponda de acuerdo a la edición de cada día.
Muchas gracias por leernos.


Sinceramente y Gelbard



Marcelo Brignoni-. El ultimo Jueves 9 de mayo, en la presentación de su libro “Sinceramente”, la ex Presidenta Cristina Fernández de Kirchner trajo de nuevo al debate las ideas y la figura de José Ber Gelbard, que no fue el primer ni el único empresario responsable socialmente y que nos recordó también la figura del inglés Charles Booth

El recuerdo del autodidacta polaco-catamarqueño, refresca la necesidad de mirar hacia atrás y repensar un modelo de empresario, que recoja las mejores tradiciones del andar del Siglo XX, en el mundo y en nuestro país. Un debate que se agregue a la exigencia de superación de las capacidades de la dirigencia política, al injusto cuestionamiento cotidiano a los dirigentes sindicales, y que desde una mirada que abandone la justificación complaciente, ayude a recrear una dirigencia empresarial comprometida con el destino del conjunto de nuestro pueblo.
Por estos días, se consolida una nueva forma de legitimación del capitalismo, sobre todo del periférico como el de nuestro país. Pareciera que esa instancia pasa por mostrar la emergencia de un moderno empresariado preocupado por los temas sociales. Esa “preocupación” mostraría  un compromiso real con la sociedad y sus problemas.
Aunque muchos de esos empresarios continúan abocados a la clásica filantropía “exenta de impuestos”, otros contratan profesionales del marketing y “arman” equipos que estudian y proponen soluciones concretas para los problemas sociales desde un punto de vista supuestamente “objetivo”. Aparecen así jóvenes profesionales, preferentemente de apariencia atlético-deportiva, y empresarios “innovadores” ahora también proclamados “voluntarios” de acciones sociales. Modernos ejecutivos especializados (CEOs) en “gerencia social” y preparados para transformar un aparato público anquilosado y carente de transparencia como el Estado, con las novedosas técnicas “eficientes” de la gestión privada.
Eso ha sido Cambiemos, esos han sido sus principales cuadros de gestión.

Pero este no es único modelo de empresario, no todos son operativos del “social marketing” para hacer un verdadero “lifting” de las empresas presentándose ahora con un “rostro” bueno y socialmente comprometido. En este contexto, es significativo recordar que mucho antes de José Ber Gelbard, en la lejana Inglaterra, fue un empresario quien primero estudió y midió la pobreza. Su nombre fue Charles Booth y perteneció a la tercera generación de una familia de exportadores de Liverpool. Fundó la compañía naviera The Booth Steamship Company con la que fue tremendamente exitoso.
Simultáneamente a su actividad empresarial, Booth emprendió un estudio en donde por primera vez se midió la pobreza, estudio que concluyó en un libro icónico publicado en 1902: La Vida y el Trabajo de la Gente de la Ciudad de Londres, el que comprendió 17 volúmenes. Se le atribuye a ese estudio haber inventado el concepto de “línea de pobreza”,metáfora que Booth tomó observando los barcos de su firma: la línea que marcaba en el casco de la nave, el nivel de sumersión de la misma.  Pero Booth pensaba que la pobreza no era sólo la cuestión, de su medición y estudio.
Su compromiso social no era algo qué practicaba “afuera” de su empresa sino que comenzaba dentro de la misma. En tiempos en que casi no existía ninguna legislación laboral, Booth estableció un plan de pensiones para los empleados de su firma; un plan para compartir las ganancias de la compañía y bonos anuales que se daban a los trabajadores, especialmente en los períodos de recesión, como el que padece nuestro país, para incentivar la productividad. Esos bonos, pagaban una alta tasa de interés y se acreditaban cuando el trabajador se jubilaba. Booth se adelantó por varios años, en la idea de que la ética empresarial era sobretodo una responsabilidad social y pública.
Tampoco su compromiso social era una cuestión meramente empresaria sino también, una ética personal. Así Booth calculó que le hacía falta para vivir -tanto a él como a su familia-. En tanto ganaba 2000, examinó los rubros de su consumo familiar y encontró que podía sostenerse con 1000 libras por mes. Y que el resto era según él mismo lo denominó, un “excedente de explotación”. Entonces, esas 1000 libras sobrantes eran entregadas a los que lo necesitaban, simplemente “para que la humanidad volviese a ser lo que tenía que ser”, sin anuncios ni propaganda.
El estudio que realizó sobre la pobreza y del cual él mismo escribió 8 volúmenes, demoró 17 años pero no por ello abandonó sus actividades empresariales: escribía a la noche, en los fines de semana, durante sus viajes a Europa continental y USA. Tampoco pagaba a otros para que levantasen los datos de su estudio. Aunque tenía ayudantes, él mismo convivía en la casa de las familias pobres estudiando su vida y sus hábitos, con su autorización. Llegaba a pasar semanas completas viviendo en los barrios más pobres de la ciudad de Londres. Presentando los resultados de su trabajo cuantitativo y cualitativo en la Real Academia Estadística de Londres afirmó que “en la vivencia con los pobres....y no en la estadística,  radica el poder de cambiar el mundo”.
Booth no organizó ninguna Fundación para publicitar su empresa, ni financió museos artísticos para que los visiten los ricos, ni aceptó subsidios públicos, ni pidió exenciones impositivas por las actividades que realizaba. Fue un simple practicante del concepto de “empresa ciudadana” que implicaba tanto titularidad de derechos como de obligaciones. Pensaba que la responsabilidad social de la empresa no consistía en una “ética post-ganancia” para mejorar sus ventas ni mucho menos, en la construcción de un espacio público para el prestigio personal o la conquista de poder político.

Probablemente José Ber Gelbard haya sabido quién fue Charles Booth, o tal vez no lo supo.

Lo que es indudable es que Gelbard representó un modelo de empresario que es necesario recrear, porque como bien dijera Cristina Fernández de Kirchner en la Feria del Libro “nos hacen falta dirigentes empresarios que piensen la empresa como instrumento de desarrollo del país y no solo para su desarrollo personal. El último gran dirigente empresario que tuvo el país fue Gelbard”.

Ojalá tengamos pronto muchos Charles Booth y José Ber Gelbard entre nuestros empresarios. El país los necesita.