La Vieja y el Tío Alberto



Lucas Carrasco-. Ni Cámpora ni Lastiri. Ni el Derecho ni la Economía: volvió la política.



Desde la Semiótica, que es la disciplina científica que explica los símbolos sociales, la sobrecodificación es un problema para la política, tanto como una ventaja. Por sobrecodificación me refiero a la abundante narrativa que ya empalaga sobre Cristina Kirchner. Sus menguantes seguidores incondicionales ya hacían malabares para entender, dentro de esa lógica sobreescrita, los hábiles despegues que Cristina Fernández intentaba hacer, mirando hacia electorados más amplios. Nada alcanzaba. Cada gesto a Clarín, a los EEUU, al FMI, a los líderes provincianos del peronismo, eran leídos con el mismo manual de instrucciones: entre sus seguidores, era una táctica camaleónica super híper mega archi genial, como todo lo que hacía. Para la minoría intensa que tiene de profesión el antikirchnerismo, eso demostraba que la Yegua Herbívora iba a privatizar el Grupo Clarín y tomar medidas extremas como hacerle pagar impuestos al campo. 

La sobreescritura narrativa en la política posmoderna, es la modalidad más fácil y creativa para esconder lo que se pretende ignorar. Todos los nuevos datos, como un mecano de la modernidad literaria, encajaban siempre en el significado preconcebido. Así que la velocidad de los acontecimientos no traía ninguna novedad: se evitaba así el esfuerzo intelectual, la comprensión de lo dinámico, la inestabilidad de las relaciones de fuerza en el campo social. Mientras que Cristina evitaba dar explicaciones, políticas y judiciales, a la vez que esforzarse porque su figura no se diluya luego de tantas derrotas electorales. Negocio redondo. Era.

Nótese el tiempo pasado escogido en la narrativa para los párrafos anteriores. Porque el escenario político cambió. De manera drástica. Y no fueron los condicionantes pesados como los problemas judiciales de la expresidente o la calamitosa situación económica del país macrista los que modificaron el escenario (aunque puedan haber operado a nivel psicológico como motores de la decisión). No fue el derecho. No fue la economía. Fue la política.
Rescata así -cambio la narrativa al tiempo presente- lo mejor de la historia K, la política como creadora de nuevos escenarios. Sin que ésto afecte las supuestas leyes de la economía ni el calefón roto que es Comodoro PY: no hay, acá, nada revolucionario como pretenden las dos minorías intensas que se tiran con rúcula en Palermo y lo consideran una guerra civil vegana.



Como seniles sheriff de su campo semiótico, los ruculeros antiK reducen su mundo a un paso doble del gran bailarín de tangos, Fernando Iglesias. Los ruculeros ultraK no ven mal la diatriba senil: el Tío Cámpora puede ser el Tío Alberto remixado y La Vieja, una remake vintage de boutique de El Viejo de los setenta.
Es lo que hay a mano para los haraganes políticos que vivían de una guerra civil vegana en Palermo: sacar del cajón de la historia otra novela sobre los setenta. ¡OTRA VEZ!
Pero como el anuncio de la Vieja de que el Tío Alberto será el candidato a presidente se hizo con un mes de anticipación al cierre de listas -para poder ir sumando caciques sin indios de la tribu del peronismo federal, que son quienes tienen la billetera para una campaña electoral encuadernada- esas significaciones apuradas se diluirán pronto en el triste atardecer que corona un buen western. Aunque este western tenga más que ver con western union que con Steve Mcqueen.
Como Sabina y Serrat, Fernández y Fernández matan dos pájaros de un tiro. Rehacen una nueva mayoría y deshacen la fortaleza de los detractores infantiles, a quienes no hay que subestimar. Tienen poder de fuego. Sea en las empobrecidas gobernaciones o en los plazos fijos de los bancos. Además de las oficinas con vistas al Museo Guggenheim.

La reescritura del significante K le hubiera gustado a Laclau, cuya caja de herramientas esta vez sí serviría para entender la jugada.
Precisamente por eso, ningún ruculero se acordó del gentleman Nac & Pop. Una pena.