Linyeras



Manuel Langsam-. Años atrás se los solía encontrar y con sus pocas pertenencias, caminando al costado de las vías o de los caminos de tierra. Una bolsa al hombro, aspecto descuidado y caras de cansancio. Los linyeras.



Esa designación corresponde (en lunfardo) a sinónimo de vagabundo, gente sin domicilio fijo. Pero seguramente eran algo más que eso… ¿Quién puede desentrañar el secreto que los llevó a elegir esa vida?

Caminadores imparables, solían recorrer pueblos, ciudades y hasta países en su afán de marchar tras nuevos horizontes. A veces se detenían por unos pocos días en un pueblo, realizar algunos trabajos de changas, reunir algunos pesos y luego seguir viaje…

Uno de ellos llegó como lo habían hecho tantos otros a Domínguez, se instaló debajo de unos talas en los terrenos de la estación de trenes, se armó una improvisada carpa con unos palos de espinillo y un pedazo de lona de cobertura. Saco sus  pobres utensilios de cocina que consistían en una olla, una pava y varios tarros vacíos. Y ahí se quedó

Todos pensaban que sería por unos pocos días. Pero no. Pasaba el tiempo y el hombre daba a entender que pensaba quedarse en el lugar.

Comenzó a caminar por el pueblo sin molestar a nadie y de a poco su figura se hizo habitual, máxime cuando demostraba buena voluntad para dar una mano en algún trabajo pesado. Nunca pedía retribución, pero aceptaba si se le ofrecía algo en compensación. Podía ser dinero, pero prefería comestibles, algún pedazo de carne, un puñado de arroz o fideos, algunas papas, etc… Una vez conseguido el sustento del día se retiraba a su improvisada casa y ya no salía. Se dedicaba a prepararse un pucherito, juntaba leña para el fuego o lavaba alguna ropa en la canilla de la estación.

A nosotros, chicos de unos nueve a diez años y que andábamos curioseando por todos los rincones del pueblo, también comenzó a llamarnos la atención el “campamento del linyera”, como lo llamábamos. Y, de a poco,  comenzamos a acercarnos. Primero con algo de desconfianza (por ambas partes) pero, cada día nos acercábamos algo más y al ver que no demostraba ningún signo de enojo o agresividad nos animamos a hablarle y, para nuestra sorpresa, nos respondía en forma muy amigable.

Enseguida ya lo tomamos como algo habitual y lo visitábamos casi todos los días haciéndole preguntas que él nos respondía con toda seriedad.

Así  supimos que se llamaba Guadalupe Escobar pero que era más conocido como “Don Lupe”. Llevaba treinta años caminando por todas las provincias. Pero ahora se sentía viejo y muy cansado para seguir. Y decidió quedarse en un lugar fijo. Eligió Domínguez como pudo haber sido cualquier otro pueblo.

Algunas tardes de verano sentado en el suelo frente a su carpita y acompañado por dos perros sin dueño que se le habían aquerenciado y nosotros en silencio a su alrededor, nos contaba de sus aventuras, sus viajes “colgado” de algún vagón de carga, de un ataque por un puma en la provincia de Chaco y que casi lo mata, que fue detenido en Río Negro en averiguación de antecedentes y después de una semana en la comisaria fue dejado en libertad no sin antes haberle arreglado las goteras del techo en la casa del comisario.

También nos hacía cuentos fantásticos de lobizones, luces malas, ánimas en pena, fantasmas, que nos dejaban bastante asustados y con miedo…

Esas reuniones terminaron en forma trágica.

Una tarde, desde lejos vimos que no estaba sentado en su lugar habitual debajo del tala sino acostado bajo el techo de la carpa.

Pensando que estaba durmiendo, para no molestarlo, nos volvimos. Pero al día siguiente llegó la novedad: ¡habían encontrado muerto de Don Lupe!!

Nos fuimos hasta su campamento y llegamos justo cuando entre policías y municipales estaban subiendo su cuerpo a un carro de la municipalidad para llevarlo al cementerio.

Sin hablar nos pusimos de acuerdo: ¡lo acompañábamos! Y ahí formamos un pobre cortejo: un policía, un municipal, nosotros cinco y los dos perros.

Nos volvimos después del entierro. Los perros quedaron en el cementerio y no se que se hizo de ellos.

Luego me enteré que esa misma tarde las autoridades hicieron una pira y quemaron todas sus pertenencias.

Pasados muchos años, ya grande, un día que estaba en Domínguez, decidí llegar hasta el cementerio para visitar la tumba de Don Lupe. No encontré nada. Consulté con el encargado que me dijo que él  ya hacía casi diez años estaba en ese puesto y nunca había visto alguna tumba con el nombre que yo preguntaba.

Desapareció la tumba, se quemaron sus pertenencias.

Guadalupe Escobar, Nuestro amigo Don Lupe, nunca existió.