Linda la música



Manuel Langsam-.

Había sido una tarde de perros. Fines de enero, mucho calor, tiempo de seca, mucho polvo en la ruta al cruzarse con otro vehículo. Polvo que se adhería al cuerpo. La ruta 6 todavía no estaba asfaltada y había que viajar con las ventanillas abiertas ya que el Falcon no tenía aire y si las cerrabas te sofocaba el calor.
Regresaba desde Mojones y lo único que deseaba era llegar y darme un baño largo, relajante, reparador.
Veo dos mujeres al costado de la ruta que me hacen dedo. Reconocí a una de ellas como la encargada de la estafeta de Mojones y paré para llevarlas. Pensé que una compañía y algo de conversación me aliviaría el trayecto que faltaba por hacer.
Gran error. Fue subir al auto, ubicarse y continuar con la conversación que mantenían entre ellas. Temas totalmente intrascendentes y en tono bastante alto. ¡Que manera de hablar!¡Parecían cargadas con pilas nuevas y que el calor las estimulaba! A mí solamente me saludaron al subir y siguieron con lo suyo.
 Para cambiar un poco el ambiente, puse una cinta con música a poco volumen. No la elegí. Era la que me quedó más a mano y resultó  ser el Tercer Concierto de Brandemburgo de Juan Sebastián Bach. Como no prestaron atención en absoluto y continuaron hablando, elevé bastante el volumen. Eso pareció sorprenderlas. La que iba en el asiento de atrás dejó de hablar, prestó un momento de atención, se le iluminó la cara, sonrió y con entusiasmo dijo: ¡Que linda la música! Y cuando creí que Bach las había cautivado y hecho prestar atención agregó: ¡eso era lo que nosotros bailábamos cuando éramos jóvenes!