“El feminismo que impone una sola forma de pensar es autoritario”



Romina Rocha y Nancy Giampaolo-. Las comunicadoras continúan con sus charlas sobre los nuevos movimientos de género: mujeres, religión, simbolismos y política.


Nancy Giampaolo: Uno de los puntos que todavía no tocamos en estas charlas que tienen como objeto analizar el papel del aluvión de los movimientos de género a la luz de la globalización, es el de las mujeres que profesan alguna religión. En lo personal me parece difícil analizar argumentos onda "Tu amiga católica te deja morir" en relación a la oposición al aborto, aunque me vengo preguntando qué hace el feminismo hegemónico de última hora, (ese que explotó gracias a la financiación extranjera y nacional, las bajadas de línea institucionales y mediáticas, la propaganda estatal y privada y todos los otros sistemas de apoyo estructural y económico sin los que la "revolución feminista" del siglo XXI no sería posible) frente a las tipas que "padecen la opresión" de sistemas patriarcales como el Islam, el budismo o la ortodoxia judía. De antemano respeto a quien usa peluca y ropa que tapa casi toda su piel como algunas mujeres judías, porque valoro las libertades individuales y no voy a ser tan paternalista como para decir qué corresponde y qué no en una comunidad de la que no formo parte. Lo mismo me sucede con las ramas del budismo y el hinduismo que vedan el ingreso de mujeres a los templos. Con el Islam lo primero a tener en cuenta es que los países en los que rige cumplen un rol protagónico en la geopolítica del presente. Pero podemos arrancar por esto de la amiga que te manda al muere...


Romina Rocha: Creo que, como casi todo lo que es interpretado anacrónicamente y bajo el rigor de las nuevas tendencias que la posmodernidad rápida y violentamente quiere imponer al conjunto, eso de “Tu amiga católica te deja morir” es una más de las falacias con las que se pretende persuadir al que tiene un pensamiento diferente. Hablar de “amistad” en la misma oración en la que se habla de “dejar morir” es una manera solapada de quitarle valor al vínculo, de ir desdibujando la confianza entre los individuos que, guiados por esta marea de informaciones individualistas en las que el enemigo es quien tengo a mi lado, terminan por convencerse de que sólo se puede contar con aquél que no discute lo que uno piensa o cree. El eje de ese mantra que los movimientos anti iglesia recitan es el ataque a la fe católica en toda su amplitud: la material, que es la institución en sí, y la inmaterial o espiritual, vituperada por personas que tal vez no se detienen a pensar qué es lo que realmente les molesta de la religión que hoy tiene el mayor número de fieles en el mundo. Cuando se dice “Tu amiga católica te deja morir” se traslada a Jesús, referencia máxima del catolicismo para quienes lo miran de lejos, la “culpa” de las consecuencias de decisiones individuales de mujeres que, en su mayoría, son adultas y tienen plena conciencia de su cuerpo. No hay que meter en esto -y es válido y necesario aclararlo- a las niñas violadas que no deberían atravesar el espanto de llevar en su vientre el fruto de un acto que es en sí mismo pura maldad, porque para eso tenemos instituido hace ya 100 años el aborto no punible, ese que ahora es también materia de discusión pública.

Nancy Giampaolo: Es que la intención de “cambiar la cabeza” de un posible interlocutor neutraliza la comunicación verdadera. El Hiyab o velo islámico (porque el oax de la ablación de clítoris como una práctica propia de los musulmanes es sólo reproducido por gente demasiado mal informada) es juzgado como el emblema de la opresión patriarcal por excelencia por gente que conoce poco y nada del mundo islámico. ¡Muchos ni siquiera saben que el aborto está mayoritariamente permitido desde siempre! Lo primero que correspondería entender en el caso de que el feminismo de corte occidental quiera inmiscuirse en los usos y costumbres de las mujeres musulmanas y que alguien saque algún partido de ese encuentro, es que, además de las dos grandes escuelas, sunni y shía, este universo está lejos de ser homogéneo. Hay gran distancia entre, por ejemplo, Arabia Saudita e Irán. Son teocracias, pero implementadas de maneras diferentes. Arabia Saudita financia movimientos yihadistas y mantiene alianzas espurias con las potencias de Occidente. Las prácticas opresivas de un país como ese, u otros en la misma sintonía, no están exclusivamente reservadas a las mujeres y tienen que ver con lo económico. Así como el terrorismo parte de una lectura enferma del Sagrado Corán, la opresión a la mujer parte de lecturas aviesas de lo religioso y de intereses vinculados a la vocación de dominación de un país que se mantiene a costa del petróleo y la endogamia. Aun siendo su gran enemigo y pese a tener otros socios a nivel geopolítico, Irán recibe críticas similares a las de Arabia Saudita. Pero la situación de sus mujeres (y también la del resto de la sociedad) es distinta, tanto económica como culturalmente. Es que el mundo islámico es geográfica y demográficamente gigante, abarca países como Siria, Líbano o Palestina, (de los que nos acordamos en tiempos de guerras, intifadas o invasiones, sin detenernos a pensar en sus mujeres, mayoritariamente musulmanas usen hiyab o no, más aguerridas que buena parte de los hombres de Occidente, a costa de resistir el horror de las armas), buena parte de Asia y África y alcanza a muchísimos conversos diseminados a lo largo del mundo, con la complejidad cultural que eso supone. Hay mujeres que se hacen musulmanas y adoptan la ropa típica a veces por una cuestión de vindicación en virtud de una nueva fe, a veces por dogmatismo, y hay otras que prefieren no hacerlo. Hay algunas que se tapan el pelo para visibilizar una postura política y hay mujeres que compran sus hiyab en Nike o Prada. Pretender hacer tabula rasa sobre tantas diferencias y asumir a la mujer musulmana en general como el ejemplo más acabado de la víctima del patriarcado es no decir nada. Por lo tanto -y resumiendo porque el tema da para un ensayo que de hecho existe, se titula “Feminismos islámicos” y su autor es Ramón Grosfoguel - a la hora de intervenir en la problemática de quienes no respondan al modelo que el nuevo feminismo pretende imponer (laico, globalizado y defensor de la sociedad de consumo) habría que tener más curiosidad y menos autoritarismo. Las sorpresas que depara el intercambio cultural son siempre valiosas. A modo de ejemplo van las palabras de uno de los sabios más prominentes de todo el mundo musulmán, Ibn Arabi quien, además, fue español, de Murcia: “Velad por no estar atados a una creencia concreta que niegue las demás, pues os veréis privados de un bien inmenso. Dios es demasiado grande para estar encerrado en un credo con exclusión de los otros”. ¿Qué sentido hay en los movimientos que dicen luchar por la libertad o, en el caso del feminismo, por la "liberación", sin respeto a las diferencias, a los diferentes, incluso cuando nos los comprendamos? La otra vez leía una entrevista a una de las actrices que protagonizó la apostatía durante la campaña por el aborto y decía “yo soy muy supersticiosa, soy muy cabulera”. De modo que llegamos a un punto de pobreza intelectual tan grande como para que la superstición sea preferible a una doctrina religiosa, lo que es una verdadera pena porque, independientemente de la realidad que se adjudique a la existencia de un dios, las religiones están cargadas de simbolismos valiosos y universales. Olvidar a los profetas abrahámicos sería equivalente a dejar de estudiar a los dioses griegos. Pensemos solamente en los aspectos políticos que cruzaron la vida de Moisés o en David y su piedra. ¿Por qué abdicar de todo eso? La tradición abrahámica en especial está inexorablemente atada a la cultura occidental y no se borra por decir “La mejor iglesia es la que arde”. No hay vocación iconoclasta que pueda justificar esas parodias de destrucción de la cultura.          

Romina Rocha: Claro, los simbolismos son mal interpretados o se los quiere eliminar. María, madre de Jesús, quien según la historia siendo virgen recibe en su vientre al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo con apenas 13 años, aunque en ese tiempo era considerada una mujer que de hecho ya estaba casada con José, varios años mayor que ella, es otro símbolo importante. Más allá de las explicaciones y mensajes de fe y entrega que hay dentro de la maternidad, lo que se destaca es que María, aún sin haber sido violentada, decide llevar adelante ese embarazo porque cree en el mensaje que el Arcángel Gabriel le da como explicación de su misión para con ese bebé, pero también porque, dada la milagrosa concepción, cree que hay allí algo que trasciende al cuerpo y es lo que ella elige defender. Y se va de su pueblo para evitar los estigmas (que le hubieran costado la vida) junto a José, que a pesar de todas las dudas también decide creer en ella y cuidarla. Sufren hambre, calor, frío y soledad, convencidos de cuidar al niño por nacer. El periplo que María decide afrontar para cuidar una vida que le fue dada en custodia para traer al mundo un mensaje de amor y unidad, molesta a una parte del movimiento de género. No es por virgen ni es por santa, sino por valiente y determinada, pero además porque en el catolicismo la imagen de María es, para muchos, incluso más potente que la del propio Jesús. Ella fue la que lo crió, la que soportó el escarnio, el prejuicio, la desconfianza y la que se mantuvo al lado de su hijo durante la Pasión, muerte y resurrección. Y es ella la que aparece en distintos lugares y tiempos para dar mensajes a quienes creen, por eso es que hay una virgen para cada pueblo, aunque siempre es ella, María, la que se manifiesta para hablarle a quienes estén dispuestos a oírla. Toda esa construcción simbólica, toda esa contundencia que ella, como mujer y madre, representa para el catolicismo, es violentada con una campaña anti iglesia. Si quienes promueven esta campaña tuvieran idea de lo que significa la figura femenina para los cristianos, deberían pensar qué es lo que se está atacando ahí. Más que ser un símbolo a destruir, María tendría que ser reivindicada en su fortaleza, tanto física como espiritual, como todas las figuras femeninas que simbólica o empíricamente participaron de la transformación de la realidad. Pero es justamente esta dimensión simbólica (en la que una mujer enfrenta a todo y a todos en virtud de lo que decidió creer) la que el aparato corporativo que financia los nuevos movimientos feministas quiere destruir. Entonces, así como existen prejuicios sobre las mujeres en el Islam y las condiciones de “represión” que la religión les supone, en el catolicismo se victimiza la imagen de la Virgen para tergiversar la idea de una mujer que se juega por el amor y por la fe.

Nancy Giampaolo: Mucho tiene que ver con la incapacidad de asumir símbolos para estructurar el pensamiento. Es triste que esa intención de masificar el ateísmo o el agnosticismo, no se acompañe, al menos, de algo sustancioso intelectualmente. Estos nuevos movimientos de género están mayoritariamente enfrentados con la ciencia y caen en contradicciones y pensamientos conspirativos de todo tipo. Si la alternativa que le ofrecés a alguien que reza es ser cabulera, leer el horóscopo feminista o, en casos de máximo esfuerzo metal, meterse en las disciplinas performáticas de Judith Butler, difícilmente la puedas convencer. No se sustituye una creencia arraigada a lo largo de los siglos con slogans opuestos a cualquier respeto por la diversidad tipo "La revolución será feminista o no será". La única salida posible a este cuadro pasa, en primer lugar, por entender que, así como está mal imponer una fe, está mal imponer el hecho de dejarla de lado. Y lo otro es aprender a escuchar de verdad a quienes piensan distinto, a esa amiga que va a la Iglesia o a la sinagoga o a la mezquita o al templo. Para cerrar voy a tratar de reproducir un diálogo que tuve hace muchos años, cuando ignoraba casi todo, con una musulmana más grande que yo a la que increpé con algo tipo "qué horror usar un pañuelo en la cabeza, seguro lo hacés porque si no tu marido te mata". Respondió: "Lo uso porque, en este momento en el que Oriente Medio se está transformando en el enemigo número uno de las potencias de Occidente, el uso del velo islámico es para mí una toma de posición frente a un sistema que, con el pretexto de la guerra preventiva, saquea nuestros recursos y asesina a nuestros civiles. También lo uso porque me da fiaca arreglarme el pelo. A vos, incluso teniendo la imagen de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, puede parecerte que una mujer con un pañuelo en la cabeza es la encarnación de la opresión, a mí, en cambio, me parece más oprimida la mujer llena de cirugías, tinturas, dietas y tratamientos cosméticos destinados a ocultar su vejez, su gordura y las marcas de la vida en su cuerpo...quizás sean sólo puntos de vista" 




Nosotros leemos ésto: