Las personas exitosas



Mercedes Derna Viola-. Las personas exitosas, como se definen casi todos ahora por cualquier pavada, (imaginate no sé, Magallanes, que atravesó el mundo en tres carretas del mar destartaladas, que se mordieron hasta los palos de las velas del hambre que tenían y se mataron entre ellos, presas de la desesperación que la incertidumbre genera, para luego encontrar sin gps, y sin saberlo, el estrecho, que llamaron de Magallanes pero que él no lo supo, ya que murió pocos días después en una isla de las Filipinas, a mano de los Lapu Lapu. Gente como él, ¿qué título hubiera tenido que ponerse en linkedin?) mientras cultivan su sueño, tienen un pensamiento recurrente que les lleva a anticipar en su imaginación los momentos que vivirán una vez que lo hayan alcanzado. Los entrenadores mentales, llamados coach,  ayudan a los deportistas, presidentes y fumadores a pensar de esta manera. En Italia usan la expresión  “lanciare il cuore oltre l’ostacolo”, lanzar el corazón mas allá del obstáculo. Cosa que no les aconsejo que hagan, a mí una vez me lo comieron los gatos.



Luego está el resto de las personas, que frente al vértigo que le causa su propio sueño, solo piensa en lo peor. No porque lo quieran como destino, no. Lo hacen para primerear al miedo. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Lo piensan, como si fuera un conjuro, y luego tienen un momento volátil de calma, un sentimiento credulón de control de la situación.

Supongamos que yo sueño con escribir un libro, que ya lo estoy haciendo. Dudando, todo el tiempo. Por cada palabra, una duda. Las escribo y las devasto. Es mía la crítica más implacable, perentoria.
Supongamos que termino este libro, si él no termina conmigo antes, y llego temprano a la librería para la presentación. Las sillas están vacías, la pila de libros, o mas bien, la pila del libro, sobre la mesa, un par de lapiceras, dos botellas de agua. Me tomaría algo, pero qué. Una cerveza, simple, saca la sed, no muy alcohólica, la quiero fría y con mucha espuma, contra lo que me digan buenos bebedores de cerveza. Pero después me van a dar ganas de ir al baño. No, mejor una copa de vino, tinto, o un gin tonic. O un martini vodka y que sea lo que sea. Dos martini vodka y que salga la diva que vive y engorda dentro de mí con sus pensamientos llenos de lentejuelas y bromas ingeniosas e hilarantes. ¡Mozo, tercer martini! y que los chistes se convierten en inconvenientes, sexuales, agresivos, sarcásticos e insoportables, políticamente incorrectos y que pierda a todos los lectores respetables y  queden esos pocos con los cuales volver raspando los codos contra las paredes hasta llegar a casa. Tomo un sorbo de agua. Me suda la frente. Mejor no beber nada. Incluso si beber me ayudaría a hablar.
Como sucede con los idiomas extranjeros, que no los hablas mejor,  pero estás divinamente convencido.
Hablar siempre me falla. Y no es porque se trate de hablar en italiano que no es mi lengua materna (como sabrán vivo en Italia, y es aquí donde estoy imaginando la presentación del libro). En cualquier idioma no es bueno para mí hablar en situaciones importantes, en las que quisiera causar buena impresión o se espera que diga algo, porque doy lo peor, repito las cosas que he oído y ni siquiera pienso, me río a destiempo, como una idiota.
No sé cómo terminé acá, en ésta librería. ¿Por qué debería hablar de mi libro? ¿Por qué debería hablar de mí? No soy actriz, los actores (masculino genérico) hablan, tienen una voz muy linda, una dicción prolija, saben cómo manejar la respiración que en este momento me falta mucho. No respiro desde ayer, dormí mal, y ahora estoy acá y será mejor no beber. Enfrentaré la la decepción de todas esas personas con toda la lucidez que me deje la falta de oxígeno. Que espero sea muy poca.
¿Y por qué la gente viene acá en este momento? En lugar de ir al cine, a caminar, a tomar una copa con amigos si realmente quieren salir, ¿qué quieren de mí? El libro se presenta solo.  Son los amigos, los que te presentan los libros. Las vitrinas de las librerías son las que presentan un libro a los transeúntes, a los curiosos, a los viajeros en la estación. Ese vidrio transparente salpicado de portadas es el que presenta los libros, los ofrece, los hace desear, los promete. Solo tenes que entrar, elegir, pagar y listo, estás fuera con el libro, con el autor y con todo lo que tenía para decir en ese momento. Todo lo que tenía que decir está ahí. Él no quiere hablar,  por eso escribe, de lo contrario sería un vendedor, un profesor de historia, un animador de fiestas infantiles, una tía mía.

