Como si fuera un souvenir



Mercedes Derna Viola-. Me pego una ducha con agua fría,  pongo el despertador, leo dos renglones y apago la luz. A las siete, sentado en el borde de la cama con los codos sobre las rodillas, miro fijo el encendedor tirado en el piso escoltado por algunas monedas. Vuelan siempre cuando me desvisto.

“¿Vas vos a pagar el gas?”
“Sí, dormí. Nos vemos esta noche.”
Me lavo los dientes y nada más. Ducha o nada. Mirá en lo que quedó mi rebeldía.
A las ocho y media llego a pagar el gas, a la oficina central. Porque acá nada puede ser fácil: un banco cualquiera, pagar online. No. Te equivocaste y tenes que pagar, la boleta y la re conexión, personalmente, en la sede central y al contado. Tenes que dejar también el alma, como una baba de caracol en la cola a forma de laberinto guiada por cuerdas que recorres a paso de procesión funérea laica.
Tiro el cigarrillo y entro. Todos temprano se levantaron y acá están, bien peinaditos haciendo la cola con el diario abajo del brazo para después llegar informados a la oficina.
Qué ácido, pobres tipos. Tengo hambre. Y gente que me circula alrededor. Los de la izquierda miran hacia atrás y los de la derecha miran hacia delante. Cosas mágicas de la cola a laberinto de mierda. Si les miro la cara me pongo a llorar, y con los zapatos no va mejor.
Me golpean al hombro. “¿Juan?”. Me doy vuelta y me recorre una vibración que termina con un rayo en el estomago. “Paulina…”. Nos damos un beso, torpe. Reímos y nos abrazamos. Puedo sentir el pecho y la panza de Paulina, el perfume de su pelo. La señora que está detrás de mí se inquieta porque teme que Paulina le pase adelante, entonces Paulina va hacia el señor que tenía adelante, le pide que le guarde el lugar y vuelve haciéndose paso entre la gente en la serpentina.
“¿Dónde habíamos quedado?” Me dice.
“Escondidos en el bar, yo voy por el segundo café, quisiera una grapa pero vos sos menor de edad y tu padre es un sultán. Fumamos. Te molesta que deje la colilla prendida y la apretas contra el cenicero, me río y vos me miras, y dentro de poco tenes que volver a tu casa, y te hago un trino en el dorso de la mano, después en la palma, y estoy harto de tu viejo y de que seas menor.”
“Dónde estábamos ahora, Juan.”
“Ahora estábamos en que nos abrazábamos veinte años después y una señora tenía miedo que le robaras el lugar.”
“ajá.. -dice mirándome a los ojos- ¿qué haces acá?”
“Vengo cuando no tengo nada que hacer -y me gano una palmada en el brazo-. Qué queres que haga que no se puede ni fumar. Me olvidé de pagar la boleta y en casa no se quieren bañar con agua fría en invierno, viste como es la gente.”
“Tenes una casa entonces, volviste a vivir acá.”
“Tengo una casa, una mujer, dos hijos, un perro y un despertador clavado a las siete. Full digamos. ¿Y vos?”
“Yo también. Full con aire acondicionado y sistema abs para las frenadas bruscas.”
“Siempre tan  previsora.”
“Hago lo que puedo.”
“¿Café?.”
“¿Y la cola borgeana?.”
“Lo vemos después.”
Caminar con Paulina por Buenos Aires me parece una visión. La miro y es como si nunca hubiera parado de mirarla. Como llegar al puerto cargado hasta el cuello con el barco lleno de cosas, tirar una cuerda y llegar a ella, que me amarra y me acomoda.
En la ciudad de los bares y los telos, fuimos entrando y saliendo de éstos y aquellos. Y entre un café y otro, nos quisimos. Sin declaraciones. Bajo las diversas luces que iban cambiando a lo largo del día, nos quisimos apasionada tierna lenta violenta jocosa y dolorosamente al atardecer, cuando el alma se vacía.
Después nos dijimos solamente “chau” abrazados al lado de la puerta de un taxi impaciente. Quería darle algo, busqué en los bolsillos y encontré el encendedor, que ella tomó como si fuera una flor. Volví a casa y antes de la media noche puse el despertador, leí dos renglones, apagué la luz, y en voz muy baja dije su nombre. Como si fuera un souvenir.

Nosotros leemos ésto: