Crónicas de un hijo de puta

Lucas Carrasco-. Ser educado. Tener modales de urbanidad. Le da a uno un toque gentleman, una distinción, un aire de pasar de largo a las reuniones de consorcio, los cupones de descuento en los supermercados y la forma brusca de cerrarle la puerta a un Testigo de Jehová. 





Hace no sé cuántos años, pero más de una década seguro, estaba en mi casa en Santa Fe y me pasó lo mismo que me acaba de pasar ahora, en Paraná, recién. Se me hace que era la misma hora -un anochecer otoñal- y sí recuerdo que estaba solo. En ese momento vivía con una novia hermosa, buena chica, la vi hace unos meses en Santa Fe así nomás, al pasar (ella no me vio, yo iba en auto) y aún seguía siendo linda. Iba con un cochecito de bebé. Me había contado, hace un tiempo, por chat, que estaba embarazada. Tengo entendido que le fue bien en la vida, como a casi todas mis exnovias una vez que dan el paso correcto y me dejan.
Bajaba a sacar la basura, vivía en un segundo piso y ese edificio no tenía ascensor. Cuando estaba sacando la basura, había una pareja revolviendo en el contenedor de la cuadra.Y no recuerdo bien si había una hija o un hijo chiquito. Esperé, educadamente, como haciendo la fila de un check-in en el avión, a que terminaran sus labores de cirujeo para yo depositar la basura. Se corrieron, amablemente, para que yo dejara una bolsa con desperdicios del día y luego volvieron a su actividad.
Cerré con llave la puerta del edificio, entré al departamento y me puse a escribir: me sentía un hipócrita, un pequeño burgués, un izquierdista de cartón. Relaté la situación con esa ira literaria donde yo, por supuesto, siempre quedo como el verdadero protagonista. Utilizo al resto de las personas, en este caso, dos indigentes, para demostrar cuán grande es mi corazón. Qué tan sensible soy. Y por lo tanto, cuánto mejor soy que el resto de las personas.

Recién, en Paraná, salí a sacar la basura. Ahora hay contenedores. Pero también está justo enfrente de mi casa. Una adolescente cruzaba la calle y otro adolescente, por la vereda donde yo salía, se acercaba al contendedor. La chica venía de pedir algo en la casa de enfrente,. me imaginé, porque ahí estaban cerrando la puerta. El chico, con un bebé crecido y que ya camina, abrió el contenedor.
Con un movimiento torpe, me di vuelta, con la bolsa de basura -es una bolsa pequeña, acá la recolección es diaria y vivo solo- y me di vuelta, tomando para el otro lado. Para tirar la basura en el otro contenedor que está a la vuelta de la esquina, total iba hasta el kiosco. ¿Por qué hice eso? ¿Para que no me pidan "una moneda"? No, no soy tacaño, todo depende del humor del día. Pero además, uno se acostumbra a la mendicidad (ajena) como si fueran parte del arbolado urbano.
En cualquier caso, me iba para el kiosco, previa parada en el contenedor. Recordando una vez que estudié el recorrido porteño de una botella. Estudié no es el término exacto.Porque no hice una investigación periodística estrictamente, pero sí me divertí averiguando cosas, charlando con diversas personas vinculadas al circuito de una botella en Buenos Aires. La revista que me había pedido el artículo tenía una sección llamada "Crónicas Ficticias" y yo no les dije, no venía al caso, que mi crónica no era ficticia, era real. Estudiar el recorrido de una botella, desde un restorán de Puerto Madero hasta la trituradora en el conurbano, con su largo recorrido de cartoneros, compradores de chatarra, picadores de basura, etc.
Tiré la bolsa en el otro contenedor. Llegué al kiosco. Saludé amablemente a las señoras que atienden. Me saludaron como siempre: sin saber si ese día seré simpático o seré hosco, lo cual se agrava por mi mirada arrogante y mi voz carcomida de cigarrillos y alcohol y demasiadas trasnochadas de juventud.
Compré las provisiones de frutas y verduras para la cena -seis latas de cerveza, un sánguche de milanesa y dos atados de cigarrillos negros- y volví alegre y danzarín a mis aposentos, como una Caperucita deconstruida, que no tiene miedo a nada porque en España las nuevas versiones feministas de Caperucita Roja son sin el Lobo, cuyo espíritu depredatorio invisibiliza la estructura patriarcal en los niños lectores que necesitan empoderarse. Posta.
A media cuadra de mi casa, la pareja de indigentes recibía ropa usada de una vecina.
Estaban bajo la sombra de un sauce , pero cuando saludaron a la vecina y se fueron, pasamos juntos, aunque en dirección contraria, bajo el foco de luz municipal. La chica no habrá tenido más de 14 o 15 años. El bebé andaba en los tres o dos años. El padre (supuse que es el padre) un chico de no más de 16 años. Y se agarraron de la mano y se besaron. Les brillaban los ojos. Y sonreían.
Me dio la impresión de que estaban muy enamorados.
Les deseo lo mejor.