Me pregunto cuándo empezaron con esta práctica terrible de los autores que van de gira como estrellas de rock venidas a menos en un tour sin drogas ni excesos a presentar el libro por todos lados. Y me pregunto por qué. La única vez que fui a la presentación de un libro fue por error. No quiero conocer a los autores, ver cómo se visten, qué anteojos usan, cómo pronuncian las eses (en Entre Ríos las aspiramos y al máximo las transformamos en una especie de ge o jota, pero en los lugares donde se pronuncian, hay una amplia variedad de sonidos, y en Italia existe también la doble ese), cómo se ríen y sonríen, cómo se sienten incómodos dentro de su cuerpo frente a todos los que tienen un pedazo de alma entre sus manos. No quiero saber cuáles son sus escritores favoritos o a qué partido votan. Si me preguntan si soy de izquierda o derecha, les diré la verdad, que soy disléxica. En cambio, aquellos que se sienten demasiado cómodos dentro de sus cuerpos frente a aquellos con un pedazo de su alma entre las manos, me crean desconfianza, creo que tal vez no haya nada de eso, de lo contrario no pueden estar tan tranquilos. Y me empiezan a resultar antipáticos los muy cancheros,  y es una lástima, porque tal vez el libro me hubiera gustado. Como pasará a todos aquellos que vendrán a mi presentación ahora. No porque yo vaya a ostentar seguridad, sino porque la desilusión es la una salida posible a éstos eventos.

¿Y si la que me tiene que hacer hablar me pregunta cosas que no sé? Hay muchas cosas que no sé. En realidad, no sé nada. Olvidé todo lo que sabía apenas lo aprendí. Leí algo y de inmediato lo olvidé. Los nombres de los personajes, el título de los libros, las fechas de las guerras, el orden de sucesión de los presidentes, la fórmula de la energía, cuál es mi plato preferido, nada sé, soy la pretty woman que nunca pudo decidir con qué cocción prefiere los huevos pero sin sus dos metros de piernas torneadas, entre otros detalles. Lo olvidé todo. ¿Habré cerrado la puerta? La gente acá siempre se pregunta si cerraron el gas. Algo que no entiendo. ¿Cuándo, cerrar el gas? ¿Se refieren a una hornalla o a la llave de paso central, del gas? ¿Cierran la llave central de gas antes de salir de casa? No podría vivir así. Significaría que no hay esperanza, que no se puede confiar en nada. Tanto vale que salte todo. Pero la puerta. Y bueno. No importa, qué es lo peor que puede pasar. Que se lleven lo que quieran.
¿Cuánto falta? Estoy sudando, me sudan las axilas depiladas y la espalda desde la nuca hasta el fin del mundo ida y vuelta. Y menos mal que es invierno.
La guerra es siempre con nuestro super ego, dicen. Hola que tal. Mirá, vino con el perrito. La guerra, decía, es siempre con esa presencia intangible, parasitaria, que vive dentro de nosotros y se alimenta de nuestro miedo de no estar a la altura, de nuestro deseo de hacer algo que quede en el sentimiento de alguien cuando nos vayamos para siempre. Cuando ya no esté en esta librería de mierda y en este mundo hermoso. También esta librería es hermosa, como todas, menos que otras, si tengo que decir la verdad, pero eso va en gustos. Me gustan las librerías de libros antiguos, usados, llenos de polvo, desordenados. Pero esta también está bien, con los sillones y el bar.
Tal vez nadie venga. Ojalá que nadie venga. Mi super ego nunca me lo perdonaría, el resto de los días me diría que soy una fracasada, una nulidad, una incompetente sin ingenio. Pero a mi, a mi mismísima que llamo yo, yo que me armo un cigarrillo a la noche frente a la ventana mirando el tranvía que pasa abajo, la gente sentada en la parada que no sabe que los miro, y que espera con ganas de llegar a casa; a la parte de íi que llamo yo y que se lava los dientes por la mañana y le encanta bañarse con agua hirviendo y que no se tiñe las canas y lleva las nenas a la escuela, y se junta con los amigos y con ellos no tiene problemas de habla y se ríe a carcajadas hablando pavadas, esa parte de mí se iría tranquila a casa. A ésta altura, pasando por el bar, gustando de la libertad y la tranquilidad que solo un fracaso consumado sabe regalar.

Nosotros leemos ésto: