12 de Mayo, por Catt Sam Mikashi


Catt Sam Mikashi es escritor de novelas y cuentos, compositor de poemas y canciones. De Parque Avellaneda, Buenos Aires, cuyo récord es "no haber viajado nunca en avión ni salir del país", dice ser el ser que más tiempo estuvo en el parque en cuestión. Actualmente se prepara para sacar H.U.V su más reciente cuento de rock.

Como no puede ser de otra manera el despertador otra vez suena, suena y es la hora. De un salto me despego de  la cama y de reflejo comienzo a vestirme, pongo la pava para el mate y mientras voy al baño a lavar mi cara. Parece invierno, el agua fría golpea mí despertar, a cada gota mí conciencia vuelve, deja de soñar y comienza a repasar el itinerario, la pava me avisa desde la cocina que ya está lista, cómo yo.
Afuera los primeros rayitos del sol que aún no alcanzan a calentar el pavimento en la ciudad, es temprano yo me voy y muchos vuelven o continúan a pesar de la claridad. Esperar un colectivo en la mañana de un domingo es como hacer la fila para pagar los impuestos, ver acercarse al 126 sigue siendo parte del despertador.
Con la sube en la mano y un buen día engaño al conductor, le digo que voy hasta "Carabobo" cómo diciéndole que esa es la cara que llevo y siempre resulta bien, en realidad viajo hasta "Boedo".
Casi siempre hay un asiento para mí, viajar a contramano tiene sus ventajas, hace frío y quedarse quieto es difícil, entonces uno busca acurrucarse de tal manera que la cama vuelve por un ratito más.
Cómo muchos ya sabrán el recorrido de mí colectivo es muy básico, ya desde las entrañas de Mataderos hasta el empedrado del bajo San Telmo el 126 recorre la avenida Directorio de punta a punta, claro que luego de cruzar la Av.La plata cambia su nombre a San Juan, tres paradas más y me bajo, San Juan y Boedo.
Son las 8, ocho y monedas. Con cara de buen día saludo a la panadera que como cada domingo y con un guiño me hace precio, ella también sabe que la crema pastelera y yo nos necesitamos, cargo dos facturas en una bolsita de papel y ya sin más me dirijo a el hogar para desayunar.
La fachada colorida, la vereda destruida me dan aviso conocido y toco el timbre, que suena como el último sonido de mí despertador.